Mira y cuida la creación

Mons. Carlos Osoro           ¡Cuida de la tierra y de todo lo que en ella existe! Hemos comenzado el verano y con él, muchos de vosotros, las vacaciones. Lo viviréis de formas diferentes: unos volviendo a vuestros pueblos de origen; otros, visitando lugares diferentes de España y el mundo; otros, por edad, enfermedad o por no tener posibilidades económicas, os quedaréis en Madrid. Muchos niños y jóvenes de nuestras parroquias, colegios u otras instituciones saldréis a pasar unos días disfrutando de la naturaleza. A todos os invito a disfrutar, contemplar y cuidar de nuestra casa común, que es esta tierra en la que habitamos. Es un tiempo para verificar cómo, sin darnos cuenta, nos han introducido en la vorágine de las compras y de los gastos, metiendo en nuestra vida un mecanismo consumista compulsivo. El Señor nos ofrece un tiempo para tomar conciencia de esta realidad y para salir de ella apostando por otro estilo de vida que tiene estos contenidos: reverencia a la vida; desarrollar la capacidad de salir hacia el otro; reconocerlo en su propio valor, y ver que tenemos que cuidar esta tierra para que sea habitable para los demás.

Cómo volver a recuperar esa alianza entre toda la humanidad y el ambiente? No basta sumar y sumar objetos y placeres para dar sentido al corazón humano. La crisis cultural y ecológica tiene que traducirse en un sistema educativo nuevo que cree nuevos hábitos que ayuden a recuperar ese equilibrio ecológico, que tiene varios niveles: el más interno, que es personal y propio; el que se manifiesta en la solidaridad con los demás; el que es, podríamos decir, natural con todos los seres vivos, y el de mayor hondura, que es el espiritual, que nos invita a encontrarnos con Dios. La realidad en la que vivimos nos interpela a todos los hombres, pero de una manera singular a quienes nos decimos discípulos misioneros de Jesucristo, a quienes creemos que todo ha sido creado para que los hombres, situados en el centro de la creación, disfrutemos de la misma, contemplemos su grandeza y sepamos leer lo que en ella está escrito, y que todos nosotros podemos descifrar por muy poco tiempo que dediquemos a contemplarla. Pero cuidemos esta tierra, esta casa común, que lo es de todos los hombres.

¿Cómo realizar ese cuidado sabiendo disfrutar de todo lo que Dios nos ha dado a los hombres? Estamos viendo cómo la realidad en la que vivimos experimenta grandes cambios que afectan a nuestras vidas. Estos cambios, a diferencia de los ocurridos en otros momentos de la historia, tienen un alcance global; por ello, hablamos de una manera espontánea de la globalización. ¡Qué maravilla esta casa común en la que, por los descubrimientos de la ciencia y de la tecnología, podemos llegar a todos! La globalización y estos descubrimientos científicos y tecnológicos ni son buenos ni malos. Somos nosotros los que los hacemos buenos o malos. Si los utilizamos para manipular la vida, para destruirla o servirnos de ellos a nuestro antojo, si las redes de comunicación que creamos son para destruir y no para construir a las personas, si los impactos de la globalización en áreas de la vida humana como la cultura, la economía, la política, las ciencias, la educación, el arte o la religión, son de manipulación que afectan a la dignidad del ser humano y a los derechos del hombre, entonces estaremos destruyendo la casa común que es nuestra tierra. Organicemos de tal manera los ámbitos educativos –la familia, la escuela, los medios de comunicación, la catequesis, etc.– que entreguen y presten atención a la belleza, que la amen, para así salir del pragmatismo y difundir un nuevo paradigma del ser humano, de la vida, de la sociedad, de las relaciones con la naturaleza.

En este sentido, los discípulos de Jesucristo tenemos que sentirnos interpelados y discernir los signos de los tiempos, de forma que nos situemos y nos pongamos al servicio del Reino que tan bellamente anuncia Jesús cuando nos dice que ha venido para que todos «tengan vida y la tengan abundante» (Jn 10,10). El Señor ha venido para entregar la belleza. Él es la Belleza. Ahí están esas palabras del Papa Francisco, cuando nos dice que «solo quien reconoce a Dios, conoce la realidad y puede responder a ella de modo adecuado y realmente humano». En este sentido, podemos decir que la conversión al cuidado de nuestra casa común o, como el Papa Francisco llama, la «conversión ecológica», requiere que asumamos estas realidades:

1. Espiritualidad. Volver a las raíces de la espiritualidad cristiana que ofrecen una bella aportación para renovar la humanidad: una espiritualidad que no está desconectada ni de nuestro cuerpo, ni de la naturaleza, ni de las realidades del mundo, pues sabemos vivir con ellas, entre ellas y en ellas, desde una comunión con todo lo que nos rodea. ¡Qué fuerza tiene reconocer que cada criatura refleja algo de Dios!

2. Conversión personal. Estamos llamados a una profunda conversión personal que logre eliminar los desiertos exteriores porque quitamos los interiores:dejemos que broten en nuestra vida todas las consecuencias que provoca el encuentro con Jesús, que entre otras y, esta es fundamental, nos llama siempre a ser protectores de la obra de Dios, de todo lo creado. Esto no es algo opcional. Es un imperativo que se engendra en el encuentro con Jesucristo. Es una conversión que alienta un estilo de vida profético y contemplativo, que goza profundamente y no se obsesiona con lo mucho, sabe que menos es más.

