El Pan de la Palabra. Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo

Mons. José María Yanguas             Con la celebración de la solemnidad de Jesucristo, Rey del universo, llegamos al final del año litúrgico. Un año más, el Señor ha caminado a nuestro lado y nos ha ayudado a avanzar en nuestra peregrinación hacia la Tierra Prometida, hacia la Vida plena en Dios que, como dice la segunda lectura de la carta a los Corintios, ya ha alcanzado Cristo con su muerte y resurrección: “Cristo ha resucitado primicia de todos los que han muerto… Por Cristo todos volverán a la vida… Al final, cuando todo esté sometido… Dios será todo para todos”. Para esto estamos pensados y soñados: Dios llenará todos nuestros anhelos de plenitud, el vacío que nos habita y nos permitirá alcanzar la plenitud. Estaremos llenos de Amor, puesto que Dios es amor.

Por esta razón, esta última semana del año litúrgico, nos ofrece la posibilidad de mirar para atrás y hacer balance de este año transcurrido desde una actitud de agradecimiento. Durante todo este tiempo nuestra vida ha discurrido al ritmo de la Palabra, una palabra, la de Dios, que no nos ha faltado ni un solo día. Precisamente, este año que está tocando a su fin hemos podido leer el evangelio de Mateo en las celebraciones de los domingos, el día del Señor, el centro de nuestra semana y de nuestra vida. Como decían los mártires de Abilene, “Sin el domingo, no podemos vivir”. Nosotros sin el domingo, es decir, sin el Pan de vida que se nos ofrece tanto en la mesa de la Palabra como en la mesa del Pan, no podríamos vivir, no seríamos capaces de avanzar con esperanza en el camino de nuestra vida.

En su evangelio Mateo presenta a Jesús, entre otras cosas, como nuevo Moisés y nuevo Josué. Para presentar a Jesús como nuevo Moisés, el evangelista ha agrupado las enseñanzas de Jesús en cinco grandes discursos. Estos últimos domingos hemos podido escuchar las parábolas del quinto discurso sobre el final de los tiempos. Jesús, como Moisés a las puertas de la Tierra Prometida en el libro del Deuteronomio, contemplando en el horizonte el final de su vida, nos regala esta página tremenda del evangelio a la luz de la cual valorar nuestra propia vida. Con esta parábola Jesús habla del juicio final, ese juicio que cerrará esta historia y este mundo, al igual que cerrará nuestra propia vida el día de nuestra muerte, y en el que el Hijo del hombre saldrá fiador y defensor de cuantos han padecido la injusticia y han sufrido en este mundo que Dios Padre había imaginado y soñado para que todos los hombres y mujeres tuvieran la posibilidad de una vida digna, de una vida plena. Pero no es así. En este mundo hay, con palabras del profeta Ezequiel, muchas personas que son como ovejas perdidas, descarriadas, heridas, enfermas… En nuestro mundo hay tantas personas que andan perdidas, sin saber por qué ni para qué vivir, tantas personas que han descarriado en su proyecto vital, tantas personas heridas por la vida (hambre, violencia, injusticia)… A ellas Jesús, en su momento, las buscó. Él hizo realidad las palabras del profeta Ezequiel, cuando Dios dice: “Yo mismo en persona buscaré a mis ovejas siguiendo su rastro…”. Jesús es Dios en persona, Dios hecho hombre, que busca a las ovejas siguiendo su rastro… A Jesús los evangelios lo presentan como el buen pastor, el que se compadece ante el pueblo que anda como ovejas sin pastor, el que tienen una especial predilección por las ovejas perdidas, descarriadas, heridas y enfermas (pasó por la vida curando enfermos, acercándose a marginados, leprosos, haciendo el bien, buscando a los descarriados publicanos, acercándose a los marginados…). Para ellas Jesús fue como Dios para el salmista, “el buen pastor” que con su bondad y su misericordia acompaña todos los días de la vida hasta llevarnos a habitar en la casa del Señor por años sin término.

