Diálogo sin fronteras (II)

Mons. Agustí Cortés Soriano, Obispo de Sant Feliu de Llobregat          Dos preocupaciones condicionan hoy nuestra reflexión. La primera sigue siendo la situación social que estamos viviendo en Cataluña y en toda España con motivo del proyecto de independencia. La segunda es la evangelización que lleva adelante la Iglesia abierta a todo el mundo, a propósito del día del Domund.

El cartel que difunde la campaña del día del Domund este año presenta la silueta de un joven dando un salto hacia adelante, acompañada por el lema “Sé valiente, la misión te espera”. De por sí todo salto implica el abandono de la realidad que se vive. Pero el lema indica que no prevalece la huída de un lugar, sino que el motivo principal de la llamada es lo que se pretende conseguir, o sea, la misión. El salto consiste en salvar un obstáculo, diríamos una frontera, una angostura, que impide alcanzar el otro lado. La interpelación a la valentía da idea de que tal salto requiere fortaleza y decisión, superar miedos e indolencias.

Estamos inmersos en una atmósfera tensionada políticamente y suena por todas partes la llamada al diálogo, sin que el significado de esta llamada quede suficientemente aclarado. Al menos se entiende que todos se han de sentar a hablar. Algo es algo. Por otra parte, sabemos que si se pretende llegar a entablar un verdadero diálogo se han de dar determinadas condiciones. Algunas de ellas, quizá las más importantes, se refieren a las actitudes personales de los interlocutores.

Es en este punto donde nuestra reflexión halla una sorprendente coherencia: lo que se pide a un misionero, a una Iglesia misionera es algo muy parecido a lo que se requiere a un buen dialogante. Lo cual no es de extrañar: el Papa Pablo VI en su encíclica Ecclesiam suam y el Concilio Vaticano en la Constitución Dei Verbum insistieron en que Dios ha tratado a la humanidad a lo largo de la Revelación y la Historia de la Salvación “dialogando”. De hecho la misión evangelizadora en la Iglesia es “un inmenso diálogo sin fronteras”.

Los humanos nos empeñamos en poner fronteras, límites y barreras protectoras. Los misioneros se las saltan. Un hecho real ilustra y confirma lo que queremos decir: es increíble la paciencia y la constancia que muestran muchos misioneros para lograr entrar legalmente en países “cerrados” (dictaduras), donde desempañar su labor misionera. Ninguna frontera les amedrenta.

Es este salto (“misionero”) el que se ha de hacer en todo diálogo, también en el diálogo político. El otro, por muy cerrado que esté, no es tan extraño como para no ser escuchado o considerarlo “indigno” de mi palabra… En el auténtico diálogo siempre subsistirá la voluntad sincera de llegar al otro.

Atención a las fronteras que ya están dentro de uno mismo. Son las más peligrosas. Entre ellas destacamos los pre-juicios. Hemos afirmado que en el diálogo ha de haber entre las partes “un prejuicio compartido”, en el sentido de una base común sobre la cual construir la búsqueda. Pero el prejuicio contra el otro, es decir, la descalificación del otro antes de hablar, es un auténtico muro, una frontera, que hace estéril todo diálogo. Dicen que el sabio Einstein llegó a afirmar que

“Es más fácil desintegrar un átomo que deshacer un prejuicio”

Los misioneros desde su fe cristiana no sólo se han purificado de prejuicios, sino que han hecho todo lo contrario: el otro es hermano, haya o no fronteras que pongan los humanos; hermano digno, en Cristo, de dedicarle la propia la vida.

No pretendemos que los políticos practiquen tanta virtud. Pero al menos han de ser valientes para dar el salto salvando fronteras, que siempre serán relativas al lado de lo que realmente importa.

† Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.