Bienvenido 2018 con alegría y esperanza

Mons. Julián López            Queridos diocesanos:   A las 0 horas, 0 minutos y 1 segundo, en plena noche del 31 de diciembre al 1 de enero habrá caído la última hoja del calendario de 2017 y empezará un nuevo año. Al margen de la diferencia entre el huso horario oficial y el solar en España –no voy a entrar en ese tema como tampoco en la existencia de otros calendarios en los que el año nuevo empieza en el equinoccio de primavera, el hecho es que el día primero de enero nos deseamos todos -¿por qué no?- un “Feliz Año Nuevo”. Ese día, está comprobado, es el de menos asistencia a la Santa Misa de todo el año. ¿La causa? No hace falta ser un lince para adivinarla. Lo curioso es que la espera del nuevo año, las consabidas doce uvas y el brindis apenas se hacen en el hogar, convocada toda la familia, sino en las plazas mayores de pueblos y ciudades donde exista un reloj que dé las doce campanadas. La cosa es brindar por el nuevo año y conjurar, si cabe, los miedos y sorpresas que pueda deparar. De hecho la inmensa mayoría de los seres humanos siente la necesidad tanto de alejar el año que muere como de dar la bienvenida al que llega.

 

¿Cómo celebrar “cristianamente” la llegada del nuevo año que ha sido siempre un acontecimiento en todas las culturas conocidas? Porque no se trata tan solo de agradecer a Dios los beneficios recibidos en el año que termina y de pedirle perdón por los fallos y las ofensas cometidas, sino también de invocar su ayuda y protección para la nueva oportunidad que nos concede.  Para celebrar como buenos cristianos el “Año Nuevo” no tenemos que hacer otra cosa que activar nuestra conciencia de miembros de la comunidad de los hijos de Dios, o sea, de la Iglesia y atender a lo que ella nos propone festejar el día uno de enero. En tiempos no muy lejanos se celebraba la octava de Navidad que en el calendario litúrgico se centraba en el relato evangélico de la circuncisión del Niño Jesús y en la imposición del nombre, tal y como lo había anunciado el ángel a María (cf. Lc 2,21). Muy cerca de aquí, en Palencia, lo celebran como el “Bautizo del Niño Jesús”, pero entre nosotros el día primero del año no ha tenido mayor transcendencia.

Fue el beato Pablo VI, al poner en práctica la reforma litúrgica diseñada por el Concilio Vaticano II, el que en 1970 quiso dar un nuevo contenido y atractivo al primer día del año para los fieles cristianos. Instituyó la Fiesta de Santa María Madre de Dios, es decir, hizo de ese día una celebración en honor de la Santísima Virgen que sostiene entre sus brazos al Niño Jesús. Fue una intuición genial: ¿A quién se felicita en una casa cuando nace un niño? A la madre que lo ha dado a luz. Eso es lo que hace la liturgia del l de enero, honrar y ensalzar a María cantándola: “Salve, Madre santa, Virgen Madre del Rey que gobierna cielo y tierra…” y proclamar el evangelio en el que se asegura que “María conservaba todas estas cosas -las relativas al nacimiento de su Hijo- meditándolas en su corazón” (Lc 2,19).

Está claro, por tanto, que los cristianos, al comienzo del nuevo año, debemos fijar la mirada con particular afecto y gratitud en la Virgen Madre que nos muestra y ofrece al Niño recién nacido que es para todos paz, bendición de Dios, alegría, esperanza y todo lo bueno que podemos desear en el nuevo año. Es lo que pido para todos los diocesanos y leoneses, hombres y mujeres de buena voluntad. Miremos todos a María con particular amor y gratitud para recibir y conservar durante todo el año el calor divino y humano que emana de su presencia de Madre amorosa y digámosle una vez más: “Muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre, oh clementísima, oh piadosa, oh dulce Virgen María”.

+ Julián López,

Obispo de León

Mons. Julián López
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Mons. D. Julián López Martín nace en Toro (Zamora) el 21 de abril de l945. Estudió en el Seminario Diocesano de Zamora y en el P. Instituto de San Anselmo de Roma, donde obtuvo el doctorado en Teología Litúrgica en 1975, como alumno del P. Colegio Español y del Centro Español de Estudios Eclesiásticos anexo a la Iglesia Nacional Española de Roma. Recibió la ordenación sacerdotal en Zamora el 30 de junio de 1.968. CARGOS PASTORALES Fue coadjutor de Villarín de Campos y cura ecónomo de Otero de Sariegos (1968-1970), coadjutor de la parroquia de Cristo Rey en Zamora (1973-1989) y, desde 1978, canónigo Prefecto de Sagrada Liturgia de la Catedral de Zamora y delegado diocesano de Pastoral Litúrgica, miembro del Consejo Presbiteral y del Colegio de Consultores desde 1984. Ha sido también consiliario diocesano del Movimiento Familiar Cristiano (1976-1986) y consiliario de la Zona Noroeste de este Movimiento (1980-1983). Profesor de Religión en el Instituto "Claudio Moyano" (1975-1976) y en la Escuela Universitaria de Formación del Profesorado en Zamora (1981-1983). Ha sido director del Centro Teológico Diocesano "San Ildefonso" y de la Cátedra "Juan Pablo II" (1984-1992); delegado diocesano para el IV Centenario de la Muerte de Santa Teresa de Jesús (1980-1982); Año de la Redención (1983-1984); Año Mariano Universal (1987-1988); V Centenario (1992) y Congreso Eucarístico de Sevilla (1993). Profesor de Liturgia y Sacramentos de la Universidad Pontificia de Salamanca (1975-1981 y 1988-1994), ha sido también Presidente de la Asociación Española de Profesores de Liturgia (1992-1995), habiendo impartido clases en las Facultades de Teología de Burgos (1977-1988) y de Barcelona (1984-1989). El 15 de julio de 1994 fue nombrado Obispo de Ciudad Rodrigo por el Papa Juan Pablo II, tomando posesión el 25 de agosto del mismo año. Cargo que desempeñó hasta su nombramiento como Obispo de León el día 19 de marzo de 2002, tomando posesión el 28 de abril. El 6 de julio de 2010 Benedicto XVI le nombró miembro de la congregación para el Culto Divino de la Santa Sede. En la CEE ha sido miembro de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis de 1996 a 1999. De 1993 a 2002 formó parte de la Comisión de Liturgia y desde 2002 a 2011 fue Presidente de dicha Comisión. Desde 2011 es miembro de ella