El arzobispo de Toledo ordena dos nuevos presbíteros y un diácono

Este domingo, 17 de diciembre, el Arzobispo de Toledo, Mons. Braulio Rodríguez Plaza, ha ordenado presbíteros a dos diáconos y un seminarista de  ha recibo el orden del diaconado. Con el Arzobispo han concelebrado los obispos Mons. Ángel Fernández, auxiliar de Toledo, y Mons. Ángel Rubio, emérito de Segovia.

El sábado, 16 de diciembre, también varios seminaristas recibieron los ministerios del lectorado o acolitado en una celebración en la capilla del Seminario Mayor presidida por el Obispo Auxiliar.

Homilía del Arzobispo para la misa con ordenaciones de dos presbíteros y un diácono

Un saludo grande a cuantos os habéis congregado en la SICP en la celebración del domingo III de Adviento en la que dos diáconos de nuestra Iglesia serán ordenados presbíteros. Junto a ellos, será ordenado un nuevo diácono. Hemos de seguir la recomendación del Apóstol: “Estad siempre alegres”. Claro, pensarán, ´habla de alegría porque estamos ya casi en Navidad. No, hermanos, es que la alegría es la señal de que la naturaleza ha alcanzado su objetivo y todo se ilumina a la luz de Dios. Esta, creo yo, es la alegría que tienen estos hermanos cuando está tan cerca su ordenación. Es la alegría de sus padres, su familia, sus parroquias. Es la alegría de la Iglesia, porque ellos, siguiendo la llamada de Cristo, han sido fieles a esa vocación. Es la constatación de que se puede responder a Dios, a Jesucristo, también hoy, cuando parece que no son tiempos de vida para ser sacerdotes, consagrarse a Cristo en su Iglesia.

Sí son tiempos, sin duda, para vocaciones al sacerdocio hoy, o a la vida consagrada, con una entrega total, aun en medio de nuestra debilidad. Dios es grande, siempre mayor. Por acompañar la vida de estos hermanos en estos años del Seminario, recibid vosotros también, Sr. Rector y Formadores, mi acción de gracias y sed partícipes de esta alegría de la ordenación que hoy experimentamos. Por supuesto, ésta es hoy también mi alegría.

El evangelio nos muestra a un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan y que era testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. Pero no era la luz, sino el que daba testimonio de la luz. Es una buena descripción de lo que es un cristiano y de lo que es un sacerdote, testigo de la luz, para que todos creyeran en Cristo por medio de él. Nada hay más importante que la luz para llegar a la verdad que nos hace libres y da sentido a nuestra vida. Cuentan que un astrónomo defendió a un hombre inocente acusado de homicidio. En el juicio, al indicar el acusado que vio al verdadero asesino huir después del delito, no fue creído. Fue condenado, pues a la pregunta “¿a qué distancia vio usted al asesino?”, contestó que bien podía  ser que a unos doscientos metros. El jurado concluyó que no fue posible haber visto tan lejos al asesino, siendo de noche y en un valle oscuro. ¿Cómo ayudó el astrónomo al inculpado? Sencillamente porque al leer en el periódico cuándo había sido el día del crimen, controló la fecha del delito en su agenda y descubrió que, precisamente ese día, la noche había sido clara pues había sido luna llena. El acusado podía haber visto, por tanto, a esa distancia. El Tribunal aceptó el testimonio; el astrónomo, al recibir las gracias del acusado, dijo lacónicamente: “He hecho solo lo que está escrito en el Evangelio, di testimonio de la luz”.

La luz es Cristo. ¿Es fácil ser testigo de este que nos dice que es el Hijo de Dios? Es fácil y difícil. Depende. Ya conocemos en el Evangelio que hay ciegos que reciben la luz, y hay quienes ven y se comportan como ciegos, porque no quieren ver. Pero no penséis que esta tarea vuestra, en vuestro ministerio sacerdotal, será fácil. No, hay que hacerla con obras y palabras, en unidad de vida, en ocasiones imprevistas e inconcebibles en otras ocasiones. Y se necesita la fidelidad, la oración, el ejercicio de la fe y la esperanza en el día a día, fiados de que en nosotros buscan la luz, su luz, no la nuestra, y que es Él, la luz quien desea siempre llegar a todos, los hombres y mujeres que son nuestros hermanos. Vamos, que es preciso complicarse la vida.

Porque, ¿cómo se puede dar testimonio de la luz? La luz se ve, o más bien se ve al mundo porque la luz lo ilumina. Sin embargo, no vemos todo del mismo modo, incluso cuando la luz es diáfana. Nuestras visiones son muy limitadas por muchos motivos. Cada hombre, decimos, ve sus cosas y para las otras es ciego; además, con frecuencia aquello que ve lo juzga según su interés. Desde antiguo se dice que hay una doble luz: la luz externa y la luz interna de los ojos. Si se trata de luz externa, mucho han cambiado las cosas desde las velas a la iluminación eléctrica cada vez más sofisticada.

Pero, ¿cómo se puede perfeccionar la luz interna de los ojos? Me temo que aquí no hay tanto progreso y, en ocasiones, regresiones grandes. Pero se puede ver internamente viviendo la vida según el Espíritu y la buena educación, conociendo las causas; algo que también es útil para la reflexión religiosa. Pascal, fue educado en el espíritu científico del siglo XVII, y se preguntaba siempre de dónde provenían las cosas. Sin embargo, su espíritu religioso veía en el mundo mucha malicia. ¿De dónde proviene? Comprendí que la luz proviene de la fe para conocer el bien y el mal. Pero muchos no admiten de buena gana la luz de la fe. Y así se les escapa el conocimiento del misterio.

Lo importante para vosotros, queridos ordenandos, es que sepáis ser testigos de la fe, dispuestos a servir a la verdad. Comprobaréis que, en el fondo, los hombres y mujeres, en tantas situaciones complicadas en su interior, son en realidad incapaces de resistir a la verdad de Cristo, el atractivo tremendo de Cristo en Dios. Tú debes saber que el ser humano se comprende a sí mismo en realidad sólo a la luz de la fe y en ella comprende el mundo y el sentido de su vida.

Este servicio de la fe puede hacerlo cualquier cristiano, faltaría más; pero necesita nuestra humanidad de la gracia de la Humanidad de Cristo, que está por encima de nuestras solas posibilidades. Es la gracia de su misterio pascual que llega a nosotros en sus sacramentos. ¿Ves cuánta importancia cobra tu vida para los demás cristianos y los hombres y mujeres de buena voluntad? No se te ocurra ser sacerdote o diácono solo para ti o tu familia, o tu parroquia, o tu Diócesis. La medida es la Iglesia Universal desde una Iglesia particular. El Señor te llama de modo especial a su obra de salvación; tú mostrarás tu luz, la que Dios te ha dado, pero muestra sobre todo la luz, que es Cristo. No te pongas en el centro, que el centro es Cristo. Ponte en manos del Señor, para emprender seguro el ministerio que te confía la Iglesia. Él te entrega su Espíritu, para que en ese Espíritu encuentres apoyo. Es camino seguro.

Os confiamos a la Madre de Dios. Ella mostró a su Hijo y os ama como a discípulos que re-presentan a Cristo. Que la Virgen María ayude a todos los cristianos, y a los hombres que buscan a Dios, a llegar a Belén para encontrar al Niño que nació por nosotros, para la salvación y la felicidad de todos los hombres. Amén.

+Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo y Primado de España-

 

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