Nueva fraternidad (VIII). Iguales y diversos

Mons. Agustí Cortés         El primer “milagro” sorprendente que se verifica en la fraternidad cristiana es unir la apertura universal y la particularidad (conservando la propia identidad). El segundo no es menor: hacer posible la comunión entre iguales y diversos. Estos dos milagros son la respuesta del Espíritu a la gran tentación de construir una comunidad meramente humana. Pues cualquier intento humano de construir una comunidad fracasa a la hora de compaginar aquellos pares de extremos: apertura universal e identidad, igualdad y pluralidad.

Son muchos y constantes los intentos de construir fraternidades, desde el ámbito político, hasta el ámbito espiritual y humanista, en las que cada uno sea él mismo y, sin embargo, sus miembros estén profundamente unidos como hermanos iguales. Quienes pretenden preservar la unidad, recurren a normas y leyes que excluyen los particularismos, asegurando la igualdad; quienes defienden lo que es propio de cada uno, subrayan la libertad y creatividad individual, excluyendo toda pretensión de uniformización.

Los miembros de la fraternidad cristiana, como tantas cosas en la Iglesia, primero vivieron la experiencia y después entendieron el porqué. Primero se sintieron como hermanos a pesar de la gran diversidad, la comunión entre personas procedentes de culturas y naciones tan distintas (Pentecostés) o la pertenencia a un mismo cuerpo (una misma Iglesia) a pesar de las personalidades y dones tan diferentes. Con el tiempo descubrieron que el origen de este milagro no era otro que el ser mismo del Dios de Jesucristo; es decir, el hecho de que el Dios cristiano es la plenitud de amor entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

(Por desgracia, muchos siguen afirmando que es indiferente la idea de Dios que tenga una u otra religión, pues al fin y al cabo todas adoran al mismo Dios… Los cristianos de los tres primeros siglos tendrían muchas cosas que decirles sobre su propia búsqueda del Dios verdadero de Jesucristo y de las consecuencias que esta búsqueda y sus resultados tuvo para la vida de la fraternidad cristiana en la Iglesia)

La fraternidad cristiana es la consecuencia, el efecto, el reflejo, de la Trinidad en el mundo, en la historia nuestra.

Solemos aplicar a la Trinidad el nombre de “misterio”. Es el misterio por excelencia, sobre el cual incluso se suele hacer broma por su formulación incomprensible: es la realidad de un solo Dios en tres personas distintas, iguales en su dignidad, que existen en relación de amor mutuo y eterno. ¿Por qué no denominar la fraternidad cristiana también “misterio”? ¿Es porque creemos en el fondo que está más al nuestro alcance, que podemos entenderla, proyectarla, y construirla desde nosotros mismos?

La fraternidad cristiana, en tanto que efecto de la Trinidad, misterio de plenitud de amor, es ciertamente también “misterio”. Más aún, es lugar sagrado, lugar de Dios entre los hombres.

– Es sagrada la fraternidad que vive el matrimonio cristiano, que intenta sostener en la vida familiar el amor ofrecido en el sacramento.

– Es sagrada la fraternidad sacerdotal, y la comunidad de consagrados en la Vida Religiosa, que trata de ser fiel a la promesa de pobreza, castidad y obediencia.

– Es sagrada la fraternidad de bautizados, que aspiran a amar como hermanos a todos los miembros de su comunidad concreta, más allá de sus diferencias.

¿No es éste el significado profundo de la palabras de Jesús: “amaos unos a otros como yo os he amado… En esto conocerán que sois mis discípulos”? Es más que una imitación moral; es participar en el ser mismo de la Trinidad.

 

† Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.