Cristo, Sacramento de Dios

Mons. Vicente Jiménez Zamora, Arzobispo de Zaragoza         Queridos diocesanos: Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad” (Jn 1, 14).

En Jesús, el Hijo eterno que se hizo hombre, la gloria de Dios se ha hecho visible para nosotros.: “Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos acerca del Verbo de la vida; pues la Vida se hizo visible, y nosotros hemos visto, damos testimonio y os anunciamos la vida terna que estaba junto al Padre y se nos manifestó. Eso que hemos visto y oído os lo anunciamos, para que estéis en comunión con nosotros y nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo” (1 Jn 1, 1-3).

Jesucristo, “sacramento originario”

En Jesucristo el mundo de Dios y el mundo de los hombres se han encontrado sin división ni separación, pero también sin confusión ni cambio. Por eso Jesucristo es por excelencia el punto de encuentro con Dios, el “sacramento originario”, que expresa y realiza de la manera más alta la alianza del Padre con los hombres: “Pues no hay más sacramento de Dios que Cristo” (San Agustín, Epíst. 187, 34).

Reconocer en el Señor Jesús el “sacramento originario” significa, sobre todo, confesar que el él se nos ofrece el don supremo del Padre, la seguridad de un amor, que permite confiar siempre en la imposible posibilidad de Dios. “Después de esto, ¿qué diremos? Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no se reservó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará todo con él? ¿Quién acusará a los hijos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién condenará? ¿Acaso Cristo Jesús, que murió, más todavía, resucitó y está a la derecha de Dios y que además intercede por nosotros? (Rom 8, 31-34).

Y como el Verbo encarnado es también verdadero hombre, introduce en el misterio más íntimo de la divinidad toda la realidad del mundo humano. Jesucristo es en su humanidad el sacramento del mundo, aquel en quien el éxodo de la condición humana alcanza el corazón del Eterno, no sólo en lo provisional del tiempo presente, sino también como anticipación y promesa de la gloria futura. Jesús es el adorador supremo del Padre, el que revela al mundo su vocación definitiva y su destino más profundo y el que orienta decididamente la apertura del corazón humano hacia su única y posible realización plena y definitiva: el encuentro con Dios.

Sacramento de Dios y sacramento del hombre, Cristo es en sí mismo la alianza de los dos mundos, alguien en quien el cielo y la tierra se han encontrado. Es la alianza personificada. En él Dios se revela como el Dios para nosotros y con nosotros, el Dios amor, que elige libremente “salir de sí mismo” y comunicarse con el hombre para establecer con él una alianza de vida eterna. En Jesús resucitado la humanidad entera está llamada a habitar en el Eterno, pues se hace capaz de salir de sí misma para encontrarse con Dios.

Sacramento del éxodo humano y de la venida divina

Sacramento del éxodo humano y de la venida divina, la Palabra eterna que se hace carne realiza en sí misma todas las dimensiones del sacramento. El Señor Jesús es le reconciliador en quien la vida terna de Dios fluye en la historia y la historia se abre a la gloria. Sólo él es  nuestra paz, el que derriba en su propio cuerpo la muralla de la lejanía insalvable y de la separación culpable y nos permite presentarnos al Padre en un único Espíritu (cfr. Ef 2, 14-18). Él es la Palabra eterna de Dios pronunciada en el tiempo, salida del silencio del Padre, origen de toda vida y de todo don, para prolongar su eco en el silencio acogedor de la fe y de la caridad y alimentar la esperanza, abierta a la Patria futura, en la que Dios será todo en todos.

En la Palabra de Dios, consignada en las palabras de la Escritura inspirada y transmitida en la tradición viva de la Iglesia, Dios viene al encuentro del hombre. La Palabra es el lugar y el instrumento en el que el sacramento originario, Cristo, convoca al nuevo Pueblo de Dios en la fe, en la esperanza y en el amor. La Palabra de Dios es Dios mismo que, con el signo de su Palabra, se deja encontrar por el hombre y en Cristo le llama a la comunión con él. En Cristo coinciden Palabra y Sacramento. Él es el signo viviente de la gracia en su humanidad plena y verdadera; él es la fuente de la vida de la que fluye el don divino al corazón de los hombres. Lo que en el sacramento originario es perfecta unidad, no debe pues separarse en la vida de la Iglesia. El anuncio de la Palabra de salvación y la celebración de los sacramentos de la vida son dos momentos inseparables del único proceso de la redención, por el que la existencia humana encuentra al Señor Jesús y en él tiene acceso al misterio de la gracia, que libera y salva.

Con mi afecto y bendición,

+ Vicente Jiménez Zamora
Arzobispo de Zaragoza

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