Jesucristo, la Iglesia y el Papa

Mons. Amadeo Rodríguez               Queridos diocesanos:

Cuando se aproxima la fecha del 29 de junio, solemnidad de San Pedro y San Pablo, en la que toda la Iglesia celebra el Día del Papa, os propongo en esta carta una oración muy especial e intensa por el Santo Padre Francisco. Como sabemos, él nos la pide siempre. Entiendo, por tanto, que hacerlo es justo y bueno para él, pero también lo es para nosotros. Rezar por el Papa nos asienta como cristianos en la Iglesia: somos Iglesia del Señor en comunión con el obispo de Roma. Si os propongo este sencillo homenaje espiritual al Papa Francisco, es por la confianza que me da el haber comprobado el afecto filial con que en Jaén se le quiere, que es tan sólido y fuerte como el que se le tiene en tantas otras partes del mundo.

Mi propuesta de adhesión a Francisco la hago junto a mi petición de que estéis muy atentos a algunas actitudes y criterios insuficientes que hoy se ponen de relieve a la hora de juzgar la labor pastoral del Santo Padre. Entiendo que, frente a una clara, sincera y entusiasta actitud de admiración, afecto y respeto hacia él por parte de una inmensa mayoría, también se perciben actualmente en algunos dos tendencias que, si bien son minoritarias, suelen proceder de personas o grupos con cierta capacidad para hacer ruido mediático. En realidad, es lo mismo que sucedía con sus antecesores, al menos con los dos últimos, a los que no les faltó o una falsa e interesada adhesión o una clara crítica. Sin embargo, con Francisco, el Papa que ejerce su ministerio de un modo tan profético y evangélico, el ruido parece que, en algunos sectores, es más sonoro. Entre los que le admiran o le critican hay, a mi entender, dos tendencias llamativas: unos se distinguen por “mucho Papa, poca Iglesia”; y otros, por “mucha Iglesia, poco Papa”.

 

Mucho Papa, poca Iglesia

A veces, da la impresión, al escuchar los halagos de algunos, que el Papa Francisco nada tuviera que ver con la Iglesia. A conveniencia de sus criterios personales o institucionales, desligan lo que necesariamente ha de estar siempre unido. En verdad no se atreven a negar lo que es incuestionable: que Francisco, con sus palabras, y sobre todo con sus gestos, le ha dado una nueva y acrecentada credibilidad a la fe y a la vida cristiana de los católicos. Sin embargo, los elogios al Papa de algunos no le llegan al conjunto de la Iglesia, de la que siguen poniendo de relieve sólo los errores y pecados. Da la impresión de que se niegan a reconocer la mucha santidad y autenticidad que hay en el conjunto del pueblo cristiano, de la que es un testigo cualificado el Santo Padre. Se puede decir que estos son “clarividentes” con el Papa, pero “interesadamente ciegos” con los demás católicos, sobre todo si son obispos y sacerdotes.

Los que así piensan, se olvidan de que entre los católicos hay una sintonía, a la que llamamos “comunión”, con la que juntos, santos y pecadores, le vamos dando rostro a la Iglesia. De esa comunión se deduce que lo que hace Francisco lo hacemos todos y que lo que hacemos todos lo asume Francisco, como nuestro Pastor y padre; también nuestros fallos, debilidades y pecados. Por tanto, no vale decir: qué bueno es Francisco, qué estorbo es la Iglesia. Esto, además de un error, es una injusticia.

 

Mucha Iglesia, poco Papa

Por otra parte, otros, más o menos abiertamente, le niegan su adhesión filial al Papa Francisco. Estos, con la excusa de una supuesta fidelidad a la Iglesia, no sólo se quedan cortos en su fidelidad al Santo Padre, sino que, en ocasiones, – algunos habitualmente – incluso le faltan al respeto que se merece, sobre todo cuando valoran el estilo con que está ejerciendo su ministerio y su magisterio. Lo que a la mayoría nos parece tan maravilloso, éstos, por su parte, lo consideran errático. Cuantos así piensan y actúan se conforman con una Iglesia a su medida, pretendiendo que ésta tenga sus hechuras, que desgraciadamente están al margen de la compasión y la misericordia, viga maestra de la vida de la Iglesia y razón de su credibilidad; quizá sea por eso que critican los matices más evangélicos del magisterio gestual y verbal de Francisco. Además, sin ser muchos, siembran dudas y, sobre todo, escandalizan a los sencillos, a los que dicen defender, al tiempo que producen una dolorosa zozobra en torno a la unidad de la Iglesia.

