Caminata por la Vida y la Familia en Costa Rica: “La vida está amenazada de muchas formas”

El pasado 3 de diciembre tuvo lugar en Costa Rica la Segunda Caminata por la Vida y la Familia, que llegara a convocar en las calles de la capital San José a más de medio millón de personas y que contó con el apoyo de los Obispos católicos del país. A continuación, por su interés, reproducimos un extracto de la homilía que pronunció Mons. Ángel SanCasimiro, Obispo de la Diócesis de Alajuela, durante la celebración de la Santa Misa con la que concluía esta manifestación ciudadana.

Extracto de la Homilía Santa Misa Domingo 3 de diciembre, 2017 para la II Caminata por la Vida y la Familia

Más allá que de expresar, se trata de compartir y proponer una visión del ser humano, que consideramos que enriquece a nuestra sociedad y que favorece el bien común. Creemos en una cultura de diálogo y encuentro. Estamos atentos a otras formas de pensar y las respetamos. Pero, ante todo, respetamos al ser humano, al que amamos y cuyo bien deseamos.

Nos sentimos hermanos de cada ser humano, pues, como ha dicho el profeta Isaías en la primera lectura de este domingo, “Señor, tú eres nuestro padre, nosotros la arcilla y tú el alfarero: somos todos obra de tu mano”.

Todos los sectores que actúan en nuestra sociedad tienen sus propios credos, ya sea religiosos, políticos, filosóficos y de otras índoles, y aunque otros no compartan esos credos, ellos siguen proponiendo conforme con estos lo que consideran bueno para el conjunto de la sociedad. También los que profesamos la fe cristiana, tenemos una concepción del ser humano y de la sociedad, desde la que concebimos un modelo de sociedad basada en el amor, la justicia, la solidaridad, el bien común y el respeto y ejercicio de los derechos humanos.

Hay dos temas fundamentales en la concepción de la sociedad que proponemos al pueblo del que somos parte. Uno es el respeto y protección de la vida humana en todas sus etapas y dimensiones. El otro es la familia, que es el ámbito más adecuado para la vivencia del amor humano, célula del tejido social, que debemos proteger, promover y desarrollar para que este se mantenga sano y vigoroso.

Cuidado de la vida

Como enseñaron los padres del segundo concilio celebrado en la ciudad del Vaticano, en el documento llamado Los gozos y las esperanzas, hace ya 52 años, “la vida desde su concepción ha de ser salvaguardada con el máximo cuidado” (N.º 51). El papa Juan Pablo II, en la carta encíclica El evangelio de la vida, recuerda “el valor sagrado de la vida humana desde su inicio hasta su término”, y afirma “el derecho de cada ser humano a ver respetado totalmente este bien primario suyo” (n.º 29).

El Concilio Vaticano II expresó muy bien diversas formas de acciones que, en su conjunto, se oponen a la vida, y que conviene recordar: “Todo lo que se opone a la vida, como los homicidios de cualquier género, los genocidios, el aborto, la eutanasia y el mismo suicidio voluntario; todo lo que viola la integridad de la persona humana, como las mutilaciones, las torturas corporales y mentales, incluso los intentos de coacción psicológica; todo lo que ofende a la dignidad humana, como las condiciones infrahumanas de vida, los encarcelamientos arbitrarios, las deportaciones, la esclavitud, la prostitución, la trata de blancas y de jóvenes; también las condiciones ignominiosas de trabajo en las que los obreros son tratados como meros instrumentos de lucro, no como personas libres y responsables; todas estas cosas y otras semejantes son ciertamente oprobios que, al corromper la civilización humana, deshonran más a quienes los practican que a quienes padecen la injusticia y son totalmente contrarios al honor debido al Creador” (Constitución Pastoral Los gozos y las esperanzas, n.º 27).

Entonces, la defensa de la vida nos impone compromisos muy fuertes en nuestra Costa Rica, donde la vida está amenazada de muchas formas.

