Pentecostés

Mons. Braulio Rodríguez         Hablemos de la presencia de Cristo en la Iglesia hoy, pues ascendiendo al cielo, nos ha enviado desde el Padre al Santo Espíritu. Pensemos primero en estas palabras de Jesús en Jn 16, 16: “Dentro de poco ya no me veréis, pero dentro de otro poco me volveréis a ver”. Él se va y vuelve, y del hecho de que Cristo deja este mundo y vuelve al Padre se pueden sacar lecciones muy distintas. Si leemos el Evangelio, vemos que en la primera etapa de su ministerio, nuestro Señor hace entender a sus discípulos que cuando él se vaya, será un dolor para ellos y harán duelo.

Pero en las palabras que siguen al texto citado de san Juan, dichas cuando estaba a punto de irse de este mundo, dice: “Pero volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría” (Jn 16, 22). Dice incluso Jesús: “Os conviene que yo me vaya”. Es más, promete que no nos dejará huérfanos, como diciendo “yo volveré a vosotros, y me veréis”. ¿Cómo explicar todas estas palabras del Señor? ¿Cómo compaginar que la marcha de Cristo al Padre sea un dolor porque implica su ausencia, y una alegría porque implica su presencia?

En efecto, este es nuestro estado en la situación presente; hemos perdido a Cristo y lo hemos encontrado; no lo vemos, pero lo podemos barruntar. Nos abrazamos a sus pies y Él nos dice: “No me toques”. ¿Cómo es esto? Es así: hemos perdido la percepción sensible y consciente de Cristo; no le vemos, no le oímos, no podemos hablar con Él, ir tras Él de un lado al otro, pero gozamos de una visión y posesión de Él espiritual (según el Espíritu), inmaterial, interna, mental, real; una posesión más real y más presente que la que tuvieron los Apóstoles en los días de su Encarnación antes de resucitar.

¿Cómo explicar este misterio? Primero, que realmente Cristo está con nosotros ahora. Es algo que Él dice expresamente: “Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20). Y todavía dice más: “Donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18, 20). Pero alguno pensará: “Claro, es que está presente como Dios”.  Por supuesto, pero lo que nos promete es a Cristo, Dios y hombre verdadero. Por lo tanto, si promete volver de nuevo, habrá que entender que volverá de nuevo como hombre; esto es, en el único sentido que podrá volver.

Me parecen muy interesantes las palabras del Cardenal J.H. Newman, cuando habla de la presencia de Cristo en la Iglesia. Dice él: “Quizá queráis explicar así sus palabras: ha vuelto, sí, pero en su Espíritu; esto es, su Espíritu ha venido, en lugar de Él, y cuando se dice que Él está con nosotros, eso quiere decir que su Espíritu está con nosotros. Sin duda, nadie negará esa verdad tan consoladora llena de bondad de que el Espíritu Santo ha venido” (Sermones parroquiales/6, n. 10)

El beato Cardenal sigue preguntando ¿por qué ha venido el Espíritu? ¿Para sustituir la presencia de Cristo, o para suplir su ausencia? No, más bien para obtener su presencia ahora, es decir, para hacer presente a Cristo. No supongamos ni por un momento que Dios Espíritu Santo viene para que Dios Hijo permanezca ausente. No; el Espíritu no ha venido para que el Hijo deje de venir, sino que más bien Él viene para que Cristo venga en su venida.

Pentecostés quiere decir: mediante el Espíritu Santo tenemos nosotros comunión con el Padre y con el Hijo. “En Cristo, dice san Pablo, también vosotros entráis a formar parte del edificio para ser morada de Dios por el Espíritu” (Ef 2, 22). Esta es la importancia de Pentecostés, fiesta de la Iglesia, en la que el Espíritu nos da capacidad para seguir a Cristo, cada uno según su vocación en la Iglesia.

+ Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo y Primado de España

Mons. Braulio Rodríguez
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Don Braulio Rodríguez Plaza nació en Aldea del Fresno (Madrid) el 27 de enero de 1944. Estudió en los Seminarios Menor y Mayor de Madrid. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología Bíblica en la Universidad Pontificia de Comillas. En 1990 alcanzó el grado de Doctor en Teología Bíblica por la Facultad de Teología del Norte, con sede en Burgos. Ordenado presbítero en Madrid, el 3 de abril de 1972. Entre 1984 y 1987 fue miembro del Equipo de Formadores del Seminario Diocesano de Madrid. Fue nombrado obispo de Osma-Soria el 13 de noviembre de 1987, siendo ordenado el 20 de diciembre. En 1995 fue nombrado obispo de Salamanca. El 28 de agosto de 2002 se hizo público su nombramiento por el Santo Padre como arzobispo de Valladolid. Benedicto XVI lo nombró Arzobispo electo de Toledo, tomando posesión de la Sede el día 21 de junio de 2009. Es el Arzobispo 120 en la sucesión apostólica de los Pastores que han presidido la archidiócesis primada.