Sedientos de Dios esperamos su venida

Mons. Gerardo Melgar           Estamos en el mes de no­viembre, el mes de los difuntos, el mes en el que recordamos a nues­tros seres queridos que ya han sido llamados por el Señor a la otra vida. Seguro que casi todos los que tenemos ya familiares próxi­mos que han muerto, hemos estado en el cementerio, y hemos llevado unas flores como signo de cariño hacia ellos.

Lo que tal vez no se nos ha ocu­rrido hacer, y que por otra parte es lo más valioso e importante para ellos, lo único que realmente les va a servir ya en su estado, es elevar una oración, ofrecer la Eucaristía o algún sacrificio como sufragio por su eterno descanso.

Ellos, los difuntos, ya no están en tiempos de merecer. Somos nosotros los que podemos merecer por ellos, desde nuestra oración, desde nues­tros sufragios por el eterno descan­so de sus almas, desde nuestras bue­nas obras en favor de los demás, que ofrecemos por ellos. Por eso, es tan importante que siempre, pero es­pecialmente en este mes, elevemos nuestras oraciones al Señor de la vida, y ofrezcamos sufragios por los que han muerto para que conceda a nuestros difuntos el perdón de sus pecados y sean admitidos a poseer la bienaventuranza eterna.

En nuestra sociedad laicista es curioso que nuestros cementerios se llenen, en este mes, de personas a visitar las tumbas de los seres que­ridos, pero que no se nos ocurra re­zar por sus seres queridos difuntos, cuando realmente es lo único que ya les va a servir de ayuda para el per­dón de los pecados y fallos humanos que pudieran haber cometido mien­tras vivían.

En la vida del hombre nada hay tan cierto como el hecho de la muer­te. Esta, la muerte, es un hecho que se produce en todo ser humano, de ella no se libra nadie, ni pobres ni ricos, ni famosos ni desconocidos. Por otra parte, nada hay tan incierto como el momento de la misma, na­die sabe cuándo le va a sobrevenir la muerte. A la hora que menos lo pensemos el Señor nos llama a la otra vida y es importante que este­mos preparados para que podamos presentarnos ante Él cargados de buenas obras.

El Señor nos hace una doble llama­da en este domingo: una, a que pen­semos en nuestra muerte viviendo nuestra vida desde la fe, desde la va­loración de Dios y de los hermanos. El pensamiento sobre la muerte es algo a lo que el hombre actual es alérgico, no quiere pensar en ella, como si así se librara de la misma. Sin embargo, está seguro de que un día le llegará como a todos los mortales.

Es importante que en la vida pen­semos en la muerte, no para entris­tecernos o quedar­nos parali­zados y sin ilusión, sino para vivir la vida desde otros valores: los valores del Evangelio porque si no la vivimos desde ellos nos equivoca­mos y lo hacemos solo desde criterios terrenos y mundanos, como si nues­tra morada en este mundo fuera eter­na, cuando sabemos que es temporal.

Muchas veces vivimos la vida pensando solo en el dinero, en tener más: más medios, más comodidad, en definitiva, tener y tener, como si la cartilla y la tarjeta de crédito nos la pudiéramos llevar para allá.

Pensar que un día hemos de mo­rir, pensar en nuestra propia muerte nos ayudará a dar un valor relativo a los bienes materiales, nos llevará a compartirlos con los demás, sabien­do que esto es lo que nos va a valer ante el Señor el día que nos llame a su presencia.

El Señor nos hace una segunda llamada: estar en vela, estar prepa­rado, viviendo desde lo que nos va a valer en la otra vida, porque allí no nos va a servir ni el prestigio, ni el dinero que tuvimos en la tierra, sino nuestra valoración de Dios y nues­tro amor y ayuda a los demás.

