La virtud política del diálogo (III)

Mons. Agustí Cortés          ¿Es inevitable que la política incluya siempre una lucha por el poder? En cierto modo sí. Porque, si la política es el ejercicio del poder público, el político tendrá que poseerlo y, si no se lo dan sin más, tendrá que conquistarlo y, si para lograrlo encuentra oposición, deberá “luchar.” De hecho en el caso de regímenes democráticos, hablamos con toda naturalidad de conquistas y de luchas de poder dentro y fuera del partido.

En este caso, la llamada al diálogo en política parece algo muy inocente, propio más bien de un pobre pardillo, que no se entera de la cruda realidad. Sólo se admitiría esta llamada al diálogo en caso de que entendiéramos el diálogo como una mera negociación.

Pero ya hemos dicho que el diálogo en el sentido de mera negociación no es más que un parche, algo para salir del paso: al no abordar el problema fundamental, éste seguirá vivo y en cualquier momento resurgirá con toda virulencia.

En algún lugar he leído que el filósofo G. W. Leibniz llegó a afirmar que

“La posición del otro es el verdadero punto de vista en la política y en la moral, una salida de sí para adoptar, al menos un instante, el punto de vista del interlocutor”.

Sin duda este erudito, matemático, filósofo y, en cierto modo teólogo, tenía un concepto muy elevado de la política. Para él sería inconcebible sin la virtud. En esto coincide con lo que afirmamos en la Doctrina Social de la Iglesia, es decir, que la política es el arte de ejercer el poder al servicio del bien común. El servicio al bien común desde el poder requiere una gran dosis de virtud, porque consiste en salir de uno mismo hasta alcanzar al otro en su necesidad y en “su punto de vista”, es decir, lo que el otro vive, piensa y siente. Y este movimiento interior para llegar al otro es precisamente la condición fundamental que hace posible el verdadero diálogo.

El diálogo en la política, entendido así, no exigirá renunciar necesariamente a la ideología propia, el propio pensamiento o al propio proyecto, pero sí que requiere detenerse, “sentarse” junto al otro, y escuchar. Es decir, dar al otro, no solo la palabra, sino también un espacio y un tiempo “digno”. Supuesto el punto de partida compartido y la base común sobre la cual poder construir y avanzar (del que hemos hablado ya), se ha de reconocer en el otro un interlocutor que merece ser escuchado.

Por eso, invitar al diálogo político es casi una llamada a la práctica de la virtud en la política. Esta llamada nunca ha de faltar en cualquier ámbito de la vida humana, como por ejemplo en el mundo de los negocios, del deporte o de la cultura… Pero nos referimos aquí a una virtud específica, la que ha de caracterizar a los políticos según las circunstancias que les son propias.

Sin duda el diálogo es útil muchas veces para llegar a acuerdos. Pero desde la fe cristiana vamos más allá de su utilidad práctica. En definitiva, pensamos que la práctica de la virtud, aplicada concretamente a la política, se justifica por ella misma. Es más, no nos podemos contentar con acuerdos que solo consiguen satisfacer intereses de unos y otros o pactos que únicamente llegan a equilibrar poderes.

Ya sabemos que eso, llegar a acuerdos, ya es mucho, dadas las circunstancias. Pero tenemos el derecho (y el deber) de apuntar más alto. Los creyentes seguimos a Jesús. Él, después de responder a Pilato que su reino no tenía ejércitos, porque no era de este mundo, añadió que el poder político es algo que viene de lo alto – como tantas otras cualidades – para ser administrado según la voluntad de Dios (cf. Jn 19,11).

Aunque nos veamos lejos de este ideal, no renunciemos a soñar.

† Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.