Los Santos y los fieles difuntos

Mons. Braulio Rodríguez           Noviembre comienza sus días con unas celebraciones que no se ajustan a lo que se esperaría de una “religión”: no me refiero a esa extraña parodia de la muerte como es “Halloween”, que uno no sabe si nació para meter miedo con la misma muerte o para reírse de ella, sin entrar en su misterio desde la fe cristiana en la Resurrección de Jesús; noviembre, por el contrario, comienza con la fiesta de Todos los Santos, a la que sucede sabiamente la conmemoración  de todos los Fieles Difuntos. Curiosamente ninguno de estos días trata directamente de la muerte, su culto o ritos para escapar u olvidarla, como sucede en tantas religiones naturales. Nosotros preferimos celebrar “Holywins”, “los Santos vencen”. Esto sí es cristiano.

En la solemnidad de Todos los Santos, nuestro corazón, superando los confines del tiempo y el espacio, se ensancha con las dimensiones del cielo, la vida sin fin junto a Dios. Esta dimensión en la vida de los cristianos es absolutamente necesaria. Conviene recordar que, en los inicios del cristianismo, a los miembros de la Iglesia se les solía llamar “los santos”, esto es, “los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos, con cuantos en cualquier lugar invocan el nombre de Jesucristo, Señor nuestro” (1 Cor 1,2). En efecto, el cristiano ya es santo, pues el bautismo lo une a Jesús y a su misterio pascual, pero al mismo tiempo debe llegar a serlo, conformándose con Cristo cada vez más. Pero ese camino de santidad no lo hacemos solos.

La Iglesia, en efecto, es la incorporación de la humanidad a la forma de vida del Dios trinitario. No es, pues, asunto de un grupo ni de un círculo de amigos. Con otros términos: no le cabe a la Iglesia ser Iglesia nacional ni identificarse con una raza o con una clase. Debe ser, a fin de cuentas, católica “para reunir a los hijos de Dios que estaban dispersos” (Jn 11,52). La solemnidad de Todos los Santos nos invita a elevar la mirada al cielo y a meditar en plenitud de la vida divina que nos espera. Y esto no es “espiritualismo desencarnado”. Se trata de que “somos hijos de Dios, y lo que seremos no se ha manifestado todavía” (1 Jn 3,2). Con estas palabras san Juan nos asegura la realidad de nuestra profunda relación con Dios, así como la certeza de nuestro destino futuro, pues, como hijos amados, recibimos la gracia de soportar las pruebas de esta existencia y, al mismo tiempo, heredamos ya desde ahora lo que promete en las Bienaventuranzas, el evangelio que se lee en la Misa del día 1 de noviembre.

Los Santos que celebramos ese día ya murieron, pero su vida no comprende solo su biografía terrena, sino también su vida y actuación en Dios después de su muerte. En los santos es evidente que quien va hacia Dios no se aleja de los hombres, sino que se hace realmente cercano a ellos, a nosotros. Consolados, pues, por esta comunión de la gran familia de los santos, conmemoramos a todos los fieles difuntos. La liturgia del 2 de noviembre y el piadoso ejercicio de visitar los cementerios (que prácticamente adelantamos al día de Todos los Santos) nos recuerdan que la muerte cristiana forma parte del camino de asemejarnos a Dios y que desaparecerá cuando Dios sea todo en todos.

Ciertamente, la separación de los afectos terrenos con nuestros seres queridos es dolorosa, pero no debemos temerla, porque cuando va acompañada por la oración de sufragio de la Iglesia (Misas, rosarios por los difuntos, novenas de ánimas) no puede romper los profundos vínculos que nos unen en Cristo. “Queridos amigos –decía Benedicto XVI en el Angelus del 1 de noviembre de 2010-, la eternidad no es un continuo sucederse de los días del calendario, sino algo así como el momento pleno de satisfacción, en el cual la totalidad nos abraza y nosotros abrazamos la totalidad del ser, de la verdad, del amor”.

En el centro de la asamblea de los santos resplandece la Virgen María, “la más humilde y excelsa de las criaturas”. Al darle la mano, nos sentimos animados a caminar con mayor impulso por el camino de la santidad. A Ella, guía segura hacia esa santidad nuestra, nuestra peregrinación hacia la patria celestial, mientras invocamos su maternal intercesión por el descanso eterno de todos nuestros hermanos, que se han dormido en la esperanza de la resurrección.

 

+Braulio Rodríguez,

Arzobispo de Toledo

Primado de España

Mons. Braulio Rodríguez
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Don Braulio Rodríguez Plaza nació en Aldea del Fresno (Madrid) el 27 de enero de 1944. Estudió en los Seminarios Menor y Mayor de Madrid. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología Bíblica en la Universidad Pontificia de Comillas. En 1990 alcanzó el grado de Doctor en Teología Bíblica por la Facultad de Teología del Norte, con sede en Burgos. Ordenado presbítero en Madrid, el 3 de abril de 1972. Entre 1984 y 1987 fue miembro del Equipo de Formadores del Seminario Diocesano de Madrid. Fue nombrado obispo de Osma-Soria el 13 de noviembre de 1987, siendo ordenado el 20 de diciembre. En 1995 fue nombrado obispo de Salamanca. El 28 de agosto de 2002 se hizo público su nombramiento por el Santo Padre como arzobispo de Valladolid. Benedicto XVI lo nombró Arzobispo electo de Toledo, tomando posesión de la Sede el día 21 de junio de 2009. Es el Arzobispo 120 en la sucesión apostólica de los Pastores que han presidido la archidiócesis primada.