 

+ Gerardo Melgar

Obispo de Ciudad Real

Mons. Gerardo Melgar
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Mons. Gerardo Melgar Viciosa nació el 24 de Septiembre de 1948 en Cervatos de la Cueza, Provincia y Diócesis de Palencia. Cursó la enseñanza secundaria (años de Humanidades) en el Seminario Menor Diocesano de Carrión de los Condes y los estudios de Filosofía y Teología en el Seminario mayor de San José de Palencia. Fue ordenado sacerdote el 20 de Junio de 1973 por el entonces Obispo de la sede palentina, Mons. Anastasio Granados García. Fue nombrado Párroco -de 1973 a 1974- al servicio de las parroquias de Vañes, Celeda de Roblecedo, San Felices de Castillería, Herreruela de Castillería y Polentinos. Al terminar ese curso pastoral, fue enviado a Roma, donde estudió Teología en la Universidad Gregoriana, licenciándose en Teología Fundamental el 14 de junio de 1976. A su regreso a Palencia fue nombrado Coadjutor de la parroquia de San Lázaro de la capital palentina durante un año. En 1977, y hasta 1982, desempeñó el cargo de Formador y Profesor del Seminario Menor Diocesano en Carrión de los Condes, del que sería, más tarde, Rector (1982-1987). En 1983 fue nombrado miembro del equipo de Pastoral Vocacional de la Delegación Diocesana de Pastoral Juvenil y Vocacional. Al dejar el Seminario de Carrión de los Condes fue destinado, como Vicario Parroquial, a la Parroquia de San José de Palencia durante seis años (de 1987 a 1993). En 1993 fue elegido por Mons. Ricardo Blázquez Pérez para desempeñar el oficio de Vicario Episcopal de Pastoral de la Diócesis palentina, cargo en el que permanecería hasta 1998. También durante diez años (de 1995 a 2005), fue Párroco solidario de la Parroquia de San José Obrero y Coordinador de la Cura pastoral de la misma, miembro del Colegio Diocesano de Consultores (1995-2000) y vocal, por designación del Sr. Obispo, del Consejo Presbiteral Diocesano (2001-2005). En el año 2000 fue nombrado Delegado Diocesano de Pastoral Familiar hasta que, en 2005, Mons. Rafael Palmero Ramos lo eligió para desempeñar el cargo de Vicario General de la Diócesis. De 2004 a 2005 fue, además, confesor ordinario del Seminario Menor Diocesano “San Juan de Ávila” así como, de 2005 a 2008, miembro del Colegio de Consultores de la Diócesis y Profesor de Teología del Matrimonio en el Instituto Teológico del Seminario Mayor de San José (2007). En enero de 2006, y hasta septiembre de 2007, durante el periodo de sede vacante producida por el traslado de Mons. Rafael Palmero Ramos a la Diócesis de Orihuela-Alicante, fue nombrado por la Santa Sede Administrador Apostólico de la Diócesis de Palencia. El 1 de Mayo de 2008, momento en el que desempeñaba el cargo de Vicario General de la Diócesis de Palencia y era el Capellán del Noviciado de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados, se hizo público su nombramiento como Obispo de Osma-Soria. El 6 de Julio de 2008 recibió de manos del entonces Nuncio Apostólico de Su Santidad en España, Mons. Manuel Monteiro de Castro, la ordenación episcopal y tomó posesión canónica de la Diócesis oxomense-soriana. Ha publicado varios libros sobre el matrimonio y la familia: “Juntos cuidamos nuestro amor. Convivencias para matrimonios jóvenes”, “Madurando como Matrimonio y como Familia”, “Nos formamos como padres para educar en valores a nuestros hijos” y “Llenos de ilusión preparamos nuestro futuro como matrimonio y familia”, además de múltiples artículos y materiales de trabajo sobre la familia y la pastoral familiar. De su Magisterio episcopal, pueden destacarse las siguientes Cartas pastorales: “Sacerdotes de Jesucristo en el aquí y el ahora de nuestra historia” (2009) con motivo del Año sacerdotal, “Juan de Palafox y Mendoza. Un modelo de fe para el creyente del siglo XXI” (2010), con motivo de la beatificació, “La nueva evangelización y la familia” (2011), “Carta pastoral sobre el Seminario diocesano” (2012), “Itinerario para la evangelización de la familia” (2013), Carta pastoral “Después de la Misión diocesana Despertar a la fe” (2014). Además, ha publicado otros escritos: “La Pastoral Familiar, un proceso continuo de acompañamiento a la familia” (2009), “Los grupos parroquiales de matrimonios jóvenes” (2010), “Unidades de Acción Pastoral. Instrumentos de comunión al servicio de la evangelización” (2010). El 8 de abril de 2016, el papa Francisco lo nombró obispo de Ciudad Real, en sustitución de Antonio Ángel Algora, que renunció por edad. El 21 de mayo del mismo año tomó posesión canónica en la catedral de Santa María del Prado.