Despedir a los difuntos con esperanza

Mons. Francesc Pardo i Artigas             Esta semana hemos celebrado la fiesta de Todos los Santos y la conmemoración de los fieles difuntos, los pasados 1 y 2 de noviembre.

En la fiesta de Todos los Santos hemos recordado y dado gracias a los santos y santas de la larguísima lista de Dios. A algunos los hemos conocido, nos han querido y los hemos querido; nos han dado la vida, nos han ofrecido su amistad, nos han transmitido la fe… Han vivido dejándose amar por Dios, acogiendo su amor, amándolo con todo su corazón, y ahora ya son totalmente felices; son bienaventurados o santos porque gozan de Dios…

En el día de difuntos, la mayoría hemos recordado a nuestros familiares y amigos fallecidos, puede que con una visita al cementerio o con algún otro signo de recuerdo envuelto de afecto y gratitud. En las celebraciones de la Eucaristía y personalmente hemos rezado por los difuntos, los nuestros y aquellos a los que nunca hemos conocido, especialmente por los que puede ser que nadie recuerde.

Estos días he pensado en el clamor del Papa Francisco en su carta “La alegría del Evangelio; no dejemos que nos roben la esperanza” (n. 86). Por ello, he reflexionado de nuevo sobre la despedida a nuestros difuntos.

¿Qué se merecen y qué deseamos ofrecerles? ¿Una despedida con esperanza o sin ella? ¿Hemos pensado que, cuando las esperanzas humanas se desvanecen, podemos confiar en la esperanza que Dios nos ofrece?  Ciertamente es una decisión importante para los creyentes, pero también para los que dudan, para quienes no tienen estrechos vínculos con la Iglesia, e incluso para quienes  se consideran no creyentes.

El Concilio Provincial Tarraconense (popularmente “de Cataluña”) nos recordaba: “Las exequias cristianas son un momento importante de profesión de fe en la resurrección y una oportunidad para testimoniar el futuro y la esperanza que la Iglesia anuncia en nombre de Dios… Los pastores de la Iglesia tienen, especialmente en las exequias, la misión de ser educadores de la fe y ministros del consuelo. El Concilio urge a que se garantice en cualquier caso la celebración de exequias en un clima de fraterna acogida y de esperanza cristiana, de respeto al dolor y de anuncio de la Pascua de Cristo” (Resolución n. 73). Al mismo tiempo, señala el carácter profundamente religioso y humano de las exequias cristianas como despedida de los difuntos.

En el momento de la celebración del entierro no hemos de pensar únicamente en nuestras convicciones actuales, sino muy especialmente en las convicciones, creencias y deseos de quienes han muerto. También hemos de tener presente cual es el recuerdo y el mejor de los agradecimientos que les podemos ofrecer como expresión de nuestra estima hacia ellos.

Al escoger la celebración de despedida manifestamos cuál es la comprensión de la persona, de su vida, señalando un “futuro” o bien “la nada” o “todo ha terminado”. No es una decisión irrelevante. Alguien pensará que, ciertamente, hay que tener fe y esperanza, y así es; pero también hay que pensar que todos tenemos impresa en nuestro ser la marca de Dios, ya que hemos sido creados a su imagen y semejanza. Esta marca es el deseo de una vida en plenitud y para siempre, pese a que nos cueste creerlo en esos momentos.

Por todo ello, al decidir la celebración, respetando siempre el deseo de los difuntos y de sus familiares, valoremos el sentido de las exequias cristianas, y más aun pensando en los que nos han querido y aquellos a quienes hemos querido.

¡No olvidemos que el mejor recuerdo y agradecimiento es la plegaria!

 

+ Francesc Pardo i Artigas

Obispo de Girona

Mons. Francesc Pardo i Artigas
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Francesc Pardo i Artigas nació en Torrellas de Foix (comarca del Alt Penedès, provincia de Barcelona), diócesis de Sant Feliu de Llobregat, el 26 de junio de 1946. Ingresó en el Seminario Menor de Barcelona y siguió estudios eclesiásticos en el Seminario Mayor, de la misma diócesis. Se licenció en Teología, en la Facultad de Teología de Cataluña. Es autor de diversos artículos sobre temas teológicos publicados es revistas especializadas. Recibió la ordenación presbiteral en la basílica de Santa María de Vilafranca del Penedès, el 31 de mayo de 1973, de manos del cardenal Narcís Jubany. El 16 de julio del 2008, el Papa Benedicto XVI lo nombró Obispo de Girona. Recibió la Ordenación Episcopal el dia 19 de octubre del 2008 en la Catedral de Girona, tomando posesión de la diócesis el mismo día.