Mensaje Semanal del Obispo de Cuenca

Mons. José María Yanguas           La Iglesia, a lo largo del año litúrgico, va celebrando los distintos misterios de la vida de Cristo, “desde la Encarnación y la Navidad hasta la Ascensión, Pentecostés y la expectativa de la dichosa esperanza y venida del Señor” (Vaticano II, Constit. Sacrosanctum Concilium, 102). En el centro y como corazón de todo el ciclo litúrgico está la gran fiesta de la Pascua, que se celebra también cada domingo, el día de Señor, que por eso, es “la fiesta primordial que debe ser propuesta e inculcada a la piedad de los fieles, de manera que sea también día de alegría y de vacación del trabajo” (ib.106). 

Pero la Iglesia no deja por eso de prestar cuidadosa atención a algunos asuntos que juzga de capital importancia para su propia vida y la del mundo. De ahí que establezca en ciertos días la celebración de “jornadas” que nos animan y aun nos fuerzan a hacerlas objeto de nuestra consideración y reflexión, a ponerlas en el centro de nuestra oración, a avivar nuestra colaboración.

El domingo, día 4, solemnidad de Pentecostés, al conmemorar el nacimiento de la Iglesia con la venida del Espíritu Santo, la Iglesia celebra el día de la Acción Católica y del Apostolado seglar. Desde el segundo tercio del siglo XX ha ido creciendo constantemente en la Iglesia la convicción de que el apostolado, la misión evangelizadora, es tarea de todos los miembros del Pueblo de Dios. Cada uno debe llevarla a cabo según la vocación especifica que ha recibido en el seno del Cuerpo místico de Cristo. Pero todas las vocaciones, desde las más comunes a las más específicas, tienen necesariamente un sello misionero. Todas las vocaciones en la Iglesia están al servicio de la misión general para la que Dios la ha convocado. El mismo día de su Resurrección de entre los muertos, Jesús, apareciéndose a sus discípulos les dijo: “Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo” (Jn 20, 21); y cuando se dispone a subir a los cielos, dice a los Apóstoles: “Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos”. Son palabras que resonarán siempre en la Iglesia y en los oídos de todos los cristianos, que no pueden hurtar el hombro excusando su colaboración en esta tarea común. No se puede decir que un cristiano ha alcanzado su madurez como tal mientras no sienta la responsabilidad que le compete, ¡en primera persona!, en la misión confiada por Cristo a su Iglesia. Lo que llamamos “el común de los cristianos” no puede limitarse en modo alguno a ser simple “tropa auxiliar”, a quien compete un papel secundario, del que se podría prescindir incluso, sin que su falta se dejara sentir.

La Iglesia ha nacido con el fin de “propagar el reino de Cristo en toda la tierra para la gloria de Dios Padre, y hacer así a todos los hombres partícipes  de la redención salvadora y por medio de ellos ordenar realmente todo el universo hacia Cristo. Toda la actividad del Cuerpo místico, dirigida a este fin, recibe el nombre de apostolado” (Decreto Apostolicam actuositatem, 2). La Iglesia ha nacido con ese fin; a todos sus miembros, singularmente considerados o asociados de maneras diversas, llama Dios para llevarlo a cabo. Es el fin que persigue la Acción Católica, en estrecha unión con la Jerarquía y bajo su dirección. Es el fin que cada cristiano, en concreto los laicos en medio del mundo, ha de proponerse si quiere ser fiel a su condición de discípulo. Nadie puede pensar que se puede ser un cristiano maduro, sin sentirse responsable de la misión de la Iglesia y  cooperar en su cumplimiento. “Ay de mí, decía san Pablo, si no anuncio el Evangelio” (1Co 9, 16). Y nadie puede pensar que su inactividad queda justificada o excusada su comodidad con el ejemplo de otros que entregan generosamente sus vidas a la tarea evangelizadora. Al alcance de todos está difundir la buena doctrina de Cristo y expandir  el buen olor de las buenas obras de una vida honesta, puesta al servicio de los demás en el ejercicio y cumplimiento de las propias obligaciones. Pero eso comporta, necesariamente, el empeño por mejorar continuamente nuestra formación, con dedicación de tiempo y energías, y con la frecuentación de los medios y lugares en que se imparte. Y con la formación, el empeño sincero, exigente y alegre, por llevar una vida coherente con la propia fe.

+ José María Yanguas

Obispo de Cuenca

Mons. José María Yanguas
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Mons. José María Yanguas Sanz nació el 26 de octubre de 1947 en Alberite de Iregua (La Rioja), diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño. Siguió los estudios eclesiásticos en el Seminario diocesano y el 19 de junio de 1972 fue ordenado sacerdote en Logroño al servicio de la misma diócesis. En 1971 inició en Pamplona los esutdios de Filosofía y en el 1974 los de Teología en la respectiva Facultad de la Universidad de Navarra, obteniendo en el 1978 el doctorado en Teología y en el 1991 el de Filosofía en la misma universidad. Ha trabajado como Capellán y Profesor de Teología de los esudiantes de diversas Facultades Civiles de la Universidad de Navarra (1972-1978; 1980-1986), Secretario del Departamento de Teología para Universitarios (1976-1978), Capellán militar (1978-1980), Profesor de Teología Dogmática (1976-1981), Profesor de Ética y de Teología Moral (1981-1989), Miembro del Comité de Dirección de la revista Scripta Theologica (1982-1986), Director de Investigación de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra y Profesor Asociado de Ética de la Facultad Eclesiástica de Filosofía (1988-1989), Oficial de la Congregación para los Obispos (1989-2005) y Profesor Visitante de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz (1990-2005). En Roma ha sido Capellán de las Hermanas de la Sagrada Familia de Spoleto y ha colaborado pastoralmente en la Parroquia de Santa María de la Divina Providencia (1990-2005). El 20 de abril de 2001 fue nombrado Prelado de Honor de Su Santidad. Ha publicado numerosos artículos en las revistas Scripta Teologica y Annales Teologici; en las “Actas de Congresos y Simposios de Teología”, Pamplona, 1985, y Roma, Cittá Nuova Editrice, 1986, 1988. Es autor de los siguientes libros: - Pneumatología de San Basilio. La divinidad del Espíritu Santo y su consustancialidad con el Padre y el Hijo, Eunsa, Pamplona, 1983; - Constitutionis Pastoralis Gaudium et Spes sinopsis histórica: De Ecclesia et vocatione hominis, Pamplona, 1985; - La intención fundamental. El pensamiento de Dietrich von Hildebrand: contribución al estudio de un concepto moral clave, Barcelona, 1994. Además de español habla francés, inglés, italiano y alemán. Nombrado Obispo de Cuenca el 23 de diciembre de 2005, recibió la Ordenación Episcopal y tomó posesión de la Sede de Cuenca, en la Catedral, el 25 de febrero de 2006, de manos del Excmo. y Rvmo. Mons. Antonio Cañizares Llovera, Arzobispo de Toledo. Es miembro de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe y de la Comisión Episcopal de Seminarios y Universidades de la CEE (Conferencia Episcopal Española).