A Dios se le ve más allá de nuestros sufrimientos

Mons. Francisco Pérez             Tantas veces hemos escuchado la queja de quien, en medio del dolor o el sufrimiento o aquel que se ha visto sorprendido ante el fallecimiento de un ser querido, se interroga:” ¿Dónde está Dios ahora? Creía en Él pero me ha fallado. ¡Ya no creo en Él!” No es fácil dar una respuesta, a pesar de que la sicología utilice mecanismos de defensa ante el duelo e invite a la serenidad. Desde la fe, más bien, se ha de procurar no dar muchas respuestas porque Dios mismo es la respuesta definitiva: “A Dios no lo ves, ámalo y lo tienes” (San Agustín, Serm. 34). Son circunstancias que dejan perplejo y cuestionan profundamente. Y es que a Dios no le podemos manejar según nuestros sentimientos porque en todos los momentos de nuestra vida Él está presente aunque alguna vez aparentemente se oculte.

Los santos y los que se mueven en la fina espiritualidad nos enseñan a afrontar los momentos dolorosos de nuestra vida. Aún recuerdo en mi juventud el bien que me hizo escuchar, en momentos difíciles de enfermedad, la reflexión de un gran escritor: “Todavía quedan algunas nebulosidades. Pero, al menos, hay algo que jamás podremos decirle a Dios: ¡No conociste el sufrimiento! Y es que Dios no ha venido a suprimir el dolor, ni siquiera a explicarlo. Pero sí que ha venido a llenarlo con su presencia. Por eso no digas nunca: ¿El sufrimiento existe? ¡Luego Dios no! Di más bien: Si el sufrimiento existe y Dios ha sufrido… ¿Qué sentido le habrá dado al sufrimiento?” (Paul Claudel). El sentido del sufrimiento nos lo ha mostrado Jesucristo en la Cruz cuando grita: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mc 15, 34). En ese grito se contienen todos los gritos de la humanidad a través de la historia. En cada grito de dolor y sufrimiento reverbera el grito de Cristo en Cruz.

Albert Camus, desde su dramática búsqueda de la fe, lo sentía profundamente y él llegó a escribir: “La noche del Gólgota tiene tanta importancia en la historia de los hombres porque en aquellas tinieblas, abandonando ostensiblemente sus privilegios tradicionales, la humanidad de Jesús ha vivido hasta el fondo, incluida la desesperación, la angustia de la muerte. Jesús está en el centro de todo, consume todo, carga con todo, lo sufre todo. Es imposible golpear hoy a un ser cualquiera sin golpearle a él, imposible humillar a alguien o matarle sin humillarle; maldecir o asesinar a uno cualquiera sin maldecirle o matarle a él. Y el más vil de todos los malandrines se ve obligado a tomar en préstamo el rostro de Cristo para recibir un bofetón de no importa que mano. De otro modo, la bofetada no llegaría nunca a alcanzarle y se quedaría suspendida en el espacio de los planetas en los siglos de los siglos, hasta que llegase a encontrar ese rostro que perdona”. En medio de la angustia vital del ser humano hay una presencia del Buen Dios que nos ha manifestado su cercanía a través de la entrega en la Cruz. Basta sólo que respondamos con confianza a su amor salvador. No estamos lanzados a la deriva de una vida sin sentido.

Es común en todos los testigos del evangelio el ser conscientes a afrontar y a situarse ante este misterio. La razón por sí misma no logra entender puesto que hay una motivación superior que abre las puertas al amor y éste no es un sencillo entusiasmo sino un amor doloroso que tiene su modelo en Jesucristo crucificado. Y para esta comprensión nueva se requiere la conversión. “En realidad, Dios ni se acerca ni se aleja. Ni se inmuta cuando corrige ni se muda cuando reprende. Se aparta de ti cuando tú te apartas de él. Eres tú quien de él se esconde, no él quien de ti se oculta. Escúchale, pues: convertíos a mí, y yo me convertiré a vosotros, es decir, mi conversión a vosotros no es sino vuestra propia conversión a mí. Dios, en efecto, se oculta a quien le vuelve la espalda e ilumina a quien le da la cara. ¿Adónde huyes, pues, huyendo de Dios? ¿Adónde huyes huyendo de aquel de quien no se puede huir? Presente como está en todas partes, libera al que se le convierte, pierde al que se le aleja. ¡Vuélvete a él, y te será Padre el que, si le huyes, te será juez!” (San Agustín, Serm Wilmart 11,4).

+ Francisco Pérez Gonzalez

Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela

Mons. Francisco Pérez
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Nace el día 13 de enero de 1947 en la localidad burgalesa de Frandovínez. Estudió en los Seminarios diocesanos de Burgos, en la Pontificia Universidad Santo Tomás “Angelicum” de Roma y en la Universidad Pontificia de Comillas, donde se licenció en Teología Dogmático-Fundamental. Fue ordenado sacerdote el 21 de julio de 1973, incardinándose en la diócesis de Madrid, a la que sirvió como Vicario parroquial, en dos parroquias, entre 1980 y 1986. Con anterioridad, de 1973 a 1976, ejerció el ministerio parroquial en Burgos. Entre 1986 y 1995 fue formador y director espiritual del Seminario Diocesano de Madrid. Colaboró asimismo en los equipos de dirección espiritual del Seminario Diocesano de Getafe y del Seminario Castrense. El 16 de diciembre de 1995 fue nombrado Obispo de Osma-Soria, recibiendo la ordenación episcopal de manos del Santo Padre Juan Pablo II el 6 de enero de 1996. El 30 de octubre de 2003 se hacía público su nombramiento como nuevo Arzobispo Castrense y el 11 de diciembre tenía lugar la celebración de toma de posesión. CARGOS PASTORALES Desde el 12 de febrero de 2001 es el Director Nacional de Obras Misionales Pontificias, cargo pontificio para un periodo de cinco años para el que fue ratificado en el 2006. Este mismo mes de julio se hacía público su nombramiento como director de la recién erigida cátedra de Misionología de la Facultad de Teología de San Dámaso de Madrid por un periodo de tres años, tras ser designado para el cargo por el Arzobispo de Madrid, Cardenal Antonio María Rouco Varela, Gran Canciller de la citada Facultad. El 31 de julio de 2007 es nombrado por Benedicto XVI Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela, en sustitución de monseñor Fernando Sebastián, que había regido estas diócesis desde 1993. Tomó posesión el domingo 30 de septiembre de 2007, en la Catedral de Pamplona. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE es presidente de la Comisión Episcopal de Misiones y Cooperación entre las Iglesias, cargo para el que fue elegido el 14 de marzo de 2017. Fue miembro de las Comisiones Episcopales del Clero y de Seminarios y Universidades (1996-1999); de Misiones y Cooperación entre las Iglesias (1999-2011/2014-2017). Perteneció al Comité Ejecutivo durante el trienio 2011-2014. Ha sido miembro de la Comisión Permanente en representación de la Provincia Eclesiástica de Pamplona (2016-2017).