Hacemos nuestras las palabras del papa Francisco: entre las personas más débiles, más vulnerables “que la Iglesia quiere cuidar con predilección, están también los niños por nacer, que son los más indefensos e inocentes de todos, a quienes hoy se les quiere negar su dignidad humana en orden a hacer con ellos lo que se quiera, quitándoles la vida y promoviendo legislaciones para que nadie pueda impedirlo. Frecuentemente, para ridiculizar alegremente la defensa que la Iglesia hace de sus vidas, se procura presentar su postura como algo ideológico, oscurantista y conservador. Sin embargo, esta defensa de la vida por nacer está íntimamente ligada a la defensa de cualquier derecho humano. Supone la convicción de que un ser humano es siempre sagrado e inviolable, en cualquier situación y en cada etapa de su desarrollo. Es un fin en sí mismo y nunca un medio para resolver otras dificultades. Si esta convicción cae, no quedan fundamentos sólidos y permanentes para defender los derechos humanos, que siempre estarían sometidos a conveniencias circunstanciales de los poderosos de turno. La sola razón es suficiente para reconocer el valor inviolable de cualquier vida humana” (El gozo del Evangelio n.º 213).

Confiamos en que quienes rigen las riendas de los tres poderes del Estado, atentos a las convicciones más profundas del pueblo costarricense, pondrán todo su empeño en proteger el primero de todos los derechos humanos, que es el de la vida, desde que esta es concebida, lo mismo que ese pueblo, resistiendo las campañas en pro del aborto, tanto nacidas dentro del país, como las que nos intentan presionar desde frentes de poder en el ámbito internacional.

Asimismo, hoy deseamos que, comenzando por la población mayoritariamente cristiana, nuestro país se comprometa a acabar con todas las amenazas a la integridad del ser humano, a la plenitud de su vida posteriormente a su concepción, como las señaladas por el Concilio Vaticano II, que acabamos de citar, especialmente el hambre, que padecen cientos de miles de personas en nuestro país, la precariedad de la atención en la salud pública, debido a las largas listas de espera, la violencia creciente y que ya tiene índices de epidemia en cuanto a los homicidios, la violencia infantil y las muertes en carretera, según los criterios de la Organización Mundial de la Salud, el grave riesgo de ser impactados por eventos extremos como terremotos, tormentas y huracanes, incendios y otros que golpean muy fuertemente a la población más vulnerable, especialmente la que vive en precarios, en zonas de inundación y en viviendas de mala calidad, la devastación ambiental resultante de un modelo de desarrollo centrado en el crecimiento económico alejado del bien común de la presente y las futuras generaciones, la inseguridad alimentaria que puede causar estragos ante una ola de especulación en el mercado internacional de los alimentos, o los efectos del cambio climático en nuestra agricultura, o la falta de planificación de la capacidad de abastecernos de nuestros propios alimentos.

La familia

Un organismo funciona bien en la medida en que sus partes funcionen bien. El organismo de la sociedad experimenta mayor o menor bienestar según sus células, que son las familias, estén sanas, vigorosas y sean un espacio de crecimiento, protección y educación para la convivencia armoniosa, constructiva y solidaria. Las familias están llamadas a ser una comunidad de amor y de vida nacida de la entrega mutua que da origen al matrimonio (ver GS 48). El papa Francisco nos ha recordado que la familia es un “santuario de la vida, el lugar donde la vida es engendrada y cuidada” (AL 78).

Deseo compartir la enseñanza tan importante del papa Francisco. Señala que es “importante recordar que la educación integral de los hijos es «obligación gravísima», a la vez que «derecho primario» de los padres (Código de Derecho Canónico, c. 1136). No es sólo una carga o un peso, sino también un derecho esencial e insustituible que están llamados a defender y que nadie debería pretender quitarles. El Estado ofrece un servicio educativo de manera subsidiaria, acompañando la función indelegable de los padres, que tienen derecho a poder elegir con libertad el tipo de educación —accesible y de calidad— que quieran dar a sus hijos según sus convicciones. La escuela no sustituye a los padres sino que los complementa.

En nuestro país hoy se hace imperativo recordar este principio, con el que comulgan personas, tanto en otros ámbitos confesionales como no confesionales. Es necesario restaurar el pacto educativo, en el que las políticas educativas no se dirijan por un rumbo ajeno y hasta contrario a los principios y valores que la inmensa mayoría de madres y padres de familia desean para la educación de sus hijos.

