El primer fruto: la carne del Verbo (V)

Mons. Agustí Cortés             La celebración de la Navidad entró en la práctica de la Iglesia mediante la cristianización de una fiesta pagana. Hoy se escuchan muchas voces que denuncian que la Navidad se está convirtiendo en una celebración cada vez más pagana. ¿Un pagano nos podrá decir hoy que no existe motivo para quejarse, ya que en realidad la fiesta vuelve a su origen? En cierto modo tendría razón, pero la mayoría de aquellas voces no denuncian que el mundo vuelva a ser pagano, sino que se quiera mantener la fiesta, que la historia transformó, vaciándola adrede de todo sentido.

A Charles Péguy no le gustaban las continuas quejas o críticas contra el mundo, que solían (y suelen) escucharse desde la Iglesia. Él decía que el mundo camina “tranquilo” sin Jesucristo, que nuestro mensaje no le concierne. No veía que el mundo anduviese desesperado porque no conoce a Cristo. El mundo no era absolutamente culpable de la descristianización. Nos quejamos, pero – diría él – la culpa es nuestra, que hemos perdido la experiencia del misterio, de su sentido y de su anuncio. Por tanto también hemos perdido la vivencia de la gracia. Hemos sustituido el misterio cristiano por construcciones de ideas (ideologías) meramente estéticas o moralistas.

Si su interpretación es cierta, merecemos aquel reproche de Jesús “eso que hacéis también lo hacen los paganos” (cf. Mt 5,47). Y la verdad es que muchas veces no sabemos decir qué aporta de original a este mundo nuestro ser y nuestro mensaje: sólo nos presentamos como una fuerza que se suma a otras, un voluntariado más, para mejorar el mundo.

Concretamente, ¿en qué se diferencia una Navidad pagana, vivida con buena voluntad, con buenos sentimientos y con gestos altruistas y solidarios, de una Navidad auténticamente cristiana? No es que queramos distinguirnos de los demás. Lo que deseamos es tener claro lo que somos, porque si dudamos o no lo sabemos se entenderá inmediatamente que nuestros gestos y nuestras palabras sean estériles.

Charles Péguy, que venía de un humanismo y una ética “pagana”, tras su conversión miraba a la Iglesia con ojos muy críticos. Uno de los signos que demostraban a sus ojos que habíamos perdido la experiencia y la transmisión del misterio era que no vivíamos la Encarnación del Verbo con todas sus consecuencias. Escribía hace años José Luis Martín Descalzo sobre el poeta:

“Fue testigo de la fe porque andaba por lo sobrenatural como por su casa. O más exactamente: porque supo descubrirnos que lo sobrenatural es nuestra casa. El dogma de la Encarnación era para Péguy algo más verdadero y manejable que la tabla de multiplicar. Y a la luz del pequeño Dios que se hace carne en Belén, ve multiplicarse el sentido de la vida cristiana… “Lo sobrenatural es a la vez carnal”… “Toda alma que se salva, salva a la vez su cuerpo”… “Belén es una Navidad eterna que ya no tendrá fin” (Intr. a Palabras cristianas, Salamanca 1964, 15)

Lo más sorprendente de nuestra fe es que podamos afirmar que Jesús, el Hijo de Dios, sea un fruto, el fruto excelso, de la humanidad, de nuestra humanidad. Es decir, con palabras de San Pablo, “que Jesucristo naciera de mujer”.

La gracia, el amor de Dios, hoy como a lo largo de la historia, “es carnal”, está impregnado de humanidad concreta. Y esta humanidad donde Dios se hace visible es la más sencilla y humilde.

La carne del Verbo de Dios, lo que dijo, vivió y amó; lo que hoy sigue diciendo, viviendo y amando, eso es nuestra identidad; esa es la fuente de nuestra fecundidad.

 

† Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.