El mensaje semanal del Obispo de Cuenca

Mons. José María Yanguas         El mes de noviembre inicia con la fiesta de Todos los Santos y con la conmemoración de los fieles difuntos. La primera de estas celebraciones pone ante nuestros ojos a todos aquellos que han alcanzado ya la meta. Son los que, tras haber superado las pruebas de este mundo y debidamente purificados de sus pecados, gozan ya para siempre de la visión de Dios en el cielo. Todos y cada uno de ellos pueden repetir las palabras del Apóstol: “He combatido el noble combate, he acabado la carrera, he conservado la fe. Por los demás, me está reservada la corona de la justicia que el Señor, juez justo, me dará en aquel día” (2 Tim 4, 7-8). En la fiesta de todos los santos veneramos a todos aquellos cuyos nombres ignoramos y no son objeto de una particular celebración a lo largo del año litúrgico. Son hombres y mujeres bien conocidos para Dios, pero que, para nosotros, carecen de nombre propio. Hoy los honramos y pedimos su intercesión.

La fiesta de Todos los Santos nos recuerda que el cielo está abierto para todos; que todos, sin excepción, somos ciudadanos potenciales de la gloria; que la santidad de vida que es coronada con la diadema de la victoria, con el cielo, no es algo reservado a unas pocas personas, un coto cerrado accesible sólo a unos pocos privilegiados, una condición al alcance sólo de gentes dotadas de cualidades extraordinarias. La visión del cielo que nos ofrece el libro del Apocalipsis es bien distinta: “Vi una muchedumbre inmensa, que nadie podía contar, de todas las naciones, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y delante del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos” (7, 9). El cielo, la felicidad eterna, la plena realización de la persona es el destino para el que el hombre ha sido creado. Alcanzarlo, es cierto, exige poner en juego la libertad humana, fijarse como meta dicho fin y elegir los medios que nos conducen a él, conscientes de que representa el verdadero y más alto bien del hombre.

La conmemoración de los fieles difuntos nos habla de otra realidad: esa parte de la Iglesia que se purifica a la espera de poder gozar plenamente de Dios. Son los hombres y mujeres que han muerto en la gracia y en la amistad de Dios; tienen la certeza de su salvación, pero deben ser todavía purificados por el fuego del amor de Dios y obtener así “la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1030). Se trata de una purificación completamente distinta del castigo que sufren los condenados; dolorosa, pero trasformada íntimamente por la esperanza.

La Iglesia hace memoria de estos fieles que todavía no han alcanzado el destino definitivo del cielo, y nos anima a rezar por ellos, siguiendo el ejemplo de los cristianos de todos los siglos. En efecto, ya desde los primeros tiempos, los hijos de la Iglesia honraron la memoria de los difuntos y ofrecieron sufragios en su favor, sobre todo el sacrificio eucarístico. Es toda la tradición de la Iglesia la que nos confirma en esta práctica y nos anima a vivirla haciendo realidad las palabras de San Juan Crisóstomo: “No dudemos en socorrer a los que han partido y en ofrecer nuestras plegaria por ellos”.

Una y otra fiesta nos mueven a pensar en el destino último del hombre. No hemos sido creados para la muerte. Como dice el libro de la Sabiduría: “Dios no ha hecho la muerte, ni se complace destruyendo a los vivos” (1, 13); es Dios de vivos no de muertos (cfr. Mc 12, 27). La resurrección de la carne y la vida eterna son  verdades que profesamos solemnemente en el Credo; pertenecen, pues, al núcleo central de nuestra fe. La Resurrección de Cristo se cumplirá también en nosotros. “Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él” (Rom 6, 8). La existencia del cristiano está abierta a la alegre esperanza del cielo. El temor por la desaparición perpetua, de que habla el Concilio (Gaudium et spes, n. 16) queda así  vencido y superado por la fe en un Dios que nos ha creado para “un destino feliz” para un destino de gloria, “más allá de las fronteras de la miseria terrestre” (ibídem).

+ José María Yanguas

Obispo de Cuenca

Mons. José María Yanguas
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Mons. José María Yanguas Sanz nació el 26 de octubre de 1947 en Alberite de Iregua (La Rioja), diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño. Siguió los estudios eclesiásticos en el Seminario diocesano y el 19 de junio de 1972 fue ordenado sacerdote en Logroño al servicio de la misma diócesis. En 1971 inició en Pamplona los esutdios de Filosofía y en el 1974 los de Teología en la respectiva Facultad de la Universidad de Navarra, obteniendo en el 1978 el doctorado en Teología y en el 1991 el de Filosofía en la misma universidad. Ha trabajado como Capellán y Profesor de Teología de los esudiantes de diversas Facultades Civiles de la Universidad de Navarra (1972-1978; 1980-1986), Secretario del Departamento de Teología para Universitarios (1976-1978), Capellán militar (1978-1980), Profesor de Teología Dogmática (1976-1981), Profesor de Ética y de Teología Moral (1981-1989), Miembro del Comité de Dirección de la revista Scripta Theologica (1982-1986), Director de Investigación de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra y Profesor Asociado de Ética de la Facultad Eclesiástica de Filosofía (1988-1989), Oficial de la Congregación para los Obispos (1989-2005) y Profesor Visitante de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz (1990-2005). En Roma ha sido Capellán de las Hermanas de la Sagrada Familia de Spoleto y ha colaborado pastoralmente en la Parroquia de Santa María de la Divina Providencia (1990-2005). El 20 de abril de 2001 fue nombrado Prelado de Honor de Su Santidad. Ha publicado numerosos artículos en las revistas Scripta Teologica y Annales Teologici; en las “Actas de Congresos y Simposios de Teología”, Pamplona, 1985, y Roma, Cittá Nuova Editrice, 1986, 1988. Es autor de los siguientes libros: - Pneumatología de San Basilio. La divinidad del Espíritu Santo y su consustancialidad con el Padre y el Hijo, Eunsa, Pamplona, 1983; - Constitutionis Pastoralis Gaudium et Spes sinopsis histórica: De Ecclesia et vocatione hominis, Pamplona, 1985; - La intención fundamental. El pensamiento de Dietrich von Hildebrand: contribución al estudio de un concepto moral clave, Barcelona, 1994. Además de español habla francés, inglés, italiano y alemán. Nombrado Obispo de Cuenca el 23 de diciembre de 2005, recibió la Ordenación Episcopal y tomó posesión de la Sede de Cuenca, en la Catedral, el 25 de febrero de 2006, de manos del Excmo. y Rvmo. Mons. Antonio Cañizares Llovera, Arzobispo de Toledo. Es miembro de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe y de la Comisión Episcopal de Seminarios y Universidades de la CEE (Conferencia Episcopal Española).