Reflexiones

Mons. Braulio Rodríguez            Es bueno reflexionar sobre lo que sucede a nuestro alrededor; nos detenemos ante los acontecimientos y sus peculiaridades de nuestra sociedad española. Nos afecta como miembros de esta sociedad que profesamos la fe católica. La comunidad cristiana está en esta historia contemporánea, está en el “mundo”. Tal vez muchos se sientan perplejos ante lo que sucede cada día, delante de nosotros.

Lo primero que salta a la vista es que en España se va instalando poco a poco el odio y la violencia, pasiones que poco contribuyen a resolver cuantos problemas nos afectan, porque es, en el fondo, un desprecio por construir el bien común a partir de las virtudes humanas. Al contrario, se quiere hacer frente a los conflictos humanos, a los conflictos sociales, creando malestar y buscando soluciones que no son tales. Son soluciones engañosas, pues enfrentan a la gente unos con otros. ¿Se buscan realmente las soluciones o se busca otra cosa, que no se dice?

Nunca será buen camino enfrentar a las personas con odio o con posiciones radicales ante los grandes asuntos de estado de derecho: la identidad del ser humano, hombre y mujer; el tratamiento de la educación sexual humana; el concepto de lo público en los ámbitos de la sanidad, la enseñanza y educación de los españoles. Diferencias es lógico que existan, pero no acabar con todo tipo de disensión en estos campos del actuar humano para caminar hacia un pensamiento único: “Lo mío es lo bueno y lo nuevo; lo tuyo no vale y debe desaparecer, es antiguo”. Cuando se ahonda en estos juicios que quieren crear opinión, cae uno en la cuenta que muchas veces lo que se dice nuevo y actual es viejísimo y rancio, ya experimentado en España y, en tantas ocasiones, desastroso para la sociedad. No es bueno aceptar contraposiciones que llegan al simplismo y a enfrentar realidades que son siempre complejas. No juguemos a buenos y malos, que tantas veces crean juicios injustos sobre personas e instituciones.

Pasado el día del Corpus, día de Caridad, me gustaría alentar a los católicos toledanos sobre lo que, a mi modo de ver, puede ser un obstáculo para la vivencia de nuestra fe. Nos dicen de muchos modos que de la Iglesia lo único aceptable es su acción social y caritativa. Y es de apreciar, pues esta acción caritativa y social constituye una de las tres grandes acciones de la Iglesia, y además la que nos asemeja más, si la hacemos bien, a Jesucristo nuestro Maestro y Señor. Pero, la cuestión es si las otras dos grandes acciones de la Iglesia, el anuncio del Reino de Dios, del Evangelio y la Liturgia de la Iglesia no sirven para el mundo de hoy, y hemos de abstenernos de hacerlas en público. Vamos que casi a escondidas, sin que se note mucho.

Gran peligro, porque en esta actitud hay falsedad y engaño. Hablar y predicar la vida eterna que nos ofrece el Reino de Dios cumplido en Cristo es vital para este mundo, es benéfico. Evangelizar constituye nuestro primer deber. Separar esta realidad de la acción caritativa y social es un verdadero desastre, una traición, porque ya están saliendo sociedades, instituciones que organizan todo un programa de acción social porque piensan que son más afectivas que la acción caritativa y social de la Iglesia. Piensan además que así el protagonismo de esta Iglesia en la sociedad desaparecerá cuando se cubran todas las necesidades. Ese protagonismo, hay que decirlo alto, no nos interesa a quienes somos la Iglesia. Pero ese protagonismo está ahí, porque el mandamiento nuevo de Jesús no se olvida. Sin embargo, tal vez piensen: “¿Por qué tenemos que aguantar que la Iglesia ayude a los más pobres, cuando es la justicia y la acción del Estado, de lo público, que tienen que solucionar estos problemas?” No os creáis esa falacia. No es verdad. Es más, ojalá fuera verdad que se alcanzara esa solución, pero estamos seguros de que no es esto lo que interesa a quien hace esta afirmación. Además, no les preocupa el ser humano, buscan otra cosa. No lo duden.

+ Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo y primado de España

Mons. Braulio Rodríguez
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Don Braulio Rodríguez Plaza nació en Aldea del Fresno (Madrid) el 27 de enero de 1944. Estudió en los Seminarios Menor y Mayor de Madrid. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología Bíblica en la Universidad Pontificia de Comillas. En 1990 alcanzó el grado de Doctor en Teología Bíblica por la Facultad de Teología del Norte, con sede en Burgos. Ordenado presbítero en Madrid, el 3 de abril de 1972. Entre 1984 y 1987 fue miembro del Equipo de Formadores del Seminario Diocesano de Madrid. Fue nombrado obispo de Osma-Soria el 13 de noviembre de 1987, siendo ordenado el 20 de diciembre. En 1995 fue nombrado obispo de Salamanca. El 28 de agosto de 2002 se hizo público su nombramiento por el Santo Padre como arzobispo de Valladolid. Benedicto XVI lo nombró Arzobispo electo de Toledo, tomando posesión de la Sede el día 21 de junio de 2009. Es el Arzobispo 120 en la sucesión apostólica de los Pastores que han presidido la archidiócesis primada.