3. Conversión comunitaria o social. No basta la conversión personal, es necesaria la conversión comunitaria, que supone reconocer el mundo como un don recibido del amor de Dios: ello provoca actitudes de gratuidad y de renuncia, así como gestos generosos; la conciencia viva de no estar desconectados de los demás, de formar juntos una comunión universal. El amor a la sociedad y al compromiso por el bien común es una manera excepcional de vivir la caridad. De ahí que el amor social sea clave para el desarrollo. Y en esto, la Eucaristía que une el cielo y la tierra, que abraza y penetra todo lo creado, es esencial. Participar en la misma los domingos, descubrir el descanso semanal que nos introduce en ese descanso eterno del ser humano en Dios. La Eucaristía nos abre el corazón a vivir la comunión universal, donde nada ni nadie está excluido de esa fraternidad universal. Para comprender la realidad todo pasa por Cristo: «Todo fue creado por Él y para Él» (Col 1, 16).

Con gran afecto, os bendice,

+Carlos Card. Osoro,

Arzobispo de Madrid

Card. Carlos Osoro
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Carlos Osoro Sierra fue nombrado arzobispo de Madrid por el Papa Francisco el 28 de agosto de 2014, y tomó posesión el 25 de octubre de ese año. Desde junio de 2016 es ordinario para los fieles católicos orientales residentes en España. El 19 de noviembre de 2016 fue creado cardenal por el Papa Francisco. El prelado nació en Castañeda (Cantabria) el 16 de mayo de 1945. Cursó los estudios de magisterio, pedagogía y matemáticas, y ejerció la docencia hasta su ingreso en el seminario para vocaciones tardías Colegio Mayor El Salvador de Salamanca, en cuya Universidad Pontificia se licenció en Teología y en Filosofía. Fue ordenado sacerdote el 29 de julio de 1973 en Santander, diócesis en la que desarrolló su ministerio sacerdotal. Durante los dos primeros años de sacerdocio trabajó en la pastoral parroquial y la docencia. En 1975 fue nombrado secretario general de Pastoral, delegado de Apostolado Seglar, delegado episcopal de Seminarios y Pastoral Vocacional y vicario general de Pastoral. Un año más tarde, en 1976, se unificaron la Vicaría General de Pastoral y la Administrativo-jurídica y fue nombrado vicario general, cargo en el que permaneció hasta 1993, cuando fue nombrado canónigo de la Santa Iglesia Catedral Basílica de Santander, y un año más tarde, presidente. Además, en 1977 fue nombrado rector del seminario de Monte Corbán (Santander), y ejerció esta misión hasta que fue nombrado obispo. Durante su último año en la diócesis, en 1996, fue también director del centro asociado del Instituto Internacional de Teología a Distancia y director del Instituto Superior de Ciencias Religiosas San Agustín, dependiente del Instituto Internacional y de la Universidad Pontificia de Comillas. El 22 de febrero de 1997 fue nombrado obispo de Orense por el Papa san Juan Pablo II. El 7 de enero de 2002 fue designado arzobispo de Oviedo, de cuya diócesis tomó posesión el 23 de febrero del mismo año. Además, desde el 23 de septiembre de 2006 hasta el 9 de septiembre de 2007, fue el administrador apostólico de Santander. El 8 de enero de 2009, el Papa Benedicto XVI lo nombró arzobispo de Valencia; el 18 de abril de ese año tomó posesión de la archidiócesis, donde permaneció hasta su nombramiento como arzobispo de Madrid en 2014. Tras su participación en la XIV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, celebrada del 4 al 25 de octubre de 2015 y dedicada a la familia, el 14 de noviembre de ese año, el Papa Francisco lo eligió como uno de los miembros del XIV Consejo Ordinario de la Secretaría General del Sínodo de los Obispos; un organismo permanente que, en colaboración con el Pontífice, tiene como tarea la organización del Sínodo, así como elaboración de los textos y documentación que servirá de base para los estudios de la Asamblea. El 9 de junio de 2016, el Papa Francisco erigió un Ordinariato para los fieles católicos orientales residentes en España, con el fin de proveer su atención religiosa y pastoral, y nombró a monseñor Osoro como su ordinario. El 9 de octubre de 2016, el Papa Francisco anunció un consistorio para la creación de nuevos cardenales de la Iglesia católica, entre los que figuraba monseñor Osoro. El día 19 de noviembre de 2016 recibió la birreta cardenalicia de manos del Sumo Pontífice en el Vaticano. En la Conferencia Episcopal Española (CEE) fue presidente de la Comisión Episcopal del Clero de 1999 a 2002 y de 2003 a 2005; presidente de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar hasta marzo de 2014 (fue miembro de esta Comisión desde 1997) y miembro del Comité Ejecutivo entre 2005 y 2011. Ha sido vicepresidente de la CEE durante el trienio 2014-2017. Ahora pertenece al Comité Ejecutivo como arzobispo de Madrid. Desde noviembre de 2008 es patrono vitalicio de la Fundación Universitaria Española y director de su seminario de Teología.