Nueva fraternidad (VII). Fraternidad tentada y victoriosa

Mons. Agustí Cortés           Nuestra Iglesia nació como una nueva fraternidad bien identificable: era la comunión de amor que vivían los que se habían convertido a Cristo, los bautizados y los que celebraban la Eucaristía, compartían la vida, confesaban y anunciaban el Evangelio… Era la comunidad que brotó de Pentecostés.

Esta Iglesia, nueva fraternidad, poseía unas características sorprendentes. Sorprendentes, no sólo entonces, sino también hoy, porque realizaban lo imposible, como si fuera la cuadratura del círculo: la apertura universal y la particularidad, la unidad y la pluralidad. Todos los intentos, que se han hecho y se hacen, para lograr juntar estas propiedades en un mismo grupo han fracasado y fracasarán. Entonces y ahora sólo es posible por el amor del Espíritu Santo.

En efecto, el motivo principal por el que los cristianos se trataban entre sí como hermanos era la herencia recibida del mismo Jesús: su Espíritu había descendido sobre los creyentes convertidos y cada día engendraba y sostenía el amor fraterno. El Espíritu conseguía vencer tentaciones o espejismos que acechan a todos los que anhelamos la unidad.

La Iglesia, allí donde ha intentado ser fiel al Evangelio, siempre ha suscitado admiración o rechazo. Igualmente en el interior de la Iglesia siempre ha habido quien se ha abierto confiadamente al mundo y quien ha buscado protegerse de él.

Desde el primer momento, viniendo del frente judío o pagano, el cristianismo parecía como un “cuerpo extraño”; y no sólo eso, sino que constituía una amenaza para la sociedad establecida, la cultura y la política, la religión y las leyes. Por tanto, debía ser combatido.

Cuando nos sentimos extraños, o incluso acosados en el mundo, en la sociedad, en la opinión común, entonces se despiertan dos tentaciones contrapuestas. Unos buscan disolverse entre la masa sin manifestar su propia identidad, más bien disimulándola, para evitar el conflicto. A veces, con la buena intención de que la gente vea creíble (aceptable) la Iglesia, tratan de disimular lo que le diferencia.

Otros tienden a buscar refugio en el grupo, donde todos piensan y sienten lo mismo, la comunidad cerrada, en la que uno ya no se ve solo i al mismo tiempo es protegido y defendido frente a las agresiones externas. Eventualmente esta integración estrecha en el grupo sirve para hacer frente común contra la agresión externa.

Son movimientos sociológicos, hasta cierto punto, comprensibles como fenómenos humanos. Pero, una vez más, la fraternidad cristiana debe identificarse con todo lo que le es propio.

Los cristianos de los tres primeros siglos también se vieron tentados de asimilarse a ideologías de su momento. Así, muchos veían que si aceptaban el lenguaje y las formas del gnosticismo todo iría mejor. Esta ideología curiosamente servía para disimular lo que era propio de la fe y al mismo tiempo ofrecía un modelo elitista de comunidad “iniciática”. Pero la Iglesia reaccionó inmediatamente: nunca la fraternidad cristiana autentica será una ideología y menos podrá convertirse en una especie de secta o gueto.

Fue el Espíritu quien vino a inspirar entre los siglos IV y V, cuando la Iglesia se iba disolviendo en el mundo, nuevas fraternidades visibles e identificables. Se llamaban entre sí “hermanos” los ministros ordenados, diáconos, presbíteros y obispos y, sobre todo, los miembros de comunidades monásticas y Vida Consagrada en general. No sabemos si hoy seguimos “disueltos” y anónimos en la gran masa o estamos yendo hacia fraternidades cerradas. La fidelidad honrada al Espíritu de Pentecostés nos irá conduciendo.

 

† Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.