Por eso, cuando Jesús contempla el final de la historia al tiempo que se acerca el momento de su entrega total en Jerusalén, habla del juicio como de ese momento en que el Reino, el proyecto de Dios que él ha iniciado con su palabra y su comportamiento, va a llegar a plenitud y va a abrir sus puertas para todos aquellos que han tratado de ser también buenos pastores para hambrientos, sedientos, desnudos, encarcelados, enfermos… El Reino de los cielos está abierto para cuantos han puesto en práctica las obras de misericordia, para quienes han descubierto en el rostro del pobre, del que pasa hambre o sed, del que está privado de libertad, del enfermo… el rostro de un hermano al que ayudar y tender la mano. Lo sorprendente es la reacción que tienen aquellos que, invitados a tomar posesión del Reino preparado por Dios desde la creación del mundo, han tratado bien al prójimo sin saber que en el que estaba a su lado y en necesidad se hallaba el mismo Hijo de Dios: “¿Cuándo te vimos con hambre y te alimentamos…?” La respuesta de Jesús es única: “Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis”. Jesús se identifica con todos ellos y los declara a todos hijos de Dios y, por tanto, hermanos, pero especialmente a los marginados, a los pobres, hambrientos, los que sufren el mal y la injusticia en este mundo que Dios nunca pretendió que fuera así. Lo único que Dios pide es que se trate bien a todos sus hijos, pero especialmente a los más débiles. Quien obra así con ellos, está siendo también él buen pastor, está preparado para entrar en el Reino preparado por Dios para que haya vida plena de verdad, sin limitaciones…

Nosotros, que hemos llegado al final de este año litúrgico, podemos escuchar esta Palabra que no deja indiferente y que desenmascara algunas falsas seguridades en las que nos apoyamos en nuestra relación con Dios. No se nos va a juzgar por los conocimientos acerca de Dios o por los méritos religiosos adquiridos, sino por el amor compasivo con el prójimo, especialmente con el más pobre.

Que esta eucaristía sea realmente acción de gracias por este año en el que Dios, hecho Palabra y Pan, nos ha acompañado y nos ha ayudado a crecer en nuestra vida personal y comunitario. Que estos últimos días del año litúrgico, ante el Adviento que se avecina, nos permitan revisar nuestra vida a la luz del final de plenitud y de amor que nos ofrece el evangelio de este domingo.

+ José María Yanguas

Obispo de Cuenca

Mons. José María Yanguas
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Mons. José María Yanguas Sanz nació el 26 de octubre de 1947 en Alberite de Iregua (La Rioja), diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño. Siguió los estudios eclesiásticos en el Seminario diocesano y el 19 de junio de 1972 fue ordenado sacerdote en Logroño al servicio de la misma diócesis. En 1971 inició en Pamplona los esutdios de Filosofía y en el 1974 los de Teología en la respectiva Facultad de la Universidad de Navarra, obteniendo en el 1978 el doctorado en Teología y en el 1991 el de Filosofía en la misma universidad. Ha trabajado como Capellán y Profesor de Teología de los esudiantes de diversas Facultades Civiles de la Universidad de Navarra (1972-1978; 1980-1986), Secretario del Departamento de Teología para Universitarios (1976-1978), Capellán militar (1978-1980), Profesor de Teología Dogmática (1976-1981), Profesor de Ética y de Teología Moral (1981-1989), Miembro del Comité de Dirección de la revista Scripta Theologica (1982-1986), Director de Investigación de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra y Profesor Asociado de Ética de la Facultad Eclesiástica de Filosofía (1988-1989), Oficial de la Congregación para los Obispos (1989-2005) y Profesor Visitante de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz (1990-2005). En Roma ha sido Capellán de las Hermanas de la Sagrada Familia de Spoleto y ha colaborado pastoralmente en la Parroquia de Santa María de la Divina Providencia (1990-2005). El 20 de abril de 2001 fue nombrado Prelado de Honor de Su Santidad. Ha publicado numerosos artículos en las revistas Scripta Teologica y Annales Teologici; en las “Actas de Congresos y Simposios de Teología”, Pamplona, 1985, y Roma, Cittá Nuova Editrice, 1986, 1988. Es autor de los siguientes libros: - Pneumatología de San Basilio. La divinidad del Espíritu Santo y su consustancialidad con el Padre y el Hijo, Eunsa, Pamplona, 1983; - Constitutionis Pastoralis Gaudium et Spes sinopsis histórica: De Ecclesia et vocatione hominis, Pamplona, 1985; - La intención fundamental. El pensamiento de Dietrich von Hildebrand: contribución al estudio de un concepto moral clave, Barcelona, 1994. Además de español habla francés, inglés, italiano y alemán. Nombrado Obispo de Cuenca el 23 de diciembre de 2005, recibió la Ordenación Episcopal y tomó posesión de la Sede de Cuenca, en la Catedral, el 25 de febrero de 2006, de manos del Excmo. y Rvmo. Mons. Antonio Cañizares Llovera, Arzobispo de Toledo. Es miembro de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe y de la Comisión Episcopal de Seminarios y Universidades de la CEE (Conferencia Episcopal Española).