Días de esperanza

Mons. Enrique Benavent          El comienzo del mes de noviembre, con la celebración de la solemnidad de todos los santos y la conmemoración de los fieles difuntos, está marcado por el recuerdo de los hermanos que nos han dejado. Aunque los cristianos debemos orar para que todos se salven, espontáneamente recordamos con especial afecto a aquellas personas que han pasado por nuestra vida, que nos han amado y de las cuales Dios se ha servido para mostrarnos su amor de Padre y revelarnos nuestra condición de hijos suyos: los padres, familiares, amigos, sacerdotes que han sido importantes en nuestras vidas, creyentes cuyo testimonio ha sido un ejemplo para nuestra fe… Sin duda alguna, lo que cada una de estas personas ha significado para nosotros nos viene a la memoria.

Para ayudarles a vivir cristianamente estos días les voy a recordar dos acontecimientos de la vida que San Agustín, que él mismo cuenta en sus Confesiones. En el libro V, capítulo XIII el santo obispo de Hipona narra que cuando todavía no era cristiano, al llegar a Milán visitó al obispo Ambrosio, quien le recibió paternalmente. “Yo (dice Agustín) comencé a amarle; al principio no ciertamente como a doctor de la verdad…, sino como a un hombre afable conmigo”. Sin embargo, mirando la historia de su vida cuando había llegado a la fe, el recuerdo del gran obispo de Milán le mueve a volverse hacia Dios con unas palabras que esconden una profunda gratitud: “A él era yo conducido por ti sin saberlo, para ser por él conducido a ti sabiéndolo”.

El recuerdo de los difuntos que estos días vivimos de una manera más intensa, debería caracterizarse por esta gratitud nacida de la fe. Nunca debe borrarse en nuestro corazón el afecto a ellos por su amor hacia nosotros. Pero sobre todo, tendría que ser un recuerdo lleno de agradecimiento a Dios, porque a lo largo de nuestra vida, se sirve de las personas que nos va poniendo en el camino para llevarnos a Él.

El segundo episodio lo encontramos en el libro IX, capítulo XI. Cuando de regreso a la Patria están esperando en el puerto de Ostia para embarcar, su madre enferma gravemente y, sintiendo que se acerca la hora de la muerte, les dice a él y a su hermano: “enterrad aquí a vuestra madre”. Agustín nos describe su reacción y la de su hermano: “Yo callaba y frenaba el llanto, mas mi hermano dijo no sé qué palabras, con las que parecía desearle como cosa más feliz morir en la patria y no en tierras lejanas”. La respuesta de santa Mónica nos muestra el corazón de una mujer creyente: “enterrad este cuerpo en cualquier parte, ni os preocupe más su cuidado; solamente os ruego que os acordéis de mí ante el altar del Señor dondequiera que os hallareis”.

La memoria de nuestros hermanos difuntos ha de ser un recuerdo creyente y, por tanto, orante. No consiste solo en que nosotros los traigamos a la memoria, sino en que pidamos a Dios que Él también se acuerde de ellos para llevarlos al gozo de su presencia.

Con mi bendición y afecto.

+ Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa

Mons. Enrique Benavent Vidal
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Nació el 25 de abril de 1959 en Quatretonda (Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Diocesano de Moncada (Valencia), asistiendo a las clases de la Facultad de Teología “San Vicente Ferrer” donde consiguió la Licenciatura en Teología (1986). Es Doctor en Teología (1993) por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Recibió la ordenación sacerdotal en Valencia de manos de Juan Pablo II el 8 de noviembre de 1982, durante su primera Visita Apostólica a España. CARGOS PASTORALES En su ministerio sacerdotal ha desempeñado los cargos de: coadjutor de la Parroquia de San Roque y San Sebastián de Alcoy (provincia de Alicante y archidiócesis de Valencia) y profesor de Religión en el Instituto, de 1982 a 1985; formador en el Seminario Mayor de Moncada (Valencia) y profesor de Síntesis Teológica para los Diáconos, de 1985 a 1990; y Delegado Episcopal de Pastoral Vocacional, de 1993 a 1997. Durante tres años, de 1990 a 1993, se trasladó a Roma para cursar los estudios de doctorado en la Pontificia Universidad Gregoriana. Es profesor de Teología Dogmática en la Facultad de Teología “San Vicente Ferrer” de Valencia”, desde 1993; profesor en la Sección de Valencia del Pontifico Instituto “Juan Pablo II” para Estudios sobre Matrimonio y Familia, desde 1994; Director del Colegio Mayor “S. Juan de Ribera” de Burjassot-Valencia, desde 1999; Decano-Presidente de la Facultad de Teología “San Vicente Ferrer” de Valencia, desde 2004, y Director de la Sección Diócesis de la misma Facultad, desde 2001; además, desde 2003, es miembro del Consejo Presbiteral. Fue nombrado Obispo Auxiliar de Valencia el 8 de noviembre de 2004. El 17 de mayo de 2013 el Papa Francisco le nombró Obispo de Tortosa. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE, desde 2008 es miembro de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la fe y desde 2005 de la de Seminarios y Universidades.