Llamados a ser comunidad

Mons. Àngel Saiz Meneses         Cáritas nos invita en la fiesta del Corpus Christi a fijar la atención en la dimensión comunitaria de nuestra vida. Vivimos en un clima de individualismo creciente y precisamente por eso es tan necesario un testimonio de que es posible “ser comunidad”.  La comunidad cristiana manifiesta la superación de dos tentaciones de sobras conocidas: por un lado, el individualismo, y por el otro, el conformismo gregario. El ser humano crece y se realiza como persona conviviendo, tanto en la proximidad física como en la psicológica, en la compañía de otras presencias amigas. Nacemos y crecemos en una familia, pero llega un momento en que no es suficiente la familia como estructura de convivencia, por eso los adolescentes y jóvenes necesitan el complemento de otros círculos de relación. Ahora bien, la pandilla o el mero grupo de amigos también resultan insuficientes. En definitiva, el ser humano necesita un grupo básico en el cual las relaciones no sean meramente funcionales, sino que se llegue a una comunicación verdaderamente interpersonal.

nbsp;      Para ser constructores de comunidad es preciso que cultivemos una verdadera espiritualidad de comunión. ¿Y qué significa una espiritualidad de comunión? En primer lugar, una mirada del corazón hacia el misterio de la Trinidad que habita en nosotros; en segundo lugar, la capacidad de compartir las alegrías y sufrimientos del hermano, de intuir sus deseos y atender a sus necesidades, de ofrecerle amistad; en tercer lugar, la capacidad de ver lo que hay de positivo en el otro, para acogerlo y valorarlo; por último, saber dar entrada al hermano, llevando su carga y rechazando las tentaciones de rivalidad, de desconfianza y envidia. Si vivimos esta espiritualidad, la comunión será una realidad viva en todos los espacios del entramado de la Iglesia, para tender puentes de unidad y también para acoger a todo hermano que llame a la puerta (cf. NMI 43-47).

En nuestro mundo globalizado cada vez hay más interdependencia entre personas, instituciones y pueblos; dicha interdependencia reclama una virtud que llamamos solidaridad. En palabras de san Juan Pablo II, se trata de la «determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos (…) La Iglesia, en virtud de su compromiso evangélico, se siente llamada a estar junto a esas multitudes pobres, a discernir la justicia de sus reclamaciones y a ayudar a hacerlas realidad sin perder de vista al bien de los grupos en función del bien común» (Sollicitudo rei socialis, 38-39). Para ello es necesario reconocer al «otro» como persona, sentirse responsable de los más débiles, luchar por la justicia y estar dispuesto a compartir los propios bienes.

El prójimo no es simplemente un ser humano con sus derechos y deberes y su igualdad fundamental, sino que se convierte en alguien creado a imagen de Dios,  redimido por Jesucristo y renovado por el Espíritu Santo. En consecuencia, debe ser amado con el mismo amor con que es amado por el Señor. La máxima expresión de solidaridad es la vida y misterio de Jesús de Nazaret, la Palabra eterna de Dios que se encarnó y habitó entre nosotros. Vivir la comunión eclesial significa participar en el amor de Dios y a la vez compartir con los otros  cohesionando y dinamizando la vida de la comunidad. Esta comunión se expresa y se alimenta en la Eucaristía y fructifica en gestos de solidaridad. Así lo vemos expresado en la vida de las primeras comunidades cristianas y así lo debemos vivir las comunidades cristianas del siglo XXI.

+Josep Àngel Saiz Meneses

Obispo de Terrassa.

Mons. Josep Àngel Saiz Meneses
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Mons. Josep Àngel Saiz Meneses nació en Sisante (Cuenca) el 2 de agosto de 1956. En el año 1965 la familia se trasladó a Barcelona y se instaló en el barrio de Sant Andreu de Palomar. Ingresó en el Seminario Menor Nostra Senyora de Montalegre de Barcelona en el 1968. Posteriormente realizó estudios de Psicología en la Universidad de Barcelona entre los años 1975 y 1977. Participó activamente como miembro del Movimiento de Cursillos de Cristiandad de Jóvenes. Posteriormente estudió en el Seminario Mayor de Toledo los cursos de filosofía, espiritualidad y teología (1977- 1984) y fue ordenado presbítero en la Catedral de Toledo el 15 de julio de 1984. El mismo año obtuvo el Bachillerato en Teología por la Facultad de Teología de Burgos. En la archidiócesis toledana tuvo diversos destinos, primero como párroco en Los Alares y Anchuras de los Montes (1984-1985) y después como vicario de Illescas (1986-1989). El curso 1985-1986 fue capellán soldado en el Hospital de Valladolid. Entre otros servicios realizados en Toledo fue también consiliario de zona de los Equipos de la Madre de Dios (1986-1989), consiliario de zona del Movimiento de Maestros y profesores Cristianos (1986-1989) y profesor de religión en la Escuela de F.P. La Sagra de Illescas (1986-1989). El año 1989 regresó a Barcelona y fue nombrado vicario en la parroquia de Sant Andreu del Palomar, y el 1992 rector de la Iglesia de la Mare de Déu del Roser en Cerdanyola y Responsable de la Pastoral Universitaria en la Universitat Autònoma de Barcelona. También el mismo año 1992 fue nombrado responsable del SAFOR (Servei d'Assistència i Formació Religiosa) de la Universitat Autònoma de Barcelona y Responsable del CCUC (Centre Cristià d'Universitaris de Cerdanyola del Vallès). El año 1995 fue nombrado Consiliario Diocesano del Movimiento Cursillos de Cristiandad. Obtuvo la licenciatura en la Facultad de Teologia de Catalunya el año 1993 con la tesina: “Génesis y teología del Cursillo de Cristiandad”, dirigida por el Dr. Josep M. Rovira Belloso, y publicada el año 1998. En la misma Facultat de Teologia ha realizado los cursos de doctorado. Ha publicado diversos artículos sobre la evangelización y la pastoral en el mundo juvenil, en especial en la revista Ecclesia, y comenzó la elaboración de la tesis doctoral sobre “Agents i institucions d'evangelització”. El 6 de mayo del año 2000 fue nombrado Secretario General y Canciller del Arzobispado de Barcelona y el 10 de abril del 2001 miembro del Colegio de Consultores de la misma archidiócesis. El 30 de octubre de 2001 fue nombrado Obispo titular de Selemsele y Auxiliar de Barcelona y consagrado el 15 de diciembre del mismo año en la Catedral de Barcelona. El 15 de junio de 2004 fue nombrado primer obispo de la nueva diócesis erigida de Terrassa y Administrador Apostólico de la archidiócesis de Barcelona y de la nueva diócesis de Sant Feliu de Llobregat. El 25 de julio tomó solemne posesión en la S. I. Catedral Basílica del Sant Esperit en Terrassa. En la Conferencia Episcopal Española es el Presidente de la Comisión de Seminarios y Universidades.