Con motivo del Día del Domund

Mons. José María Yanguas       Casi al comienzo del año pastoral nos viene nuevamente al encuentro el día del DOMUND, día por excelencia de las Misiones. Como cada curso, se nos recuerda hoy que la Iglesia, Pueblo de Dios que camina en este mundo hacia el encuentro definitivo con Dios, tiene una dimensión misionera que le es esencial. Como leíamos en el Evangelio del domingo pasado, el Rey, Dios nuestro Señor, invita a todos los hombres para que tomen parte en el banquete de las bodas de su Hijo. Quiere que la sala esté llena a rebosar y no hace distinción a la hora de cursar las invitaciones. Todos los hombres, sin excepción de ningún tipo, están convidados a ese banquete celestial. Se necesita que alguien se lo diga.

La Jornada del DOMUND tiene un especial carácter  alegre, joven, rebosante de ilusión. Es la alegría de la familia que desea y sueña con nuevos miembros que la llenen de voces nuevas, de personas con colores distintos, de culturas que desean encontrarse y enriquecerse mutuamente, iluminadas y purificadas por el Evangelio de Cristo. Es fiesta de familia que se goza abrazando nuevos hijos, que desea que se multipliquen  sus miembros y experimenten la alegría embriagadora del Evangelio.

La tensión misionera, el afán de comunicar a otros la luz de la fe es inherente a la fe cristiana. Este impulso misionero pertenece a la naturaleza misma de la Iglesia, a su naturaleza más íntima. Si se debilitara o, peor aún, si llegara a faltar, sería signo de una preocupante tibieza y mediocridad, cuando no señal de una muerte anunciada. Por eso, como recordaba el Papa San Juan Pablo II, “debemos comprometernos con todas nuestras energías” (Redemptoris missio, 1) al servicio de la misión evangelizadora de la Iglesia. En efecto, no obstante los dos mil años de historia del cristianismo, la misión está todavía en los comienzos. Comprobamos que si bien el número de los católicos y de los cristianos en general ha crecido considerablemente en los últimos decenios en todo el mundo, son muchos, una multitud enorme, los que o no conocen a Cristo o lo conocen sólo de nombre. De manera que sigue siendo urgente la misión de predicar a Cristo y su Evangelio.

Se comprende bien la insistencia del Papa Francisco en pedir una “transformación misionera de la Iglesia” (Evagelii gaudium, cap. I) y secundar el dinamismo de “salida” que aparece constantemente en la Palabra de Dios (cfr. ibidem, n. 20). “Es vital, dice, que hoy la Iglesia salga a anunciar el Evangelio a todos, en todos los lugares, en todas las ocasiones, sin demoras, sin asco y sin miedo” (ibídem, n. 23). Se hace urgente adquirir o avivar la conciencia de que el cristiano no puede quedarse cómodamente encerrado en su casa, entregado a sus cosas, ocupado en actividades que pueden ser buenas y aun muy buenas, pero desentendido de aquellos a quienes nadie ha invitado todavía al banquete de las bodas del Hijo del Rey. También a nosotros, como a los siervos de la parábola del Evangelio nos dice el Señor: salid a los caminos y cercados para que vengan y se llene la sala del banquete. No podemos descargar en otros una responsabilidad que es sólo nuestra.

El lema del DOMUND de este año: “Sé valiente, la misión te espera”, nos invita, nos apremia, diría, a tener coraje y empeñarnos a fondo en la labor misionera de la Iglesia. Si valoramos como es debido el don de la fe, si su luz llena nuestras vidas de sentido y de alegría, sentiremos la necesidad de hacer algo más para llevarla a otros, porque la misión está en el corazón de la fe cristiana, como nos recuerda el Papa en su Mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones 2017. Se nos invita a colaborar con la misión y con los misioneros. Se nos pide nuestra oración y nuestra aportación económica que les dote de los medios necesarios para su labor evangelizadora y para las iniciativas de desarrollo que llevan a cabo en todo el mundo. Vale la pena. Ellos ponen generosa y alegremente sus vidas al servicio de la misión. A nosotros se nos pide algo más fácil, menos exigente, pero que ellos necesitan: sentir que no están solos, saber que cuentan con nosotros, con nuestra oración y con nuestra ayuda material. “Cada uno dé como le dicte su corazón: no a disgusto ni a la fuerza, pues Dios ama al que da con alegría” (2 Co 9, 7).

+ José María Yanguas

Obispo de Cuenca

Mons. José María Yanguas
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Mons. José María Yanguas Sanz nació el 26 de octubre de 1947 en Alberite de Iregua (La Rioja), diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño. Siguió los estudios eclesiásticos en el Seminario diocesano y el 19 de junio de 1972 fue ordenado sacerdote en Logroño al servicio de la misma diócesis. En 1971 inició en Pamplona los esutdios de Filosofía y en el 1974 los de Teología en la respectiva Facultad de la Universidad de Navarra, obteniendo en el 1978 el doctorado en Teología y en el 1991 el de Filosofía en la misma universidad. Ha trabajado como Capellán y Profesor de Teología de los esudiantes de diversas Facultades Civiles de la Universidad de Navarra (1972-1978; 1980-1986), Secretario del Departamento de Teología para Universitarios (1976-1978), Capellán militar (1978-1980), Profesor de Teología Dogmática (1976-1981), Profesor de Ética y de Teología Moral (1981-1989), Miembro del Comité de Dirección de la revista Scripta Theologica (1982-1986), Director de Investigación de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra y Profesor Asociado de Ética de la Facultad Eclesiástica de Filosofía (1988-1989), Oficial de la Congregación para los Obispos (1989-2005) y Profesor Visitante de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz (1990-2005). En Roma ha sido Capellán de las Hermanas de la Sagrada Familia de Spoleto y ha colaborado pastoralmente en la Parroquia de Santa María de la Divina Providencia (1990-2005). El 20 de abril de 2001 fue nombrado Prelado de Honor de Su Santidad. Ha publicado numerosos artículos en las revistas Scripta Teologica y Annales Teologici; en las “Actas de Congresos y Simposios de Teología”, Pamplona, 1985, y Roma, Cittá Nuova Editrice, 1986, 1988. Es autor de los siguientes libros: - Pneumatología de San Basilio. La divinidad del Espíritu Santo y su consustancialidad con el Padre y el Hijo, Eunsa, Pamplona, 1983; - Constitutionis Pastoralis Gaudium et Spes sinopsis histórica: De Ecclesia et vocatione hominis, Pamplona, 1985; - La intención fundamental. El pensamiento de Dietrich von Hildebrand: contribución al estudio de un concepto moral clave, Barcelona, 1994. Además de español habla francés, inglés, italiano y alemán. Nombrado Obispo de Cuenca el 23 de diciembre de 2005, recibió la Ordenación Episcopal y tomó posesión de la Sede de Cuenca, en la Catedral, el 25 de febrero de 2006, de manos del Excmo. y Rvmo. Mons. Antonio Cañizares Llovera, Arzobispo de Toledo. Es miembro de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe y de la Comisión Episcopal de Seminarios y Universidades de la CEE (Conferencia Episcopal Española).