La verdad del dinero

Mons. Agustí Cortés           No deja de sorprender, para bien o para mal, la importancia que el dinero tiene en nuestra vida. Las teorías, los planes, los proyectos, en cualquier ámbito de la vida humana de nada sirven si no cuentan, de alguna manera, con el dinero. Cuando se escuchan discursos llenos de entusiasmo, se oye la voz del realista “sensato” que dice: “está bien, pero eso ¿quién lo paga?, ¿de dónde saldrá el dinero?”; o bien la advertencia de aquel experimentado en la vida, que observa: “¿a quién beneficiará todo eso?, ¿quién sale ganando?”; y ante una exhortación a practicar la solidaridad y la justicia, alguien que responde: “pero éste que predica, ¿tendrá tanto entusiasmo a la hora de rascarse su propio bolsillo”? Frecuentemente las grandes utopías políticas se vienen abajo cuando llegan al terreno de la economía real.

Sin compartir la teoría de Karl Marx, que afirmaba que la economía era el motor y la base de toda la historia humana, hay que reconocer que el dinero constituye un factor decisivo, aporta una auténtica inyección de realismo y una prueba de la veracidad de las ideas. Conozco una persona, ya mayor, de espíritu bastante crítico en todo, que a la hora de sopesar la autenticidad o el valor evangélico de un movimiento o un grupo, siempre dice: “Y ¿qué hacen con su dinero?, ¿son capaces de desprenderse de lo propio para compartirlo?” He podido leer estos días un libro, síntesis de muchas y serias investigaciones históricas, cuyo autor, Peter Brown, muestra el efecto “revolucionario” que tuvo en la historia del final del Imperio Romano la llamada de Jesús al joven rico: “Anda, vende todo lo que tienes, da el dinero a los pobres y sígueme… Es más difícil que entre un rico en el Reino de los Cielos…”

Si nos fijamos en el Nuevo Testamento, el dinero, las monedas, los bienes materiales, están presentes casi en cada capítulo. La famosa colecta en beneficio de los pobres de la Iglesia de Jerusalén merece dos capítulos en la Segunda Carta de San Pablo a los Corintios…

En definitiva, parece que el amor se hace “verdadero” cuando toca el bolsillo. Y también el egoísmo, de manera que el dinero es instrumento de virtud o de pecado según el corazón de quien lo maneje.

Como cada año celebramos el “Día de Germanor”. Es el día en que intensificamos nuestra generosidad para poner en común bienes a favor de toda la comunidad diocesana. He aquí uno de los momentos en que ponemos a prueba “la autenticidad de nuestro espíritu de comunión”. Este espíritu de comunión hoy lo expresamos con la imagen de la familia: sencillamente somos una familia y, por tanto, compartimos los bienes.

Nadie pondrá en duda que, cuando el padre o la madre traen a casa el sobre con el sueldo (como ocurría antes, que se cobraba en efectivo cada mes) o cuando van ellos mismos al supermercado (y también los abuelos con más frecuencia) y cargan con la compra o cuando dedican tiempo al cuidado de todos, en la limpieza o en la cocina, sin escatimar esfuerzos, lo hacen porque se sienten familia; esa razón ya es suficiente, no hay que dar más explicaciones. Es el espíritu de familia el que nos empuja a compartir. Y cada gesto hace verdadero el afecto familiar. Y cada carencia de gestos que pongan en común los bienes es una denuncia de falta de amor familiar.

Que el Día de Germanor manifieste el parentesco que nos une en la Iglesia Diocesana. Será una prueba de que más allá de las palabras y de las buenas intenciones, nuestra hermandad es verdadera.

 

 

† Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.