Pastoral de la fe

Mons. Vicente Jiménez          Queridos diocesanos,

Hemos empezado un nuevo curso pastoral 2017-2018. Nuestra Programación Pastoral Diocesana para este año tiene como lema: Una Iglesia de puertas abiertas. En esta carta pastoral ofrezco unas reflexiones para practicar la pastoral de la fe en esta nueva etapa evangelizadora, a la que nos convoca la Iglesia y el Papa Francisco en la exhortación apostólica Evangelii gaudium.

En nuestros días, marcados por el secularismo, el relativismo moral y la indiferencia religiosa, tenemos que practicar más la pastoral de la fe. Una fe que sea conversión a Dios, seguimiento de Jesucristo; una fe que actúa por la caridad y cambia la vida entera del creyente, en la familia, en el trabajo, en el ocio, en la distribución del tiempo y en el uso de los bienes de este mundo.

No podemos contentarnos con una pastoral de signo defensivo y restauracionista. No podemos resignarnos a seguir perdiendo terreno en la fe y en la vida cristiana de las personas, de las familias, de la sociedad, en los pueblos, en las ciudades, en los barrios. Es verdad que no es posible detener de repente la marcha de los acontecimientos sociales y de los movimientos culturales. Tampoco podemos intentar retener a la gente dentro de la Iglesia a la fuerza. Pero sí tenemos que reaccionar de alguna manera. No podemos cerrarnos sobre nosotros mismos. Hemos de ser una Iglesia de puertas abiertas: acogedora, comunitaria y sencilla, como pretende nuestra Programación Pastoral Diocesana para este curso.

La pastoral de la fe, hoy, exige estos dos momentos: conversión y renovación espiritual; evangelización y misión. No  puede darse el uno sin el otro.

Fuertes en la debilidad

Ahora bien, el tesoro de la fe lo llevamos en vasijas de barro (cfr. 2 Cor 4, 7). Nuestra Iglesia tiene que prepararse para vivir tiempos de inclemencia, de adversidad y hasta de persecución. No importa que llegue a ser más débil en poder de este mundo. Dios ha escogido a lo débil de este mundo para confundir a los que se creen fuertes y para iluminar y salvar a los que buscan la verdad con humildad y sinceridad (cfr. 1 Cor 1, 27). Tenemos un tesoro que ofrecer: Jesucristo, tenemos su verdad que ilumina los corazones y ha vencido con la fuerza de su amor a los poderes de este mundo, tenemos el secreto de la verdadera humanidad. No tengamos miedo a ser pocos. Pongamos nuestra confianza en la autenticidad más que en el número. Vivamos de verdad como “ciudadanos del cielo”, seamos de verdad testigos del amor de Dios, confiemos en la fuerza permanente del Sermón de la Montaña. Lo demás vendrá por añadidura.

La Iglesia de mañana, aunque sea menos numerosa, no podrá ser una Iglesia miedosa, cerrada sobre sí misma, en retirada y a la defensiva, con ribetes de sectarismo, sino que tendrá que ser una Iglesia abierta, comunitaria, sencilla, segura del valor de su mensaje, sostenida y fortalecida por la confianza en el poder del Señor resucitado y la acción del Espíritu Santo, capaz de acoger y de mostrar las grandezas de la bondad de Dios a cuantos se acerquen a ella.

Una Iglesia espiritualmente renovada, que quiera ser fiel a Jesús, será necesariamente una Iglesia misionera, una Iglesia testimoniante y convincente, que se gana la credibilidad de los hombres y mujeres de buena voluntad que ven brillar en su vida la luz del Evangelio de la bondad y de la salvación de Dios.

La fe en Jesús, el seguimiento del Señor es fuente de libertad, de justicia, de paz, de tolerancia y convivencia, estímulo y ayuda para el progreso en la cultura y en el bienestar de las personas, de las familias y de los pueblos. En nuestra situación histórica es necesario crecer en la virtud de la esperanza teologal, propia de los caminantes, que procede de Dios y que no defrauda (cfr. Rom 5, 5).

La vida de los cristianos conoce la experiencia de la alegría y del sufrimiento. Cuántos santos han experimentado la soledad. Cuántos creyentes son probados también en nuestros días por el silencio de Dios, mientras quisieran escuchar su voz consoladora. Las pruebas de la vida, a la vez que permiten comprender el misterio de la Cruz y participar en los sufrimientos de Cristo (cfr. Col1, 24), son preludio de la alegría y la esperanza a la que conduce la fe: “Cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Cor 12, 10). Nosotros creemos con firme certeza que el Señor Jesús ha vencido el mal y la muerte. Con esta segura confianza nos encomendamos a él. Presente entre nosotros, vence el poder del maligno (cfr. Lc 11, 20), y la Iglesia, comunidad visible de su misericordia, permanece en Él como signo de reconciliación definitivas con el Padre.

Necesitamos cuidar la fe y la esperanza; abrir los ojos a todas las realidades positivas y a los pequeños crecimientos de la semilla del Reino de Dios, para que los problemas o las dificultades no nos agobien ni las nubes nos lleven a negar las estrellas. Una apertura de la mente y el corazón a las  perspectivas más amplias de la historia impedirá que nos quedemos en la nostalgia del pasado y nos orientará con serenidad hacia el futuro  con esperanza.

Con mi afecto y bendición,

+ Vicente Jiménez Zamora
Arzobispo de Zaragoza

Mons. Vicente Jiménez Zamora
Acerca de Mons. Vicente Jiménez Zamora 254 Articles
Mons. D. Vicente Jiménez Zamora nace en Ágreda (Soria) el 28 de enero de 1944. Fue ordenado sacerdote diocesano de Osma-Soria el 29 de junio de 1968. Es licenciado en Teología por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, en Teología Moral por la Pontificia Universidad Lateranense de Roma y en Filosofía por la Pontificia Universidad Santo Tomás de Aquino de Roma. CARGOS PASTORALES Su ministerio sacerdotal y episcopal está unido a su diócesis natal, en la que durante años impartió clases de Religión en Institutos Públicos y en la Escuela Universitaria de Enfermería, además fue profesor de Filosofía y de Teología en el Seminario Diocesano. También desempeñó los cargos de delegado diocesano del Clero (1982-1995); Vicario Episcopal de Pastoral (1988-1993); Vicario Episcopal para la aplicación del Sínodo (1998-2004) y Vicario General (2001-2004). Fue, desde 1990 hasta su nombramiento episcopal,abad-presidente del Cabildo de la Concatedral de Soria. El 12 de diciembre de 2003 fue elegido por el colegio de consultores administrador diocesano de Osma-Soria, sede de la que fue nombrado obispo el 21 de mayo de 2004. Ese mismo año, el 17 de julio, recibió la ordenación episcopal. El 27 de julio de 2007 fue nombrado Obispo de Santander y tomó posesión el 9 de septiembre de 2007. Desde el 21 de diciembre de 2014 es Arzobispo de Zaragoza, tras hacerse público el nombramiento el día 12 del mismo mes. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE es miembro del Comité Ejecutivo desde el 14 de marzo de 2017. Además, ha sido miembro de las Comisiones Episcopales para la Doctrina de la Fe (2007-2008) y Pastoral Social (2008-2011). Desde 2011 era presidente de la Comisión Episcopal para la Vida Consagrada, tras ser reelegido para el cargo el 13 de marzo de 2014. El sábado 29 de marzo de 2014 la Santa Sede hizo público su nombramiento como miembro de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica.