Jesucristo está en medio de nosotros

Mons. Carlos Osoro         La celebración del Corpus Christi este domingo me mueve a entrar en el Cenáculo y hablaros desde él. Allí resuenan las palabras que Jesús nos dirige a todos los discípulos: «El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estragos; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante» (Jn 10, 10). El Señor se nos dio enteramente. En la fiesta del Corpus tenemos la gracia de recordar que su carne es el alimento de vida eterna que nos da el Padre. ¡Qué palabras más elocuentes las del Señor: «Yo vivo por el Padre, y el que me come vivirá por mí» (Jn 6, 56)!

En esta nueva etapa de la historia que emprendemos, y en la que está metida de lleno toda la humanidad, siento urgencia de decir una palabra desde el lugar donde Jesucristo instituyó la Eucaristía. La Eucaristía es don del Padre, y Jesús quiere que lo entendamos bien. La Iglesia así lo interpretó, y nos regaló esta fiesta del Corpus para entender mejor y contemplar sus palabras: «Es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo» (Jn 6, 36). No es un pan provisorio, es alimento definitivo, eficaz para dar vida y vida eterna. En la Eucaristía tenemos el testimonio de cómo es el amor del Padre: un amor cercano, incondicional, disponible siempre para toda persona que quiera tener fuerza en el camino; un amor que cambia nuestra mirada hacia los demás, pues nos hace verlos hermanos; un amor que nos hace compartir lo que somos y tenemos; un amor que es creador de fraternidad entre los hombres, pues siempre busca al otro para hacerle el bien.

En la Eucaristía recobramos la dignidad profunda y verdadera que tenemos los hombres y de la que tenemos que vivir. Por eso, en la fiesta del Corpus Christi, los discípulos de Cristo volvemos a preguntar a Jesús: ¿dónde quieres que preparemos la Eucaristía? ¿Dónde deseas que la recibamos con amor? ¿Dónde quieres que te adoremos como Dios vivo? Y la respuesta es contundente: id a la ciudad, salid a ver a quienes llevan cántaros de agua para dar de beber a los demás, pero siempre para provocar en ellos lo que hizo con la samaritana; esta dejó su cántaro de barro y convirtió su vida entera en cántaro, y marchó corriendo a anunciar a su gente que fuesen con ella a ver a Jesús, quien le había dado el agua que quita la sed que todo ser humano tiene.

Es desde ese lugar que es el Cenáculo desde donde siempre tenemos que salir los discípulos de Jesús, pues nuestra misión requiere que llenemos nuestra vida del amor mismo de Cristo y, por tanto, que salgamos siempre con Él a todos los caminos donde están los hombres. Jesús invita a todos a participar en su misión. Nadie puede quedarse con los brazos cruzados, pues ser discípulo de Cristo es ser misionero, es decir, anunciador de Cristo con creatividad y audacia en todos los ambientes. Un discípulo que sale siempre del Cenáculo, alimentado de  Cristo Eucaristía. Todos los caminos de la humanidad son de los discípulos de Cristo, pero no podemos salir de cualquier manera. Recordemos aquellas palabras que los primeros discípulos tuvieron muy en cuenta: «Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y hasta el confín de la tierra» (Hch 1, 8). Los apóstoles recuerdan aquellas palabras que el Señor les dirigió después de la Resurrección, cuando les dijo: «Así está escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto» (Lc 24, 46-47). Salgamos a todos los caminos y llamemos a los hombres al banquete, como en la parábola de los invitados por el rey a las bodas de su hijo, llenemos la sala. Habrá quienes no acepten la invitación, pero invitemos a participar de la gran fiesta que es la Eucaristía, donde el Señor prepara a su pueblo a abrir el corazón a los demás.

