José Luis Lázaro, en Misión ‘Ad gentes’: «Aprendes a confiar en Dios, a vivir el hoy»

Es la hora y José Luis Lázaro, sacerdote misionero de Zaragoza, entra por la puerta con una gran sonrisa y paz, mucha paz. Un semblante que no desaparece en los casi cuarenta minutos de charla y de abrir, con gran generosidad, su corazón y su mente para contarme (contarnos) su experiencia vocacional y misionera.

Y esto ocurre muy cerca de la XXVIII Jornada de Reflexión Misionera de las diócesis de Aragón que tendrá lugar el próximo sábado, 23 de septiembre, en la casa de las Misioneras Eucarísticas de Nazaret, en Zaragoza.

Vayamos al origen, ¿cuándo sintió su vocación?

Antes de entrar en el seminario, estuve comprometido con la pastoral juvenil y con varias asociaciones de solidaridad. Antes de mi vocación sacerdotal, estaba ya en mí esa llamada a la misión. Durante mi etapa en el seminario tuve la oportunidad de hacer una experiencia de misión en Ecuador con una diócesis hermanada con Zaragoza, en San Miguel de Sucumbíos, y fue un momento importante. Luego, recuerdo unas palabras que me dijo don Elías (Yanes) el día de antes de mi ordenación y que se me quedaron grabadas: “Tú trabaja en la diócesis unos años, conócela, quiérela y si el Señor te sigue llamando, ya saldrá”. Seguí el consejo y estuve muy feliz y en un momento dado sentí ese deseo y don Manuel (Ureña) me permitió la posibilidad de salir de misión con el Instituto Español de Misiones Extranjeras, que es el cauce para los sacerdotes diocesanos para la misión ‘ad gentes’.

 ¿Cómo vive un sacerdote misionero?

He estado cuatro años y medio en Hwange, Zimbabue, y ahora tengo el permiso del obispo para volver otros cinco años más. Vivo allí en una iglesia local, en medio del bosque y con un sacerdote nativo, ayudando a que esta iglesia joven crezca, se asiente y se consolide. Esa es nuestra labor, ser sacerdotes diocesanos en otra Iglesia local mas joven, con menos sacerdotes, sabiéndonos de paso. Actualmente estamos llevando a cabo, siempre en comunión con la Iglesia, varios proyectos surgidos por la necesidad: estamos construyendo una clínica rural, un colegio y una ermita. Necesidades del pan de la palabra y el pan material.

¿Encontró alguna dificultad?

Lo más difícil al principio es no poder hablar. Necesitamos un período de unos dos años para empezar a hablar la lengua local. La de mi zona tiene muchos sonidos guturales, clics nasales… Es gracioso cuando tú mismo te oyes hablar, a veces me río de oírme a mí mismo, pero la gente aprecia que hagas el esfuerzo de aprender su lengua. Aquí, la mayor aportación de los sacerdotes españoles ha sido la traducción de la Biblia, de materiales y oraciones a las cinco lenguas locales de la zona donde estamos.

Seguro que no ha vuelto igual que cuando se fue…

En Hwange no tengo las seguridades que hay aquí (dinero, trabajo…). Si aquí se rompe algo, coges el teléfono y llamas a quien sea. Allí vivo en medio del bosque, la seguridad me la da Dios. Hay muchos aspectos de la vida que no controlo, no sé lo que va a ocurrir: tengo que renovar mi permiso de trabajo pero igual no me lo renuevan, el año que viene habrá elecciones… Aprendes a confiar en Dios, a vivir el hoy. Me da mucha paz saber que estoy cumpliendo el plan de Dios, que he contado con las mediaciones de la propia Iglesia, estoy dentro de un instituto y sirvo a dos obispos, el de Zaragoza y el de Hwange.

Para terminar, una buena anécdota.

En Hwange la gente vive en el bosque, y tienes que internarte allí para visitar a las familias y hacer la labor misionera. Eso te supone perderte muchas veces (risas). Entonces no vale el GPS, sino esperar a que venga un niño con ganado y te guíe. Es en tierra de misión donde he visto en carne y hueso la palabra acogida. Los que nada tienen te ofrecen su propia comida sabiendo que ellos no comen. Lo primero para ellos es ofrecer, eso es lo más grande.

Sobre Zimbabue

“Zimbabue es una antigua colonia inglesa. La Iglesia católica solo pudo entrar a finales del siglo XIX. Hasta ese momento solo estaban la iglesia anglicana, la metodista…” “Se independizó hace 37 años. Es un país muy joven que sólo ha tenido un presidente, el más longevo del mundo, de 93 años. Siempre gana las elecciones, por lo que puede decirse que la democracia es entre comillas”. “Su situación económica está al borde del colapso: no tiene moneda propia, conviven varias extranjeras y actualmente, en muchos lugares, se ha vuelto al trueque”.

(Rocío Álvarez – Iglesia en Aragón)

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