Mes de santos y difuntos

Mons. Demetrio Fernández            “Dichoso mes, que comienza con Todos los Santos y acaba con san Andrés”, reza un dicho popular sobre este mes de noviembre que iniciamos en estos días.

La fiesta de Todos los Santos es un fuerte estímulo a la santidad, a la que todos estamos llamados, sea cual sea nuestro estado y condición. Todas las demás son metas parciales, la meta última es que seamos santos. Que nos parezcamos a Dios, nuestro Padre que es santo, que imitemos a Jesucristo nuestro hermano mayor, que nos dejemos inundar por el Espíritu Santo, Espíritu de santidad que transforma nuestros corazones. La fiesta de todos los Santos nos pone delante de los ojos una multitud inmensa de hombres y mujeres, niños y adultos, en todos los estados de vida –fieles laicos, matrimonios, religiosos y consagrados a Dios, pastores en la Iglesia- que han alcanzado la santidad como un regalo de Dios y de su gracia, a la que ellos han correspondido con humildad y generosidad.

Muchos de estos hermanos han sido canonizados por la Iglesia, es decir, han sido reconocidos como tales y son propuestos a todos los fieles como ejemplos de santidad y vida cristiana. Pero son muchísimos más los que han alcanzado esa meta de la santidad y no han sido canonizados ni lo serán nunca. Las canonizaciones representan como una muestra del gran catálogo de santos que viven junto a Dios, gozando de él e intercediendo por nosotros. A todos ellos está dedicada esta fiesta de Todos los Santos. Entre éstos tenemos familiares y amigos, que son para nosotros referente de vida cristiana y ejemplo de santidad, y a los que nos encomendamos continuamente en nuestro camino hacia el cielo.

El cielo es estar con Dios gozando de su amor para siempre, siempre, sin posibilidad de perderlo nunca jamás. El cielo es la situación en que amaremos con todo nuestro ser a Dios y a los hermanos. Nuestro corazón siente añoranza del cielo. Hemos sido creados para el cielo. La fiesta de Todos los Santos nos habla del cielo, como nuestra patria y nuestro destino definitivo. ¿Qué tengo que hacer para alcanzar el cielo, la vida eterna? le preguntó un joven a Jesús. “Guarda los mandamientos”, le respondió Jesús. “Y si quieres llegar hasta el final vende todo lo que tienes, dáselo a los pobres, y sígueme”. Jesucristo es el único valor absoluto, por el que vale la pena jugárselo todo y no nos defraudará.

Y junto a los santos, recordamos también a los fieles difuntos. Son todos aquellos hermanos nuestros que han partido ya de este mundo y han sido salvados por la sangre de Cristo, pero todavía no disfrutan a plena luz de la gloria de Dios. Están sufriendo. El sufrimiento de las almas del Purgatorio consiste en sentirse amados, muy amados por Dios, y constatar que no han sabido amarle a su tiempo. Ese contraste es como un fuego que quema y purifica sus almas, para prepararlas al gozo del cielo que les espera. La Iglesia sufre con sus hijos que sufren en el Purgatorio, y los tiene presentes continuamente en sus oraciones.

Es costumbre cristiana rezar por los difuntos, por nuestros difuntos  y por los del mundo entero. Es costumbre cristiana ofrecer la Santa Misa y otras oraciones, ofrecer sacrificios, trabajos y sufrimientos por nuestros hermanos difuntos. Y les llega ciertamente. Les hacemos un gran favor con nuestros sufragios, porque la redención de Cristo se completa en nuestra propia carne en favor de la Iglesia. A medida que decae la certeza y la esperanza del cielo, decae también la oración por los difuntos. Muchos piensan que una vez que han terminado la vida en la tierra ya no tenemos nada que hacer por ellos. No es así. Podemos y debemos orar por ellos. No dejemos de encargar Misas por ellos, pedir a los sacerdotes que ofrezcan la Santa Misa por alguno de nuestros difuntos, además de que la Misa es por todos. Ofreciendo el estipendio señalado, encarguemos Misas por los difuntos. Y si no tenemos recursos económicos, las encargamos también, aunque no podamos pagarlas. La Misa ofrecida por un difunto es de gran alivio para esa persona querida.

Santos y difuntos, mes de noviembre. Deseo del cielo, intercesión de los santos, oración por los difuntos.

 

Recibid mi afecto y mi bendición:

 

+ Demetrio Fernández,

Obispo de Córdoba

Mons. Demetrio Fernández
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Nació el 15 de febrero de 1950 en Puente del Arzobispo (Toledo) en el seno de una familia cristiana. Sintió la llamada de Dios al sacerdocio en edad temprana. Estudió en los Seminarios de Talavera de la Reina (Toledo), Toledo y Palencia. Es maestro de Enseñanza Primaria (1969). Licenciado en Teología Dogmática por la Pontificia Universidad Gregoriana. Estudios de Derecho Canónico en Roma y Salamanca. Doctor en Teología por la Pontificia Universidad Salesiana de Roma con el tema: “Cristocentrismo de Juan Pablo II”. Recibió la ordenación sacerdotal el 22 de diciembre de 1974 en Toledo, de manos del cardenal Marcelo González Martín, arzobispo de Toledo. Profesor de Cristología y Soteriología en el Seminario de Toledo (1980-2005); Consiliario diocesano de MAC -Mujeres de Acción Católica- y de “Manos Unidas” (1983-1996); Vicerrector y Rector del Seminario Mayor “Santa Leocadia” para vocaciones de adultos (1983-1992); Pro-Vicario General (1992-1996); Delegado Episcopal para la Vida Consagrada (1996-1998); Párroco de “Santo Tomé”, de Toledo (1996-2004). Nombrado Obispo de Tarazona el 9 de diciembre de 2004, recibió la ordenación episcopal el 9 de enero de 2005 en el Monasterio de Veruela-Tarazona. El día 18 de febrero de 2010 fue nombrado por el Santo Padre Benedicto XVI Obispo de Córdoba. Inició su ministerio episcopal en la Sede de Osio el día 20 de marzo de 2010.