Modesta Enríquez, un siglo de vocación carmelita

Modesta Enríquez (Benegiles, Zamora, 1917) sintió la llamada del Señor hace 81 años. Su profunda devoción a la Virgen del Carmen la llevó a ingresar en las carmelitas vedrunas y ha dedicado toda su vida a la enseñanza y a sus alumnas, siempre siguiendo la máxima de oración y acción.

Accedió a esta entrevista solo si con ella podía ayudar a otros a ver a Dios, a hacer el bien. Juzguen ustedes mismos

Modesta, usted acaba de cumplir 100 años.

Pues sí, el 17 de abril, domingo de Ramos. Fue una celebración muy entrañable, con las hermanas, mis familiares y algunos amigos.

Todo un siglo de vivencias, de ser testigo de los cambios, incluso de una triste guerra…

A mí la guerra me cogió en Zamora, que no era campo de batalla, pero igualmente la sufrimos todos, de una manera o de otra. Pueblos y ciudades se quedaron vacíos de chicos jóvenes, ya que fueron movilizados. Los que empezaron conmigo la escuela de maestros marcharon en cuanto estalló la guerra y quedamos solo las chicas. Vivimos el drama de las familias que ven machar a sus hijos y no saben si volverán vivos o muertos. Aparte de todo eso, venían de vez en cuando con el cadaver de un chico que conocías, un amigo, un hermano, un vecino… y eso era muy duro. La guerra es hacer sufrir a todos.

Su vocación, ¿en qué momento surgió?

Mi vocación fue un deseo del Señor que sentí a los 19 años, durante la guerra. Yo tenía una amiga, que un día vino a buscarme a casa y me dijo: “¿Sabes que hay misiones en la parroquia de San Torcuato? ¿Te parece que vayamos?”. Así que fuimos, por curiosidad, nada más. Eramos piadosillas, pero tampoco nos comíamos los santos. Fuimos las dos y yo… caí volando (risas). Le pedí a Dios que me allanara el camino para ser carmelita porque las cosas estaban difíciles, y al final me allanó el camino.

 Y, ¿por qué carmelita?

Me decidí por las carmelitas por mi devoción a la Virgen del Carmen, que se la debía a mi maestra y a mi madre. Además, había conocido a alguna carmelita vedruna que era hermana de una amiga. Pero, sobre todo, fue por mi devoción a la Virgen del Carmen.

¿Cómo vive una carmelita vedruna?

Con oración y acción. En la vida ordinaria combinamos ambos elementos. El anhelo de santa Joaquina era abarcar todas las necesidades de la tierra, aunque nosotras nos limitamos a la enseñanza y a la caridad: ancianos, enfermos…

En su caso, la enseñanza.

He sido profesora de colegios en mis diferentes destinos. Tras el noviciado en Vitoria, primero fui a San Sebastián. A los 7 años me mandaron a Cascante (Navarra). Después, a Zumaya, cercano a San Sebastián. De ahí a Alfaro, en La Rioja. Y por último, a Zaragoza, donde llevo 47 años.

Las vocaciones escasean, ¿qué podemos hacer?

En nuestro caso, que la vida de cada hermana transmita algo que lleve a tomar esa decisión, que demos buen ejemplo en todos los aspectos. Para mí tiene mucha importancia la responsabilidad, la persona que cree en Dios, que tiene fe, que quiere a sus alumnas y busca su bien. Es importante comprenderlas, que te vean cercana, que vean que son queridas por ti. Este ‘queridas’ yo lo aclararía. Hoy influye mucho la parte afectiva externa, en mis tiempos a eso no le dábamos mucha importancia, yo hoy haría mucho hincapié en eso, que los alumnos vean que los quieres, que sus cosas te interesan. Mi experiencia con el alumnado hoy la mejoraría; si tuviera que volver a empezar, en eso me corregiría. Pero he tenido muy buenas alumnas, muchas y buenas.

¿Cómo ve usted a Dios?

Dios se manifiesta en todo, en lo positivo y en lo negativo. Lo negativo siempre lleva encerrado algo positivo que se verá o no se verá. Dios permite el mal, pero en él encierra un bien que se verá cuando sea, pero que está.

 Y los jóvenes , ¿cómo pueden conocer a Dios?

Yo empezaría por educar en valores, por ejemplo, en la honradez, en el deseo de que los demás te vean como eres, se puedan fiar de ti… Y luego, que entiendan la dependencia de Dios, que no somos nosotros los que actuamos, sino Dios que nos lleva

(Rocío Álvarez – Iglesia en Aragón)

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