En la Eucaristía resplandece la dignidad humana. El Hijo de Dios ha querido quedarse entre nosotros en el misterio de la Eucaristía. Quien nos hizo a su imagen y semejanza, quien nos creó libres e hizo sujetos de derechos y deberes en la creación, nos dice cómo tenemos que vivir: nada más y nada menos que alimentándonos de Él y dando lo que Él nos da a todos los hombres, su Vida, que se ha de hacer vida nuestra. Él nos da su Vida para que en comunión con Él la comuniquemos a todos los hombres. Si el pecado deterioró la imagen de Dios en el hombre e hirió su condición de hijo de Dios y hermano de todos los hombres, la Buena Nueva que es Cristo lo ha redimido y restablecido en la gracia. ¡Qué gracia esta fiesta del Corpus Christi! Dios nos reconcilió consigo por amor, nos mostró su amor reconciliándonos por la muerte de su Hijo en la Cruz, y continúa derramando su amor en nosotros por el Espíritu Santo y alimentándonos con la Eucaristía, pan de vida.

Contemplemos el misterio de la Eucaristía:

1. Como la escuela del Amor más grande: participar y contemplar la Eucaristía es la escuela de Amor más grande. No da teorías. Cambia el corazón y la dirección de nuestra vida. ¿Por qué no convertirnos en hombres y mujeres que, al estilo de Cristo con la samaritana, invitamos a todos los que nos encontramos a ser cántaros de Cristo? Invitemos a contemplar a Cristo en el misterio de la Eucaristía, y mostremos que quien tiene todo lo necesario para quitar la sed es Jesucristo. Las demás aguas que demos, no sacian. ¿Por qué no convertirnos en hombres y mujeres que inviten a bajar a los hombres de donde están subidos y dejen entrar en su vida a Jesucristo, al igual que Él lo hizo con Zaqueo? La Eucaristía nos invita a dar ese mismo Amor que dio el Señor a Zaqueo y que le hizo cambiar de vida. Convirtámonos en hombres y mujeres que nos sentamos a la mesa del Señor, y allí vemos el modo y la manera de enriquecer a los demás siempre y no robar a nadie. ¿Por qué no convertirnos en hombres y mujeres samaritanos, que nos acercamos a todos los que vemos en los caminos tirados, sufriendo, solos, víctimas de esclavitudes diferentes? La Eucaristía nos lleva a servir siempre al hermano, al prójimo tal y como Jesús nos enseña en la parábola: acercarnos, agacharnos, curarlo, vendarlo, prestar nuestra cabalgadura, llevarlo a donde puedan cuidarlo y nunca desentendernos de él.

2. Como la escuela de la esperanza verdadera: es bueno contemplar la Eucaristía en estos momentos que vivimos, donde la bajeza de diversas clases parece achatar todo, y escuchar a Jesús que nos dice una vez más: «El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él» (Jn 6, 56). Miremos al pueblo de Israel al que, como en el desierto no encontraba nada para alimentarse y solamente veía su propio límite, Dios le regaló un alimento especial: el maná, que prefiguraba la Eucaristía. En estos momentos de la historia hay mucha infelicidad. Parece que tenemos todo, pero la soledad, el poco valor que se da a la vida, la inconsistencia de tantas modas, muestran cómo la altura humana disminuye. Es cierto que se quiere mitigar con entretenimientos que falsifican nuestro ser. Miremos, contemplemos la Eucaristía. Es Dios mismo que ha querido continuar su presencia entre los hombres. Sigue siendo necesario que digamos con Pedro y los apóstoles: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6, 68).

3. Como la escuela donde aprendemos a vivir el compartir: el relato de la cena es conmovedor. ¡Cómo comparte su vida con sus discípulos! «Mientras comían, tomó pan y, pronunciando la bendición, lo partió y se lo dio diciendo: “Tomad, esto es mi cuerpo”» (Mc 14, 22). Sabe que uno lo va a entregar. Les abrió el corazón y se lo dijo. Pero no sigue hablando de esta traición. Él desea que lo que vean sus discípulos es que se sigue dando. En ese partirse y fragmentarse, Jesús nos manifiesta el gesto más vital, más fuerte, donde la fragilidad es fortaleza. Fortaleza de amor que se hace débil para que así lo podamos recibir; se hace amor para poder alimentar y dar vida. ¡Qué bien entendemos así aquellas palabras: «Lo había reconocido al partir el pan» (Lc 24, 35)! Es alimentándonos de la Eucaristía donde descubrimos lo que de verdad es compartir la vida. Es contemplando la Eucaristía donde vemos a quien ha querido compartir nuestra vida, Jesús, y a quien desea que la compartamos como Él.

