Diálogo… pero, ¿qué es dialogar?

Mons. Manuel Herrero         Una de las palabras que más se usa hoy es la palabra diálogo. Diálogo en la familia, en la sociedad, diálogo en la política, (pensemos en los años y días pasados con relación a los separatistas, catalanes, vascos, etc., y preparémonos para lo que viene después del día de hoy), diálogo en la Iglesia…

No me parece mal, sino todo lo contrario. Más vale dialogar que andar a pedradas. Pero, ¿qué es el diálogo, qué supone dialogar? La etimología nos dice que diálogo es una palabra griega que significa a través o por medio de la palabra. Por medio de la palabra se puede bendecir, decir y hacer el bien, o se puede hacer la maldad, la traición, insultar, herir e incluso matar moralmente.

Un gran papa, el beato Pablo VI, escribió una gran encíclica hace 55 años, titulada “Ecclesiam Suam”“Su Iglesia”, dirigida a todos los fieles y a todos los hombres de buena voluntad sobre los caminos que la Iglesia Católica debe seguir para cumplir su misión. Estaba celebrándose el Concilio Vaticano II, y el papa, sin querer entrometerse en los debates conciliares, expresa tres pensamientos que le agitan respecto a la Iglesia: la conciencia de sí misma, la renovación de la misma, y la actitud que la Iglesia debe establecer con el mundo que la rodea, y en el cual vive y trabaja, el diálogo.

El cristianismo es la religión del diálogo, una relación de Dios y el hombre que culmina en Cristo, el Verbo, la Palabra hecha carne.

¿Qué supone el diálogo desde la fe? El diálogo, desde Jesucristo, nos debe llevar a tomar la iniciativa, sin esperar a que otros nos llamen. Debe partir del amor desinteresado, como el de Dios. No se ajusta a los méritos a los que va dirigido, tampoco debe ajustarse a los resultados posibles que se conseguirían o dejarían de lograrse, debe hacerse sin límites y sin cálculos. Debe ser responsable, libre y respetar la libertad personal y civil, sin coacción, y discurrir por las vías legítimas de la educación humana, de la persuasión interior. Si el diálogo de Dios ha sido y es universal, el nuestro debe ser potencialmente universal y capaz de entablarse con cada uno, a no ser que el hombre lo rechace o insinceramente finja aceptarlo. Tiene en cuenta los grados, desarrollos sucesivos, con inicios humildes, con lentitud en la maduración psicológica e histórica, pero sin dejar para mañana lo que se pueda hacer hoy. Debe tener el ansia de la hora oportuna y el sentido del valor del tiempo. Cada día debe volver a comenzar.

Esta forma de relación denota un propósito de corrección, de estima, de simpatía, de bondad por parte del que lo establece. Excluye la condenación apriorística, la polémica ofensiva y habitual, la futilidad de la conversación inútil. Mira al provecho del interlocutor y quisiera disponerlo para la comunión de sentimientos y de convicciones.

Supone un estado de ánimo en nosotros los que pretendemos introducirlo y alimentarlo con cuantos nos rodea; el estado de ánimo de quien se afana por colocar el mensaje cristiano del que es depositario en la corriente del pensamiento humano.

El coloquio es una arte de comunicación. Sus características son cuatro:

1ª. Claridad ante todo. El diálogo supone y exige capacidad de comprensión, es un trasvase de pensamiento, es una invitación a ejercicio de las facultades superiores del hombre. Hay que atender al lenguaje: si es comprensible, si popular, si escogido.

2ª. Otro carácter es la mansedumbre, la que Cristo nos propuso aprender de Él mismo. Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón. El diálogo no es orgulloso, no es hiriente, no es ofensivo. Su autoridad e intrínseca por la verdad que expone, por la caridad que difunde, por el ejemplo que da. No es orden, no es imposición. Es pacífico; evita los modos violentos; es paciente, es generoso.

3ª. La confianza tanto en el valor de la palabra propia cuanto en la actitud para aceptarla por parte del interlocutor. Promueve la confianza y la amistad. Entrelaza los espíritus en la mutua adhesión a un bien que excluye todo fin egoísta.

4ª. La prudencia pedagógica, la cual tiene muy en cuenta las condiciones psicológicas y morales del que escucha: si niño, si inculto, si impreparado, si desconfiado, si hostil; y se afana por conocer la sensibilidad del interlocutor y las formas de la propia presentación para no resultarle a aquel molesto e incomprensible.

En el diálogo así ejercitado se realiza la unión de la verdad y la caridad, de la inteligencia y el amor.

