El mensaje semanal del Obispo de Cuenca

Mons. José María Yanguas          Pasada la fiesta grande del Adviento, la Inmaculada Concepción de María,  en la que la Iglesia contempla, admirada y agradecida, el fruto más precioso de la Redención y su realización más perfecta, nos fijamos hoy en otro aspecto fundamental de este tiempo litúrgico. El Adviento es tiempo de esperanza. De alegre esperanza, porque lo que anuncia y promete el Adviento es el gran regalo de Dios a los hombres. En la Navidad, en efecto, la Trinidad Beatísima regala a la humanidad el bien más elevado que el hombre nunca pudo ni siquiera soñar.  Dios, salvando la distancia infinita que media entre cielo y tierra nos dona la segunda Persona de la Trinidad. El Verbo de Dios se hizo hombre para que los hombres pudiéramos llegar a ser hijos de Dios. Tomó nuestra naturaleza humana para redimirnos, para librarnos del pecado, para que pudiéramos participar de su naturaleza divina y heredar la vida eterna.

No podemos olvidar que esta es la verdad de las fechas que se avecinan. Y esta verdad es la clave que nos abre a la comprensión del fenómeno “Navidad”. Si se desdibuja esta verdad, mucho más si se olvida por entero, la Navidad  puede verse reducida  a simple vacación;  a una ocasión para obsequiarnos unos a otros con regalos sin que uno acabe de saber exactamente por qué; al tiempo en que las calles de nuestras ciudades se iluminan con extrañas figuras luminosas; a un momento de entrañable encuentro familiar, o a unos días en que se multiplican los gastos inducidos por una propaganda deslumbradora. Así, para algunos, estas fechas quedan reducidas, rebajadas, a unas chatas “fiestas de invierno”.

No sé si, así entendida, la Navidad puede ser para alguien objeto de esperanza. Pero, en todo caso, se trataría de una esperanza pasajera, un tanto hueca, sobreactuada. La esperanza cristiana va claramente en otra dirección. Tiene un contenido mucho más rico y precioso. Uno de los días pasados, tras la primera lectura de la Misa del día, el pueblo cristiano respondía a la Palabra proclamada con esta aclamación: “Dichosos los que esperan en el Señor”. La espera de la Navidad tiene un objeto bien definido: el Señor que viene y nos trae la salvación. Este es el don que recibimos en la Navidad y que la Iglesia espera con emocionada esperanza y con una alegría que a duras penas puede contener.

Todos los demás bienes que trae consigo la Navidad acompañan a éste principal, y no tienen sentido ni explicación si se separan de él. ¿Qué sentido tienen los saludos, los abrazos, las luces, las comidas? ¿Cuál es su porqué? ¿Qué los justifica? ¿Se reducen a pura convención social, a simple marketing para la industria del entretenimiento, del juguete, de las bebidas y alimentación? ¿Se trata de una celebración en la que no aparece por ningún lado aquello que se festeja? ¿Son fiestas vacías? La alegría que las preside ¿tiene una causa razonable?

En el tiempo de Adviento, los cristianos somos invitados a ir al encuentro del Señor que viene. Viene para quedarse en medio de nosotros, viene para reconciliar a la humanidad con Dios. A nosotros corresponde acogerlo, dejarle espacio en nuestras almas. Y para ello es preciso desocuparlas de “intrusos”, que han tomado en ellas un puesto indebido. Es preciso poner orden, liberar el alma de todo aquello que se opone a la venida del Señor: el pecado, en todas sus formas. Por eso Adviento quiere decir, también, conversión, purificación, preparación. Buen tiempo el de Adviento para examinarnos a fondo y hacer una buena confesión que permita al Señor “tomar asiento” en cada uno de nosotros.

+ José María Yanguas

Obispo de Cuenca

Mons. José María Yanguas
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Mons. José María Yanguas Sanz nació el 26 de octubre de 1947 en Alberite de Iregua (La Rioja), diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño. Siguió los estudios eclesiásticos en el Seminario diocesano y el 19 de junio de 1972 fue ordenado sacerdote en Logroño al servicio de la misma diócesis. En 1971 inició en Pamplona los esutdios de Filosofía y en el 1974 los de Teología en la respectiva Facultad de la Universidad de Navarra, obteniendo en el 1978 el doctorado en Teología y en el 1991 el de Filosofía en la misma universidad. Ha trabajado como Capellán y Profesor de Teología de los esudiantes de diversas Facultades Civiles de la Universidad de Navarra (1972-1978; 1980-1986), Secretario del Departamento de Teología para Universitarios (1976-1978), Capellán militar (1978-1980), Profesor de Teología Dogmática (1976-1981), Profesor de Ética y de Teología Moral (1981-1989), Miembro del Comité de Dirección de la revista Scripta Theologica (1982-1986), Director de Investigación de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra y Profesor Asociado de Ética de la Facultad Eclesiástica de Filosofía (1988-1989), Oficial de la Congregación para los Obispos (1989-2005) y Profesor Visitante de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz (1990-2005). En Roma ha sido Capellán de las Hermanas de la Sagrada Familia de Spoleto y ha colaborado pastoralmente en la Parroquia de Santa María de la Divina Providencia (1990-2005). El 20 de abril de 2001 fue nombrado Prelado de Honor de Su Santidad. Ha publicado numerosos artículos en las revistas Scripta Teologica y Annales Teologici; en las “Actas de Congresos y Simposios de Teología”, Pamplona, 1985, y Roma, Cittá Nuova Editrice, 1986, 1988. Es autor de los siguientes libros: - Pneumatología de San Basilio. La divinidad del Espíritu Santo y su consustancialidad con el Padre y el Hijo, Eunsa, Pamplona, 1983; - Constitutionis Pastoralis Gaudium et Spes sinopsis histórica: De Ecclesia et vocatione hominis, Pamplona, 1985; - La intención fundamental. El pensamiento de Dietrich von Hildebrand: contribución al estudio de un concepto moral clave, Barcelona, 1994. Además de español habla francés, inglés, italiano y alemán. Nombrado Obispo de Cuenca el 23 de diciembre de 2005, recibió la Ordenación Episcopal y tomó posesión de la Sede de Cuenca, en la Catedral, el 25 de febrero de 2006, de manos del Excmo. y Rvmo. Mons. Antonio Cañizares Llovera, Arzobispo de Toledo. Es miembro de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe y de la Comisión Episcopal de Seminarios y Universidades de la CEE (Conferencia Episcopal Española).