Dialogar (I)

Mons. Agustí Cortés         La situación política en la que nos vemos inmersos está reclamando, según la opinión de muchos, un diálogo profundo y paciente.

En general, la llamada al diálogo tiene buena prensa, es bien acogida por el gran público. Sólo las posturas radicales y extremas la rechazan, porque consideran que es signo de debilidad o ausencia de convicciones. Defender o rechazar esta llamada depende en gran medida de lo que se entienda por “diálogo”

Para nosotros, que hemos podido aprender a dialogar en la escuela del Papa Pablo VI, el diálogo es esencialmente una búsqueda en común de una verdad, que generalmente está más allá de las posiciones de uno y otro, mediante el intercambio de palabras y mensajes. Esto que se ve claro referido a la relación entre personas, también ha de valer para el diálogo político.

Pero hemos de advertir que este diálogo, para que llegue a ser posible y eficaz, ha de cumplir determinadas condiciones.

La primera de todas es lo que hemos podido leer en la editorial de un diario: urge la “desinflamación”. Hemos sufrido una herida y, según consejos de los sanitarios, la primera tarea para sanarla es quitar la inflamación: con ella no se puede intervenir. La tensión emocional “inflamante” es enemiga de las buenas palabras, de la cordura a la hora de leer la realidad tal como es y discernir lo que se ha de hacer.

La segunda es ponerse de acuerdo sobre lo que significa dialogar en política, es decir, aclarar el objeto, el sentido, de lo que se está haciendo. Sobre todo en el ámbito de la política (que de por sí es conquista y ejercicio del poder), está extendida la opinión de que “dialogar” es sinónimo de “negociar”, llegar a un acuerdo entre partes enfrentadas, por el que se establece un equilibrio de pérdidas y ganancias. Esta forma de entender el diálogo político se parece mucho a las transacciones comerciales: en ellas se trata de llegar a un equilibrio de intereses. Puede ser útil, pero en realidad esto no es solución, solo sirve como salida momentánea al conflicto.

De ello depende la tercera condición, es decir, que se crea realmente en la capacidad del diálogo para avanzar en la solución del problema y se eviten prácticas erróneas y falsas expectativas (como lograr una victoria en el marco de una lucha de poderes a la que hemos aludido).

La cuarta condición es que no se soslaye la cuestión esencial, en este caso cuál ha de ser la fuente de legitimad. Ésta es siempre necesaria, sea la que sea, y tendrá igualmente sus mecanismos de defensa y de cambio. No podrán entrar en este diálogo quienes no aceptan ninguna legalidad. Aunque la cuestión es realmente seria, se me permite evocar una anécdota que suena a chiste. En 1936, en plena guerra civil, un personaje ilustrado regresa a su pueblo y encuentra a su amigo, que llevaba una gran pistola al cinto: “Oye, ¿tú tienes licencia para llevar esa pistola? Aquél le responde muy tranquilo: De ninguna manera, teniendo esta pistola, ¿qué falta me hacen las licencias?” Quien piensa así no puede dialogar. De hecho quienes adoptan esta postura antisistema siempre han acabado estableciendo un régimen mucho más coercitivo y dictatorial.

La quinta condición es que el punto de partida sea común. Esto es totalmente necesario. Si en principio no se da, la primera tarea será buscarlo. Digamos que para dialogar hace falta “un prejuicio compartido”, una base común sobre la cual edificar la búsqueda.

Profundicemos en más condiciones del diálogo. Ante todo, no olvidemos aquella condición básica: querer sinceramente dialogar, aun reconociendo su dificultad y el riesgo de parecer un débil perdedor.

† Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
Acerca de Mons. Agustí Cortés Soriano 308 Articles
Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.