Con gran afecto y mi bendición,

+Carlos Card. Osoro,

Arzobispo de Madrid

Card. Carlos Osoro
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Carlos Osoro Sierra fue nombrado arzobispo de Madrid por el Papa Francisco el 28 de agosto de 2014, y tomó posesión el 25 de octubre de ese año. Desde junio de 2016 es ordinario para los fieles católicos orientales residentes en España. El 19 de noviembre de 2016 fue creado cardenal por el Papa Francisco. El prelado nació en Castañeda (Cantabria) el 16 de mayo de 1945. Cursó los estudios de magisterio, pedagogía y matemáticas, y ejerció la docencia hasta su ingreso en el seminario para vocaciones tardías Colegio Mayor El Salvador de Salamanca, en cuya Universidad Pontificia se licenció en Teología y en Filosofía. Fue ordenado sacerdote el 29 de julio de 1973 en Santander, diócesis en la que desarrolló su ministerio sacerdotal. Durante los dos primeros años de sacerdocio trabajó en la pastoral parroquial y la docencia. En 1975 fue nombrado secretario general de Pastoral, delegado de Apostolado Seglar, delegado episcopal de Seminarios y Pastoral Vocacional y vicario general de Pastoral. Un año más tarde, en 1976, se unificaron la Vicaría General de Pastoral y la Administrativo-jurídica y fue nombrado vicario general, cargo en el que permaneció hasta 1993, cuando fue nombrado canónigo de la Santa Iglesia Catedral Basílica de Santander, y un año más tarde, presidente. Además, en 1977 fue nombrado rector del seminario de Monte Corbán (Santander), y ejerció esta misión hasta que fue nombrado obispo. Durante su último año en la diócesis, en 1996, fue también director del centro asociado del Instituto Internacional de Teología a Distancia y director del Instituto Superior de Ciencias Religiosas San Agustín, dependiente del Instituto Internacional y de la Universidad Pontificia de Comillas. El 22 de febrero de 1997 fue nombrado obispo de Orense por el Papa san Juan Pablo II. El 7 de enero de 2002 fue designado arzobispo de Oviedo, de cuya diócesis tomó posesión el 23 de febrero del mismo año. Además, desde el 23 de septiembre de 2006 hasta el 9 de septiembre de 2007, fue el administrador apostólico de Santander. El 8 de enero de 2009, el Papa Benedicto XVI lo nombró arzobispo de Valencia; el 18 de abril de ese año tomó posesión de la archidiócesis, donde permaneció hasta su nombramiento como arzobispo de Madrid en 2014. Tras su participación en la XIV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, celebrada del 4 al 25 de octubre de 2015 y dedicada a la familia, el 14 de noviembre de ese año, el Papa Francisco lo eligió como uno de los miembros del XIV Consejo Ordinario de la Secretaría General del Sínodo de los Obispos; un organismo permanente que, en colaboración con el Pontífice, tiene como tarea la organización del Sínodo, así como elaboración de los textos y documentación que servirá de base para los estudios de la Asamblea. El 9 de junio de 2016, el Papa Francisco erigió un Ordinariato para los fieles católicos orientales residentes en España, con el fin de proveer su atención religiosa y pastoral, y nombró a monseñor Osoro como su ordinario. El 9 de octubre de 2016, el Papa Francisco anunció un consistorio para la creación de nuevos cardenales de la Iglesia católica, entre los que figuraba monseñor Osoro. El día 19 de noviembre de 2016 recibió la birreta cardenalicia de manos del Sumo Pontífice en el Vaticano. En la Conferencia Episcopal Española (CEE) fue presidente de la Comisión Episcopal del Clero de 1999 a 2002 y de 2003 a 2005; presidente de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar hasta marzo de 2014 (fue miembro de esta Comisión desde 1997) y miembro del Comité Ejecutivo entre 2005 y 2011. Ha sido vicepresidente de la CEE durante el trienio 2014-2017. Ahora pertenece al Comité Ejecutivo como arzobispo de Madrid. Desde noviembre de 2008 es patrono vitalicio de la Fundación Universitaria Española y director de su seminario de Teología.