El papa beato Pablo VI, sigue señalando los destinatarios del diálogo y señala varios círculos. El primero es todo lo que es humano. A veces es muy difícil, por decir imposible, por falta de suficiente libertad de juicio y de acción y por el abuso dialéctico de la palabra, dirigida no ya a la búsqueda y expresión de la verdad objetiva, sino puesta al servicio de fines utilitarios prestablecidos. Por esto el diálogo calla, habla solo con el sufrimiento, silencio, lamento y siempre el amor.

Se sitúa a favor de una paz libre y honesta; excluye fingimientos, rivalidades engaños y traiciones; no puede dejar de denunciar, como delito y ruina, la guerra de agresión, de conquista o de predominio y no puede dejar de extenderse desde las relaciones al nivel de las propias naciones a las relaciones en el cuerpo de las propias naciones y en las bases tanto sociales como familiares e individuales para difundir en cada institución y en cada espíritu el sentido, el gusto, el deber de la paz.

No hay que enfrentar diálogo a la obediencia de la autoridad legítimamente constituida tanto en la Iglesia como en la sociedad. Para el creyente, la obediencia se mueve por motivo de fe, se hace escuela de humildad evangélica, asocia al obediente a la sabiduría, a la unidad, a la edificación, a la caridad que rigen el cuerpo eclesial. Por obediencia orientada al diálogo se entiende el ejercicio de la autoridad totalmente penetrado por la conciencia de ser servicio y ministerio de la vedad y la caridad; y se entiende que la observancia de las leyes como conviene a hijos libres y amorosos. El espíritu de independencia, de crítica, de rebelión, mal se conforma con la caridad, animadora de la solidaridad, de la concordia, de la paz, en la Iglesia y transforma fácilmente el diálogo en discusión, en altercado, en disidencia. San Pablo nos dice: Que no haya entre vosotros cismas (I Cor.1, 10).

No he puesto comillas, porque las hubiera gastado todas. Pueden ver el texto completo en Ecclesiam Suam, 64-111.

¿Se dan estas condiciones realmente cuando oímos hablar y convocar al diálogo desde tantos ámbitos sociales, políticos, sindicales, también eclesiales, en esta hora? Yo creo que muchas no se dan. Espero que con estas citas, cada uno saque sus conclusiones y actúe en consecuencia.

+ Manuel Herrero Fernández, OSA
Obispo de Palencia

Mons. Manuel Herrero Fernández
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Mons. Manuel Herrero Fernández, OSA, nació el 17 de enero de 1947 en Serdio-Val de San Vicente, (Cantabria). Ingresó en el Seminario Menor “San Agustín” de Palencia. Estudió Filosofía y Teología en el Monasterio Agustino de “Santa María de la Vid” (Burgos), en el “Estudio Teológico Agustiniano” de Valladolid y en el Monasterio de San Lorenzo de El Escorial (Madrid). Obtuvo el Bachillerato en Teología por la Universidad Pontificia de Comillas (Madrid) y la Licenciatura en Teología Pastoral por la Universidad Pontificia de Salamanca, sede de Madrid. Hizo Profesión Solemne el 25 de octubre de 1967, siendo miembro de la Orden Agustina, Provincia del “Santísimo Nombre de Jesús de España”. Fue ordenado sacerdote el 12 de julio de 1970, por el entonces Obispo de Palencia, Mons. Anastasio Granados. Ha desempeñado los siguientes cargos: • Formador en el Colegio Seminario Agustino de Palencia. • En Madrid: Director Espiritual del “Colegio Nuestra Sra. del Buen Consejo”; Párroco de “Ntra. Sra. de la Esperanza”; Delegado del Vicario de Religiosas; Prior de la Comunidad de “Santa Ana y La Esperanza”; Arcipreste de “Ntra. Sra. de la Merced”; Profesor de Pastoral en los Centros Teológicos agustinos de El Escorial y de Los Negrales; Vicario Parroquial de “San Manuel y San Benito”. • En Santander: Primer Párroco de “San Agustín”; Delegado Episcopal de “Caritas y Acción Social”; Profesor del Seminario Diocesano de Monte Corbán; Delegado Episcopal de Vida Consagrada; Vicario General de Pastoral; Párroco de “San Agustín”; del 22 de diciembre de 2014 hasta el 30 de mayo de 2015 Administrador Diocesano de Santander durante la sede vacante; Profesor del Instituto Teológico de Monte Corbán, Vicario General y Moderador de la curia de la diócesis desde 2002, y párroco de “Ntra. Sra. del Carmen” desde 2014. El 26 de abril de 2016 fue nombrado Obispo de Palencia por el Papa Francisco y el 18 de junio del mismo año fue ordenado Obispo e inició su Ministerio Episcopal en la Sede palentina.