El Sagrado Corazón no es una “devocioncilla” de la que se pueda prescindir sin más

Mons. Rafael Zornoza              Hoy viernes es el día del Sagrado Corazón de Jesús, al que tradicionalmente queda consagrado todo el mes de junio. El Sagrado Corazón es el símbolo de la fe cristiana particularmente apreciado tanto por el pueblo como por los místicos y teólogos, porque expresa de modo sencillo y auténtico la “buena nueva” del amor, y resume en sí el misterio de la Encarnación y de la Redención. Es la última de las fiestas que siguen al tiempo pascual, después de la Santísima Trinidad y el Corpus Christi. Esta sucesión nos hace pensar en un movimiento hacia el centro: un movimiento del espíritu, que Dios mismo guía. En efecto, desde el horizonte infinito de su amor, Dios quiso entrar en los límites de la historia y de la condición humana, tomó un cuerpo y un corazón, asumiendo una humanidad verdadera, un cuerpo verdadero, una sangre verdadera… y un alma verdadera, un verdadero corazón de hombre, de modo que pudiéramos contemplar y encontrar lo infinito en lo finito, el Misterio invisible e inefable en el Corazón humano de Jesús, el Nazareno. Veneramos, pues,  el misterio insondable de la vida de un Dios que es Amor y que desde el horizonte infinito de su amor quiso venir a nosotros amándonos infinitamente. (cf. Benedicto XVI, Angelus 1 junio 2008).

Hemos de poner la mirada en el costado traspasado de Cristo, del que habla san Juan en su evangelio (cf. Jn 19, 37).  Este centro de la fe es también la fuente de la esperanza en la que hemos sido salvados. Toda persona necesita tener un “centro” de su vida, un manantial de verdad y de bondad del cual tomar para afrontar las diversas situaciones y la fatiga de la vida diaria. Cada uno de nosotros, cuando se queda en silencio, no sólo necesita sentir los latidos de su corazón, sino también, más en profundidad, el pulso de una presencia fiable, perceptible con los sentidos de la fe y, sin embargo, mucho más real: la presencia de Cristo, corazón del mundo. Os invito, por tanto, a cada uno a renovar vuestra devoción al Corazón de Cristo.

Se trata de Dios que busca al hombre. Lo busca porque lo ama; lo busca porque el hombre, antes de conocerlo, deambula extraviado por los senderos de la historia, bordeando peligrosamente el abismo de su propia ruina. Este misterio nos muestra, por tanto, algo central’ en la vida cristiana. No estamos hablando de una “devocioncilla” accidental, más o menos acomodada al gusto de algunos devotos, de la que pueda uno prescindir sin más. Se trata más bien de una luz que ilumina los temas centrales de la obra de la salvación (la gracia, el pecado, la redención, la unidad del género humano y la solidaridad: que de ahí brota, el más allá, el perdón: etc.) haciendo destellar en ellos la “Clave” en la que fueron “codificados”: el amor loco de Dios, que tanto ama a los hombres que ha entregado a su Hijo para que tengan vida eterna (cf. Jn 416), o como dice, el Vaticano II, “para invitarlos a la comunicación con El y recibirlos en su compañía” (Dei Verbum n. 2).

Cuando uno encuentra esta clave, todo eso “encaja” en una síntesis que da un nuevo horizonte a la vida cotidiana, escenario en, que se desarrolla y se realiza esa trama. El trabajo, el descanso, la vida de familia, los ratos vividos con los amigos, la oración, el sufrimiento… todo aparece en la verdadera dimensión en la que fue pensado ”en el principio”, como ámbito en el que vivir concretamente la comunión con Dios en Cristo, en clave de amistad. Y entonces cobra sentido el hecho de ofrecer esa vida cotidiana que, vivida en la amistad del Redentor sirve también ella para la redención del mundo, Dejándose alcanzar por ese amor traspasado, surge en el corazón humano esa dinámica que le lleva a ofrecer su vida concreta, su jornada. Y a hacerlo en sintonía con todos aquellos que también han sido alcanzados por ese amor, y con los que está particularmente unido: con la Iglesia.

