La Navidad y su espiritualidad

Mons. Francisco Pérez           El canto a la Navidad nos lo muestran aquellos que rodean el portal de Belén: “Gloria a Dios en la alturas y en la tierra paz entre los hombres en quienes Él se complace” (Lc 2, 14). La celebración de tal acontecimiento era la manifestación de un gozo especial: “Y los pastores se volvieron, glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto, tal como se les había dicho” (Lc 2, 20). Nadie se acerca a Jesucristo ni lo busca de forma perezosa sino exulta de alegría al contemplar la grandeza que Dios realiza. La persona que ha dado posada a Dios en su corazón vive con alegría la visita del Señor, y esa alegría da alas a su corazón como si volara. Es un tiempo de contemplación y de adoración, no es tiempo de superficialidad que con tanta facilidad se puede caer.

Hoy hay una gran demanda de auténtica espiritualidad. Desde los inicios del cristianismo y siguiendo las huellas de lo que ocurrió en Belén se ponen manos a la obra las primeras comunidades cristianas. “Que el Dios de la paciencia y de la consolación os dé un mismo sentir entre vosotros según Cristo Jesús, para que unánimemente, con una sola voz, glorifiquéis al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo” (Rom 15, 5-6). La hondura espiritual se manifiesta desde esta perspectiva y toda la vida cristiana tiene como único objetivo el alabar a Dios. Los grandes santos se caracterizan por este modo de vida y entregan todo su quehacer y obrar para este fin. Ante una sociedad tremendamente tecnificada y donde se exalta el éxito de la productividad y del consumo no hay otra medicina mejor que llevar a la práctica la espiritualidad del silencio que se hace alabanza. Es lo mismo que sucedió en Belén.

Todo lo cual nos lleva a dar el paso, para cultivar nuestra experiencia humana y cristiana, de familiarizarse con la forma de pensar de Jesucristo. Pero ¿cómo es posible conocer la mente de alguien que vivió en la tierra hace más de dos mil años? Leyendo la historia que nos relatan los evangelios. La lectura de la Palabra de Dios y sus relatos nos acercarán a la vida de Jesucristo: “Esta es la vida eterna: que te conozcan a Ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien Tú has enviado” (Jn 17, 3). ¡Cuánto han de cambiar las costumbres, las actitudes, los modos de relacionarnos, la forma de comportarnos y la educación en humanizarnos! Sin un sentido transcendente de la vida todo se infravalora.

La Navidad no se puede denominar Navidad ante al consumo materialista que viene favorecido por intereses económicos y alimentada por la superficialidad hasta convertirla a la misma en un frenesí que lo único que produce es malestar interior. El entusiasmo desmedido o el desenfreno en las fiestas deja un poso de excitación donde se mueven con holgura los pecados capitales: gula, lujuria, avaricia, pereza, ira, envidia y soberbia. Digo esto porque cuando no se tiene freno se desatan todos los humores anímicos y el desbarajuste es total. Después nos lamentamos inútilmente. ¡Esto no es Navidad! Recuerdo que una persona me dijo en una ocasión: “Las fiestas están para divertirse no para pervertirse”. Y la diversión sana y auténtica no sólo lleva a la felicidad sino que hace felices a los demás sin estridencias sino con la actitud de ver en los demás personas a las que respetar, ayudar y servir. La Navidad es fraternidad que gusta de un amor que nos trae el Niño que nació en Belén. Solamente los sencillos de corazón entienden la Navidad y pueden desearse: ¡¡¡Feliz Navidad!!!

+ Francisco Pérez González

Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela

Mons. Francisco Pérez
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Nace el día 13 de enero de 1947 en la localidad burgalesa de Frandovínez. Estudió en los Seminarios diocesanos de Burgos, en la Pontificia Universidad Santo Tomás “Angelicum” de Roma y en la Universidad Pontificia de Comillas, donde se licenció en Teología Dogmático-Fundamental. Fue ordenado sacerdote el 21 de julio de 1973, incardinándose en la diócesis de Madrid, a la que sirvió como Vicario parroquial, en dos parroquias, entre 1980 y 1986. Con anterioridad, de 1973 a 1976, ejerció el ministerio parroquial en Burgos. Entre 1986 y 1995 fue formador y director espiritual del Seminario Diocesano de Madrid. Colaboró asimismo en los equipos de dirección espiritual del Seminario Diocesano de Getafe y del Seminario Castrense. El 16 de diciembre de 1995 fue nombrado Obispo de Osma-Soria, recibiendo la ordenación episcopal de manos del Santo Padre Juan Pablo II el 6 de enero de 1996. El 30 de octubre de 2003 se hacía público su nombramiento como nuevo Arzobispo Castrense y el 11 de diciembre tenía lugar la celebración de toma de posesión. CARGOS PASTORALES Desde el 12 de febrero de 2001 es el Director Nacional de Obras Misionales Pontificias, cargo pontificio para un periodo de cinco años para el que fue ratificado en el 2006. Este mismo mes de julio se hacía público su nombramiento como director de la recién erigida cátedra de Misionología de la Facultad de Teología de San Dámaso de Madrid por un periodo de tres años, tras ser designado para el cargo por el Arzobispo de Madrid, Cardenal Antonio María Rouco Varela, Gran Canciller de la citada Facultad. El 31 de julio de 2007 es nombrado por Benedicto XVI Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela, en sustitución de monseñor Fernando Sebastián, que había regido estas diócesis desde 1993. Tomó posesión el domingo 30 de septiembre de 2007, en la Catedral de Pamplona. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE es presidente de la Comisión Episcopal de Misiones y Cooperación entre las Iglesias, cargo para el que fue elegido el 14 de marzo de 2017. Fue miembro de las Comisiones Episcopales del Clero y de Seminarios y Universidades (1996-1999); de Misiones y Cooperación entre las Iglesias (1999-2011/2014-2017). Perteneció al Comité Ejecutivo durante el trienio 2011-2014. Ha sido miembro de la Comisión Permanente en representación de la Provincia Eclesiástica de Pamplona (2016-2017).