Un Misterio para ser vivido

Mons. Francesc Conesa            Queridos diocesanos:

Una vez que han terminado todas las celebraciones de Pascua, los cristianos dedicamos un domingo para celebrar de manera especial al Dios que conocemos y de cuyo amor vivimos. Para resumir la experiencia de Dios que tenemos se forjó desde muy pronto la palabra “Trinidad”. El Dios que se ha revelado en la historia de Israel y que actúa en nuestra vida es un Padre bueno y misericordioso, que se ha hecho cercano y palpable mediante Jesús, el Hijo, y que nos alienta y se hace presente en nosotros por su Santo Espíritu. El Dios que los cristianos conocemos es amor desbordante, que el Padre manifiesta con el envío del Hijo, nuestro hermano y Salvador, y con el Espíritu, que todo lo llena con su gracia y con su luz.

La “Santísima Trinidad” nos revela el rostro de Dios. No se trata, por eso, de un artículo teórico del Credo ni mucho menos de un problema de números. Se trata del misterio íntimo de Dios. Nos dice que Dios es gracia, amor y comunión (cf. 2 Cor 13, 14). Dios no es unidad monolítica sino unidad trinitaria, “tres personas distintas en la unidad de la misma esencia”.

La Santísima Trinidad es, sobre todo, un misterio para ser vivido. Nuestra vida entera tiene que ser una “confessio trinitatis”, una profesión de fe en la Trinidad Santa. Todo lo que hace el cristiano se realiza “en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”. Nuestro origen último está en el amor del Padre, hacia el cual vamos retornando a lo largo de nuestra vida. Este peregrinar se realiza siguiendo a Cristo, que es “camino, verdad y vida” (Jn 14, 6), viviendo unidos a Él, aspirando a identificarnos en todo con Él. Y lo hacemos con la gracia, la fuerza y el amor que el Espíritu Santo derrama en nuestros corazones. Creemos en un Dios que es amor (cf. 1Jn 4, 8) y que sólo puede ser conocido por quien ama. Celebrar la Trinidad es entrar en la dinámica de amor que constituye la esencia de la Trinidad. Es sentir el amor del Padre y amarle con todo el corazón, con toda el alma y con todo el ser. Es vivir el amor que brota del corazón de Jesucristo, el Hijo, y permanecer en ese amor guardando su Palabra. Es dejar que el Espíritu infunda ese amor en nuestros corazones y provoque que se extienda a todas las personas. También nuestra oración tiene la impronta de la Trinidad. Cuando la Iglesia reza, lo hace siempre dirigiéndose al Padre, que es fuente y origen. Podemos hacerlo porque Jesucristo, que es el Hijo amado, nos ha enseñado a hacerlo y a vivir como hijos. Y lo hacemos porque el Espíritu habita en nuestros corazones y nos enseña a decir “Abba”, “¡Padre!” (Gál 4, 6).

Un autor antiguo, Eusebio de Emesa, escribió que “el final del discurso sobre Dios ha de ser el silencio” (Oratio, V, 32). Todo nuestro hablar sobre la Trinidad Santa debe concluir con la adoración callada y el canto de alabanza que debemos elevar no sólo con nuestros labios, sino con toda nuestra existencia. Nuestra vida entera puede ser un hermoso canto que de gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.

+ Francesc Conesa Ferrer

Obispo de Menorca

Mons. Francisco Conesa Ferrer
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Rector de la Basílica de Santa María de Elche desde 2014 Francisco Simón Conesa Ferrer nació en Elche el 25 de agosto de 1961. Cursó estudios eclesiásticos en el seminario diocesano y fue ordenado sacerdote el 29 de septiembre de 1985. Es doctor en Teología (1994) y en Filosofía (1995) por la Universidad de Navarra. Su ministerio sacerdotal lo ha desarrollado en la diócesis de Orihuela-Alicante, donde ha desempeñado los siguientes cargos: vicario parroquial de la parroquia ilicitana de Nuestra Señora del Carmen (1985-1987), de la Inmaculada de San Vicente del Raspeig (1994-1996) y de Nuestra Señora de Gracia de Alicante (1997). Desde 1998 al 2014 fue el vicario general de la diócesis. En la actualidad es profesor del seminario diocesano, donde imparte Filosofía del Lenguaje y Teología Fundamental, desde 1992; profesor asociado de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra, desde 1994; canónigo magistral de la Catedral de Orihuela, desde 2001; y rector de la Basílica de Santa María de Elche, desde 2014. Fue nombrado prelado de honor de su Santidad en el año 2012.