La fraternidad presbiteral, fermento de abundantes vocaciones

Gaspar Hernández Peludo, Doctor en Teología Dogmática de la Universidad Pontificia de Salamancaofreció una conferencia a los sacerdotes de la diócesis de Plasencia dentro del programa de Formación para el Clero. En esta ocasión, los asistentes recibieron una charla sobre las “Exigencias de la fraternidad en el ministerio sacerdotal”.

¿Por qué es necesario hablar de la fraternidad sacerdotal?

No tanto por criterios de moda o eficacia pastoral sino porque forma parte de la identidad misma de todo sacerdote. Por el sacramento del orden entramos a formar parte de un cuerpo, del “orden de los presbíteros” unidos por una “íntima fraternidad sacramental”, dice el Concilio. De este modo un presbítero es siempre un “co-presbítero”, no puede ser sin los otros sacerdotes, dentro de un presbiterio presidido por el Obispo. Hermanos por vocación y por ordenación estamos llamados también a la misma misión: edificar la Iglesia como “fraternidad de fraternidades”. Además esta fraternidad puede ser una pequeña luz de esperanza en un mundo como el nuestro cada vez más globalizado pero menos fraterno.

¿Qué dificultades se dan para lograr la fraternidad presbiteral?

Hay dificultades de orden subjetivo, derivadas de los límites del carácter o de la estructura de nuestra personalidad así como de los propios pecados. En su raíz está el “clericalismo”, una caricatura de la verdadera fraternidad, y que se manifiesta –como nos recuerda tantas veces el Papa Francisco– en el individualismo inmanentista, la mundanidad espiritual, la acedia egoísta, el pesimismo estéril, el activismo excesivo, el carrerismo o la crítica sin misericordia. Pero hay dificultades también de orden objetivo como las distancias geográficas, el “parroquialismo” por el que nos apropiamos de la tarea encomendada sin hacernos corresponsables de la misión común, la mayor adhesión a grupos, asociaciones o movimientos de nuestra tendencia que al presbiterio, el siempre difícil entendimiento entre las distintas generaciones, o el déficit en la formación para esta fraternidad.

¿Cómo se pone en práctica esa fraternidad?

Lo bonito y esperanzador es que ya se nos ha dado como carisma del Espíritu el día de nuestra ordenación y a nosotros nos toca reavivarla y hacerla crecer cada día, con la comunión en la caridad, en el ministerio y en la oración. Su puesta en práctica tiene luego formas muy diversas, desde la hospitalidad presbiteral, la corresponsabilidad pastoral, los encuentros sacerdotales de formación, reflexión, oración o descanso, la comunicación de bienes hasta “alguna forma de vida en común”.

¿Qué pasos se pueden dar para mejorar la calidad de la fraternidad sacerdotal?

El primero y fundamental pasa por la conversión del propio corazón al Dios comunión y, en Él, a los hermanos sacerdotes que se me han dado y no he elegido, sin la cual de nada sirve cualquier estructura “fraterna”. Eso significa hacer de la fraternidad presbiteral elemento central de la propia espiritualidad acentuando el sentido de pertenencia cordial al presbiterio diocesano. Yo subrayaría también la importancia de una “pastoral sacerdotal” que cuide la formación permanente, el acompañamiento y la amistad entre los sacerdotes. Y finalmente cultivar esa “mística del vivir juntos” –de la que habla tanto el Papa– con la ascesis que implica y que tiene en la humildad su base, en la apertura al otro su método, en la caridad su motor y en la alegría su fruto. La vuelta a las fuentes de la fraternidad apostólica en el Nuevo Testamento y en la etapa patrística podría darnos luz e impulso.

¿Cómo se unen la fraternidad presbiteral y la pastoral vocacional?

La fraternidad presbiteral es un medio muy eficaz de pastoral vocacional. Por mi experiencia en este campo puedo decir que cuestiona mucho a los jóvenes ver que los sacerdotes se quieren, trabajan y disfrutan juntos. Quiera el Señor que una renovada vivencia de la fraternidad presbiteral sea fermento de abundantes vocaciones en nuestras diócesis.

(Iglesia en Plasencia)

Agencia SIC
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