Carta del obispo de Zamora

Mons. Gregorio Martínez            Muy queridos amigos: Cuando nos adentremos en el mes próximo nuestro recuerdo nos lleva casi espontáneamente hacia aquellos que queríamos y ya han partido de entre nosotros, aunque la hermosa fiesta con que se abre noviembre no está cargada de añoranza y ausencia, como con frecuencia la solemos vivenciar, sino que está inundada de alegría y gratitud, pues hacemos memoria jubilosa de todos los que ya están gozando en las moradas celestiales, participando plenamente de la vida gloriosa, que es la esperanza colmada, mientras que la jornada siguiente sí está dedicada a conmemorar y, sobre todo, a orar a Dios por
todos los difuntos, suplicándole que los purifique íntegramente y los asocie ya definitivamente a la Pascua.

Así, celebrando a todos los Santos la Iglesia está reconociendo que la gracia de Cristo ha actuado abundante y fructíferamente en muchísimos hombres y mujeres de todas las épocas de la historia y en todas las latitudes del mundo, incorporándolos a la vida nueva del Señor, generando en ellos la piedad adorante hacia Dios, moviéndoles a seguir los pasos de Jesús, fortaleciéndoles en las dificultades por mantenerse firmes en su condición creyente,y alentándoles a desarrollar una existencia de amor servicial hacia los más desfavorecidos.

Sabemos que con cierta frecuencia la Iglesia declara solemnemente que fieles cristianos concretos ya están viviendo en la gloria de Dios. Así lo celebra en las beatificaciones y canonizaciones, para las cuales se desarrolla un esmerado procedimiento de investigación sobre la vida de aquellos bautizados que han sobresalido en su itinerario vital por el ejercicio de las virtudes cristianas o
aquellos que han sufrido el martirio por su fidelidad a Jesucristo. Además de estos dos casos, el Papa Francisco ha establecido un nuevo motivo para que un cristiano
pueda ser agregado al número de los Beatos o los Santos.

Este nuevo motivo, genuinamente evangélico, es la entrega de la propia vida por los otros hasta la muerte, que encuentra su fundamento en las mismas palabras de
Jesús, quien enseña la grandeza del amor que se expresa en el ofrecimiento de la propia existencia por los amigos. Para que esta entrega amorosa pueda ser causa de reconocimiento eclesial de santidad requiere que sea libre y voluntaria, que esté asociada a la muerte próxima de quien ha mostrado esta generosidad fraterna, que haya sido precedida y continuada por una vida ejercitando de modo ordinario las virtudes cristianas, y que se pueda comprobar que, por la intercesión de esta persona, se ha obrado un milagro después de su muerte. Por lo tanto esto nos debe estimular a todos a mostrar personalmente con mayor asiduidad y convicción esta encomienda de Jesús, para que los cristianos seamos conocidos por nuestra
disponibilidad para dar la vida por los demás, ya que viviendo así alcanzaremos la felicidad más perfecta.

+ Gregorio Martínez Sacristán

Obispo de Zamora

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D. Gregorio Martínez Sacristán nace en Villarejo de Salvanés, en la provincia de Madrid y Diócesis de Alcalá de Henares. Se formó en el Seminario Mayor de Madrid y fue ordenado sacerdote el 20 de mayo de 1971. Es licenciado en Teología, con especialización en Catequética, por el Instituto Católico de París, donde cursó estudios de 1974 a 1976. Cargos pastorales Su ministerio sacerdotal ha estado vinculado a la Diócesis de Madrid. La parroquia del pueblo madrileño de Colmenar de Oreja fue su primer destino. Estuvo como coadjutor entre 1971 y 1974. Tras un paréntesis de dos años para cursar estudios en París, regresó a España. Ese mismo año, 1976, fue nombrado coadjutor de la parroquia de Santa Eugenia, donde permaneció hasta 1978, y responsable del Departamento para los Adultos de la Delegación Diocesana de Catequesis, cargo que desempeñó hasta el año 1982. Mientras, durante el año 1978, fue capellán del Hospital Beata María Ana de Jesús. También ha sido, de 1988 a 1995, director del Instituto de Teología a distancia; colaborador en la parroquia de San Vicente Ferrer, de 1983 a 2002; y miembro y relator del III Sínodo diocesano de Madrid, durante el año 2005. Desde el año 1995, es delegado diocesano de Catequesis; profesor de Catequética en la Facultad de Teología San Dámaso; colaborador en la parroquia de San Ginés de Madrid, desde 2002; y miembro del Consejo Presbiteral, desde el año 2003. El 15 de diciembre de 2006 fue nombrado Obispo de Zamora y tomó posesión de la Diócesis el 4 de febrero de 2007. Otros datos de interés En la Conferencia Episcopal Española ha sido miembro de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis de 2008 a 2011. Desde este último año es miembro de la Comisión Episcopal de Patrimonio Cultural