 

Una renovación en el Espíritu

La impresión que dan unos y otros en sus parciales e interesadas opiniones sobre el Papa es que se están olvidando de que el Espíritu Santo sigue ejerciendo puntualmente su tarea de llevar la marcha de la Iglesia. Se olvidan, sobre todo, de que el Espíritu trabaja en unidad estas dos opciones de la fe de un católico: la piedra angular de la Iglesia es Jesucristo y el principio y fundamento de su unidad es el Sucesor de Pedro. Por eso, los de un extremo y los del otro harían muy bien en ser dóciles al Espíritu para no separar nunca tres amores imprescindibles en nuestra vida cristiana: Jesucristo, la Iglesia y el Papa. El arraigo armonizado de los tres es absolutamente necesario para el discípulo del Señor. Quizás así entenderían mejor que no es un capricho o una aventura meramente humana lo que el Espíritu está promoviendo en el sentir de la fe de los creyentes y en el desarrollo de la misión de la Iglesia a través del ministerio pastoral del Papa Francisco.

Como Obispo vuestro, le doy las gracias a Dios Nuestro Señor por el ministerio del Santo Padre, por su extraordinario servicio a la Iglesia y por su inestimable ayuda a la humanidad ante los desafíos que hoy tiene por delante y ante los dolores que padece. Os invito a todos a que, en vuestra conciencia eclesial y en vuestra oración, os sintáis, como también yo lo hago, en comunión cordial y obediente con el Santo Padre, al que le damos nuestro apoyo filial ante las dificultades y las pruebas que pudiera estar padeciendo.

Con mi afecto y bendición.

+ Amadeo Rodríguez Magro

Obispo de Jaén

Mons. Amadeo Rodríguez
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Mons. Amadeo Rodríguez Magro nació el 12 de marzo de 1946 en San Jorge de Alor (Badajoz). Realizó los estudios eclesiásticos en el Seminario diocesano de Badajoz, del que luego sería formador. Recibió la ordenación sacerdotal el 14 de junio de 1970. Su primer destino pastoral fue de coadjutor de la parroquia emeritense de San Francisco de Sales (1970-1974), de la que posteriormente sería párroco (1977-1983). Tras obtener la licenciatura en Ciencias de la Educación (sección Catequética) en la Universidad Pontificia Salesiana de Roma (1983-1986), D. Amadeo fue nombrado por su Obispo, D. Antonio Montero, vicario episcopal de Evangelización y director de la Secretaría Diocesana de Catequesis (1986-1997), siendo también designado vicario territorial de Mérida, Albuquerque y Almendralejo; y finalmente vicario general (1996-2003). Fue además secretario general del Sínodo Pacense (1988-1992) y secretario de la conferencia de Obispos de la Provincia Eclesiástica de Mérida-Badajoz (1994-2003). En 1996 fue nombrado canónigo de la Catedral de Badajoz, cuyo cabildo presidió de 2002 a 2003. Realizó su labor docente como profesor en el Seminario, en el Centro Superior de Estudios Teológicos, en la escuela diocesana de Teología para Laicos (1986-2003) y de Doctrina Católica y su Pedagogía en la Facultad de Educación de la Universidad de Extremadura (1987-2003). También formó parte del consejo asesor de la Subcomisión Episcopal de Catequesis de la Conferencia Episcopal Española. El 3 de julio de 2003 San Juan Pablo II le nombra obispo de Plasencia y recibe la ordenación episcopal en la Catedral de Plasencia el 31 de agosto de 2003. En la Conferencia Episcopal Española es el vicepresidente de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis y presidente de la Subcomisión Episcopal de Catequesis desde 2014, de la que ya era miembro desde 2003. También ha formado parte de la Comisión Episcopal de Misiones y Cooperación entre las Iglesias de 2005 a 2011. El 9 de abril de 2016 se hizo público su nombramiento como obispo de Jaén. Tomó posesión de su cargo el día 21 de mayo de 2016.