La liturgia no sólo nos invita a venerar al Sagrado Corazón de Jesús, sino también al Inmaculado Corazón de María. Encomendémonos siempre a ella con gran confianza. Invoco una vez más la intercesión materna de la Virgen en favor de cuantos atraviesan las numerosas situaciones de dolor, enfermedad y miseria material y espiritual que marcan el camino de la humanidad. En la ciudad de Cádiz el sábado, con la Solemne Procesión Mariana, y el Pontifical del domingo para conmemorar el aniversario de Nuestra Señora del Rosario como patrona de la ciudad, pondremos en ella también nuestro corazón intercediendo por todos los gaditanos y por todos los necesitados.

+ Rafael Zornoza

Obispo de Cádiz y Ceuta

Mons. Rafael Zornoza
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RAFAEL ZORNOZA BOY nació en Madrid el 31 de julio de 1949. Es el tercero de seis hermanos. Estudió en el Colegio Calasancio de Madrid con los PP. Escolapios, que simultaneaba con los estudios de música y piano en el R. Conservatorio de Madrid. Ingresó en el Seminario Menor de Madrid para terminar allí el bachillerato. En el Seminario Conciliar de Madrid cursa los Estudios Teológicos de 1969 a 1974, finalizándolos con el Bachillerato en Teología. Ordenado sacerdote el 19 de marzo de 1975 en Madrid fue destinado como vicario de la Parroquia de San Jorge, y párroco en 1983. Impulsó la pastoral juvenil, matrimonial y de vocaciones. Fue consiliario de Acción Católica y de promovió los Cursillos de Cristiandad. Arcipreste del Arciprestazgo de San Agustín y miembro elegido para el Consejo Presbiteral de la Archidiócesis de Madrid desde 1983 hasta que abandona la diócesis. Es Licenciado en Teología Bíblica por la Universidad Pontificia Comillas de Madrid, donde también realizó los cursos de doctorado. Preocupado por la evangelización de la cultura organizó eventos para el diálogo con la fe en la literatura y el teatro e inició varios grupos musicales –acreditados con premios nacionales e internacionales–, participando en numerosos eventos musicales como director de coros aficionados y profesor de dirección coral. Ha colaborado además como asesor en trabajos del Secretariado de Liturgia de la Conferencia Episcopal. En octubre de 1991 acompaña como secretario particular al primer obispo de la de Getafe al iniciarse la nueva diócesis. Elegido miembro del Consejo Presbiteral perteneció también al Colegio de Consultores. Inicia el nuevo seminario de la diócesis en 1992 del que es nombrado Rector en 1994, desempeñando el cargo hasta 2010. Ha sido profesor de Teología en la Escuela Diocesana de Teología de Getafe, colaborador en numerosos cursos de verano y director habitual de ejercicios espirituales. Designado por el S.S. el Papa Benedicto XVI obispo titular de Mentesa y auxiliar de la diócesis de Getafe y fue ordenado el 5 de febrero de 2006. Hay que destacar en este tiempo su dedicación a la Formación Permanente de los sacerdotes. También ha potenciado con gran dedicación la pastoral de juventud, creando medios para la formación de jóvenes cristianos, como la Asociación Juvenil “Llambrión” y la Escuela de Tiempo Libre “Semites”, que capacitan para esta misión con la pedagogía del tiempo libre, campamentos y actividades de montaña. Ha impulsado además las Delegaciones de Liturgia, Pastoral Universitaria y de Emigrantes, de importancia relevante en la Diócesis de Getafe, así como diversas iniciativas para afrontar la nueva evangelización. Pertenece a la Comisión Episcopal de Seminarios de la Conferencia Episcopal Española –encargado actualmente de los Seminarios Menores– y a la Comisión Episcopal del Clero. Su lema pastoral es: “Muy gustosamente me gastaré y desgastaré por la salvación de vuestras almas” (2Cor 12,13). El 30 de agosto de 2011 se ha hecho público su nombramiento por el Santo Padre Benedicto XVI como Obispo electo de Cádiz y Ceuta. El 22 octubre ha tomado posesión de la Diócesis de Cadiz y Ceuta.