La Iglesia, sacramento de Cristo

Mons. Vicente Jiménez       Queridos diocesanos: El Hijo de Dios, que entró en la historia una vez para siempre para acercarse a nosotros y salvar a todos los hombres, quiere hacerse presente en todos los tiempos y estar cerca de todos los corazones. Y es justamente por medio del Espíritu Santo como la gracia del Redentor se hace presente en cada una de las situaciones humanas. El Espíritu Santo es la memoria poderosa de Dios, el que actualiza en el tiempo la obra única y definitiva del Señor Jesús. El Resucitado se acerca en el Espíritu a la criatura en cada momento de su historia. “El Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho” (Jn 14, 26).

Esta acción del Espíritu se realiza de manera peculiar a través de una mediación histórica querida por el Señor, que en cierto modo prolonga el misterio de su encarnación: la Iglesia, pueblo de Dios, lugar del Espíritu, “sacramento de Cristo”. “La Iglesia es en Cristo como un sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano” (Concilio Vaticano II, Lumen Gentium, 1).

A la encarnación, en la que Dios se hizo visible en Jesús, sucede la Iglesia, cuerpo de Cristo crucificado en la historia, animado por su Espíritu: “Por eso se la compara, por una notable analogía, al misterio del Verbo encarnado, pues así como la naturaleza asumida sirve al Verbo divino como instrumento vivo de salvación unido indisolublemente a él, de modo semejante la articulación social de la Iglesia sirve al Espíritu Santo, que la vivifica, para el crecimiento de su cuerpo (cfr. Ef 4, 16)” (Lumen Gentium  8). La Iglesia, comunidad de salvación, es el sacramento de Cristo, como Jesucristo es para nosotros, en su humanidad, el sacramento de Dios.

Luna que refleja la luz del Sol, que es Cristo. En cuanto sacramento de Cristo, la Iglesia es signo vivo suyo, señal totalmente relacionada con él y espejo que refleja la luz como luna humilde en la noche del mundo. Así les gustaba representarla a nuestros Padres en la fe: “Esta es la luna verdadera. De la luz indeclinable del astro hermano obtiene la luz de la inmortalidad y de la gracia, pues la Iglesia no brilla con luz propia, sino con la luz de Cristo. Su esplendor procede del Sol de justicia, y por eso puede decir: Vivo, pero no soy yo quien vive, sino que Cristo vive en mí” (San Ambrosio, Hexameron 4, 8, 32).

Cuerpo del Seño y sacramento de la humanidad. La Iglesia hace al mismo tiempo presente al Señor Jesús en la fuerza del Espíritu, pues la gracia de la reconciliación llega a todos los hombres. La Iglesia es el “cuerpo” del Señor en la historia y se manifiesta en una comunidad que vive en el mundo.   Como también es pueblo solidario en las vicisitudes humanas, la Iglesia es asimismo el sacramento de la humanidad ante Dios, el signo y la voz de la necesidad del don de la gracia presente en los corazones, la expresión viva del éxodo humano que apela al acontecimiento de la salvación. De este modo la Iglesia es “para todos y cada uno el sacramento visible de la unidad salvífica”, el “sacramento universal de salvación” (Lumen Gentium 9 y 48; Gaudio et spas 45).

Lugar del encuentro con Dios. Por consiguiente, en el tiempo de la peregrinación hacia la patria futura, la Iglesia es el lugar fundamental para el encuentro con Dios, signo e instrumento en el que el Dios vivo manifiesta su atención y su fidelidad al protagonista humano de la alianza. Es una anticipación de eternidad, del Reino de Dios ya comenzado en la historia, aunque todavía velado y no plenamente realizado en la gloria. En la marcha de los días, la Iglesia prosigue su peregrinación entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios, “anunciando la muerte del Señor hasta que vuelva” (1 Chor 11, 26).

La Iglesia “está fortalecida, con la virtud del Señor resucitado, para triunfar con paciencia y caridad de sus aflicciones y dificultades, tanto internas como externas, y revelar al mundo fielmente su misterio, aunque sea entre penumbras, hasta que se manifieste en todo su esplendor al final de los tiempos” (Lumen Gentium 8).

La Iglesia es la gracia de la comunión en la corporeidad del espacio y en la provisionalidad del tiempo, la comunidad convocada por la Palabra de Dios en la que la Palabra resuena constantemente para llamar a los habitantes del tiempo a un encuentro vivificante con Dios y liberarles de la prisión de las soledades. Sólo el Dios que es Trinidad de amor puede crear para el hombre una comunión de vida y amor a su imagen, una especie de “familia de Dios”, misteriosa extensión de la Trinidad en el tiempo, como es la Iglesia. De ahí que necesitemos tanto a la Iglesia para encontrar a Dios y a los demás, y de ahí que se dirija a ella la súplica enamorada de los Padres de la Iglesia, voz de una nostalgia de unidad, presente en lo más profundo del corazón de todos: “¡No te eclipses nunca en la oscuridad del novilunio, Luna siempre radiante! ¡Ilumínanos el sendero hacia la impenetrable oscuridad divina de las Escrituras! No ceses, oh esposa y compañera de viaje del Sol Cristo, que cual esposo lunar te rodea con su luz, no ceses nunca de enviarnos desde él tus rayos luminosos, para que a través de ti done a las estrellas su luz y las inflame de ti y para ti” (Anastasio el Sinaíta, Anagóogica contemplatio in Hexameron 4).

Con mi afecto y bendición,

+ Vicente Jiménez Zamora
Arzobispo de Zaragoza

Mons. Vicente Jiménez Zamora
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Mons. D. Vicente Jiménez Zamora nace en Ágreda (Soria) el 28 de enero de 1944. Fue ordenado sacerdote diocesano de Osma-Soria el 29 de junio de 1968. Es licenciado en Teología por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, en Teología Moral por la Pontificia Universidad Lateranense de Roma y en Filosofía por la Pontificia Universidad Santo Tomás de Aquino de Roma. CARGOS PASTORALES Su ministerio sacerdotal y episcopal está unido a su diócesis natal, en la que durante años impartió clases de Religión en Institutos Públicos y en la Escuela Universitaria de Enfermería, además fue profesor de Filosofía y de Teología en el Seminario Diocesano. También desempeñó los cargos de delegado diocesano del Clero (1982-1995); Vicario Episcopal de Pastoral (1988-1993); Vicario Episcopal para la aplicación del Sínodo (1998-2004) y Vicario General (2001-2004). Fue, desde 1990 hasta su nombramiento episcopal,abad-presidente del Cabildo de la Concatedral de Soria. El 12 de diciembre de 2003 fue elegido por el colegio de consultores administrador diocesano de Osma-Soria, sede de la que fue nombrado obispo el 21 de mayo de 2004. Ese mismo año, el 17 de julio, recibió la ordenación episcopal. El 27 de julio de 2007 fue nombrado Obispo de Santander y tomó posesión el 9 de septiembre de 2007. Desde el 21 de diciembre de 2014 es Arzobispo de Zaragoza, tras hacerse público el nombramiento el día 12 del mismo mes. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE es miembro del Comité Ejecutivo desde el 14 de marzo de 2017. Además, ha sido miembro de las Comisiones Episcopales para la Doctrina de la Fe (2007-2008) y Pastoral Social (2008-2011). Desde 2011 era presidente de la Comisión Episcopal para la Vida Consagrada, tras ser reelegido para el cargo el 13 de marzo de 2014. El sábado 29 de marzo de 2014 la Santa Sede hizo público su nombramiento como miembro de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica.