Política moral (IV)

Mons. Agustí Cortés Soriano, Obispo de Sant Feliu de Llobregat          Creer o no creer en Dios, al menos en el Dios Padre de Jesucristo y nuestro, es un asunto decisivo para la política.

Eso no quiere decir que en materia política no pueda haber muchos puntos en común entre quienes creemos en Dios y otros que no creen o no saben si creen.

La política es una cuestión profunda y esencialmente moral (o ética, según se prefiera). Si, al decir de bastantes analistas, la política está en crisis, es porque la moral está en crisis. El malestar de la política es el malestar de la moral. Y esto tiene mucho que ver, como es sabido, con el hecho religioso.

Lo que gusta a la gente es lo científico y lo técnico, porque dan la impresión de exactitud, seguridad y poder. La política es ejercicio de poder, pero no es científica: supone tomar opciones, elegir entre unos ideales u otros, entre estrategias y entre personas. Gracias a Dios, la política es así y por ello existe el sano pluralismo político. Dios nos libre de quien pretenda negar esto y crea que su política es la única válida, porque así lo dicta la “razón científica”, de la que nadie podría dudar. Es lo que pensaron o piensan las dos dictaduras más terribles sufridas por la humanidad: el nazismo y el comunismo estalinista.

Por una serie de circunstancias he vuelto a la lectura de la encíclica Mit brennender sorge, que en 1939 publicó el papa Pío XI contra el régimen nazi. El argumento central de dicho documento es que resulta absolutamente inaceptable cualquier régimen político que no sea fiel a unos principios básicos de moral. En el lenguaje del pontífice estos principios están contenidos en el llamado “derecho natural”; hoy, aunque no significa lo mismo, hablaríamos de los derechos humanos que todos han de respetar. En un momento dado (n. 35), recuerda un principio clásico, que podría entenderse dando la razón a la mentalidad pragmática y utilitarista: “Derecho es lo que es útil a la nación”. Pero, citando a Cicerón, se apresura a puntualizar que lo moralmente ilícito nunca será ventajoso para el pueblo:

Hasta el antiguo paganismo reconoció que, para ser justa, esta frase debía ser cambiada y decir: “Nada hay que sea ventajoso, si no es al mismo tiempo moralmente bueno; y no por ser ventajoso es moralmente bueno, sino que por ser moralmente bueno es también ventajoso” (Cicerón, De officiis III, 30)

La cuestión, por tanto, es doble. Por un lado – lo más importante y grave – consiste en saber qué es lo moralmente bueno, quién lo define, dónde se encuentra. Por otro lado, hay que tener la voluntad y la habilidad para aplicar eso que se reconoce como moralmente bueno en decisiones políticas concretas. La democracia, es decir, el gobierno del pueblo y por el pueblo, entra sobre todo en esta segunda cuestión. Pero no funcionará si la primera cuestión no está resuelta. ¿Puede la democracia, ella sola, decidir esta primera cuestión, es decir, determinar lo que es moralmente bueno o malo?

El filósofo y teórico de la política M. Horkheimer escribió en Anhelo de Justicia que

“Bajo un punto de vista puramente científico y racional, el odio no es peor que el amor”

La historia ha demostrado la verdad de esta afirmación. Sabemos cómo acaban los proyectos políticos que pretenden implantar un régimen sólo con la razón, olvidando que hay una realidad absoluta, que sostiene la verdad sobre la persona humana.

La política forma parte de lo que los católicos denominamos “moral social”. La moral social católica (contenida en la Doctrina Social de la Iglesia) no es fruto de un consenso, sino que es la moral que se desprende del Evangelio de Jesucristo. Esa moral, nos denuncia con todo derecho; y nos anuncia una idea de sociedad más acorde con el Reino de Dios. Para nosotros es irrenunciable.

† Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

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