Despertad (II)

Mons. Agustí Cortés            Hace aproximadamente mes y medio iniciábamos en estas páginas una serie de reflexiones sobre la llamada de Jesús a dar fruto, haciéndonos eco del objetivo pastoral que este año nos habíamos propuesto. Bajo el título “El árbol de la fe” ofrecíamos un pequeño desarrollo de la imagen del árbol, tomando pie de los pensamientos de Jaques Loew en su obra Seréis mis discípulos. Hablábamos entonces de la inquietud que sentimos ante la situación de nuestras propias vidas y de la vida de la Iglesia: el motivo era que nos ronda como un fantasma la pregunta de si acaso no damos una imagen de esterilidad o al menos de una cierta decrepitud.

Estos sentimientos no son tan diferentes de los que despierta la observación de nuestra situación social y política más inmediata. En definitiva, tanto en lo que se refiere a nuestras vidas personales, a nuestro presente eclesial, como a la situación social y política, nuestro anhelo es el mismo: reconocer lúcidamente la realidad actual y abrirnos a la esperanza.

Iniciamos el Nuevo Año litúrgico con estas preocupaciones en el corazón. Especialmente en Adviento necesitamos mantener el oído abierto a los grandes mensajes de los profetas. Sus palabras – sus llamadas y sus gritos, podríamos decir – golpean no solo los tímpanos sino también, sobre todo, los corazones dormidos, holgazanes o narcotizados. Nos hablarán voces proféticas inspiradas, aquellas que nos transmiten palabras que son de Dios. Pero también convendrá escuchar algún profeta moderno, como Charles Péguy, radical en su fe y radical en su compromiso con el mundo, provocador y víctima de la autenticidad, libre y vinculado apasionadamente a la belleza de Jesucristo.

La primera llamada que escuchamos de la voz profética es un grito que nos despierta, una denuncia de nuestra ceguera, una invitación a abrir los ojos y permanecer en estado de vigilia. La historia se repite: únicamente las sacudidas, los golpes inesperados, nos hacen ver la realidad.

Si podemos hoy considerar a Charles Péguy como profeta no es porque siempre vivió con los ojos abiertos. Su vida, según él, no hizo sino seguir un camino continuado de búsqueda apasionada de lo más verdadero y lo más bello. Eso sí, su conversión a la fe cristiana significó un auténtico despertar. Su formación en la fe católica durante la infancia y la adolescencia no pasó de una noticia aprendida que se guarda en la trastienda. Su pérdida de la fe, al tiempo que su compromiso político socialista, respondió a la necesidad de hacer realidad su inmenso anhelo de solidaridad y de transformación del mundo. Su distanciamiento de la política del partido y su crítica a una Iglesia y un cristianismo aburguesado, fue el efecto de un verdadero deslumbramiento ante la figura viva de Jesucristo.

Hay muchas maneras de estar dormidos. Está dormido quien cree que da muchos frutos de vida solo porque “hace muchas cosas”, o porque aquello que realiza es original y muy llamativo, o porque otros le admiran y felicitan al ver que está muy atareado, es eficaz y hasta da testimonio de servicialidad y entrega. Está dormido quien vive preservado de toda contaminación de sufrimiento, envuelto en experiencias que compensan y permiten no pensar, evadido de los problemas, auto – convencido de que todo va bien o confiado sin límite en el progreso, que solucionará todos los problemas…

Escuchemos la voz de los profetas que nos llaman a despertar, abrir los ojos y mirar con valentía y confianza. Unos ojos bien abiertos descubren el profundo vacío de Dios allí donde hay vacío de humanidad. Y la persona humana se vacía cuando la verdad, la belleza y el amor sucumben ante los intereses de poder, la manipulación, la prepotencia o el orgullo.

Pero no tengamos miedo, porque la mirada limpia y vigilante no tardará en descubrir destellos de luz que sostienen la esperanza.

† Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.