Los hijos y las hijas aprenderán en la escuela de amor de su hogar, el camino para, en el futuro, ellos mismos dar lugar a nuevas familias. De cara a este propósito, la educación para sexualidad y la afectividad desempeña un papel importantísimo. La Iglesia está decididamente a favor de educar en este campo. Que tenga discrepancias de fondo con algunos enfoques relacionados con lo que se suele llamar “género”, como recientemente lo hemos expresado en un comunicado los obispos, no significa, como sostienen algunas personas no bien informadas, que se oponga al acompañamiento educativo de los niños y los adolescentes en su desarrollo sexual y afectivo. De nuevo, en La alegría del amor, del papa Francisco, encontramos pautas muy valiosas, que animamos a nuestras autoridades educativas a tomarlas en consideración para un necesario replanteamiento de aspectos medulares de su política educativa en esta materia. Nos recuerda, entre otros importantes postulados, que “es difícil pensar la educación sexual en una época en que la sexualidad tiende a banalizarse y a empobrecerse. Sólo podría entenderse en el marco de una educación para el amor, para la donación mutua. De esa manera, el lenguaje de la sexualidad no se ve tristemente empobrecido, sino iluminado. El impulso sexual puede ser cultivado en un camino de autoconocimiento y en el desarrollo de una capacidad de autodominio, que pueden ayudar a sacar a la luz capacidades preciosas de gozo y de encuentro amoroso” (AL 280).

Una palabra de esperanza para las familias que sufren

Si bien es cierto que la Iglesia propone un modelo de familia, que nace del amor conyugal, en el que crecen los hijos sanamente, en condiciones materiales, ambientales, de salud y emocionales que favorecen su desarrollo humano, conoce con amor materno, que muchas familias viven situaciones que las afectan dolorosamente. Así, la desintegración del hogar, que llega a sus puntos de máximo sufrimiento cuando la relación de los padres se rompe totalmente; la ausencia del padre o de la madre; las múltiples formas de violencia al interior de los hogares; las dificultades de la educación acertada de los hijos y de las relaciones intergeneracionales; la exclusión escolar de niños y adolescentes, que constituye un obstáculo para su superación y desarrollo pleno; la experiencia destructiva del alcoholismo y otras adicciones en el hogar; la pobreza y la extrema pobreza; el desempleo, el subempleo y el empleo informal; la carencia de una vivienda de calidad; la falta de solidaridad de la sociedad para afrontar la presencia de discapacidades en miembros de la familia; la imposibilidad de atender dignamente a las personas adultas mayores del hogar; la presencia de trastornos mentales al interior del núcleo familiar, sin un acceso al soporte profesional en salud mental; la maternidad de niñas y adolescentes, que deben afrontar el proceso de su propio proceso de maduración y el de sus hijos, muchas veces sin los apoyos necesarios y con las secuelas graves de la experiencia de la violación; el dolor de las familias separadas por la necesidad de migrar, unas desde nuestra patria hacia el exterior, y otras desde fuera hacia nuestra tierra; la privación de libertad de algún miembro de la familia; la discriminación de miembros de la familia por razones étnicas, religiosas, políticas, de orientación sexual y de otros tipos. También asumimos el dolor de las personas que, como decía el papa san Juan Pablo II, están privadas de familia (FC 85), y que viven solas en sus casas, o en instituciones o que son habitantes de la calle.

La Iglesia lleva en sus entrañas estos sufrimientos. Lo sabe nuestro pueblo, miles de cuyos miembros encuentran cobijo, soporte, consuelo, luz, acompañamiento y misericordia en sus comunidades parroquiales, movimientos apostólicos, comunidades religiosas y asociaciones de bien social de inspiración católica. Pero nos falta mucho más esfuerzo, y deseamos que esta caminata y eucaristía por la familia sea, ante todo, una momento para adquirir mayor compromiso con las familias heridas por las situaciones mencionadas y otras más. Es momento oportuno, además, para llamar a nuestros gobernantes y a quienes aspiran a serlo, para desarrollar políticas integrales para la protección, promoción y desarrollo integral de las familias. No hay tarea más apremiante para el presente y el futuro de la familia.

Que la Sagrada Familia, que, en solidaridad con todas las familias sufrientes del mundo, experimentó la pobreza, el exilio y la muerte, y que goza del triunfo de la Vida plena en Jesucristo mediante su pasión, muerte y resurrección, nos aliente en este propósito, proteja a Costa Rica y la invada de amor.

+Angel San Casimiro Fernández
Obispo de Alajuela

 

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