El Espíritu y la vida del cristiano

Mons. Enrique Benavent        La solemnidad de Pentecostés no es únicamente el día en que finaliza el tiempo pascual. Celebramos el acontecimiento en el que la Pascua llega a su plenitud. El Espíritu que el Padre envía sobre la Iglesia naciente, que penetra hasta lo más profundo del corazón de los creyentes y que llena toda la tierra, es el fruto de la Pascua. Cristo vivió, oró, murió y resucitó para alcanzarnos el don del Espíritu de modo que, perdonados nuestros pecados y hechos criaturas nuevas por su acción en nosotros, amemos a Dios, vivamos como hijos suyos y alcancemos la meta a la que hemos sido llamados en nuestro bautismo: la santidad.

Su presencia y su acción en nosotros es tan discreta y silenciosa que fácilmente caemos en un “olvido del Espíritu”. Y por otra parte es absolutamente necesaria para la vida cristiana, que es la vida de la gracia. Si en cada uno de nosotros hay algo de santidad es porque el Él habita en nuestro interior; si en algún momento tenemos una experiencia verdadera de oración, es porque el Espíritu nos enseña cómo debemos orar y nos mueve a decir a Dios “Abbá”; si a lo largo de nuestra vida logramos vencer las apetencias egoístas que nos dominan, es porque no vivimos según las obras de la carne, sino según el Espíritu… Todo lo que hay en nosotros de bueno y santo es fruto de su acción en nuestros corazones.

Los santos padres se han servido de experiencias cotidianas para ayudarnos a comprender la necesidad que tenemos del Espíritu para la vida del alma y para que entendamos su modo de actuar. Veamos dos de los innumerables testimonios que encontramos en la tradición de la Iglesia.

San Hilario de Poitiers se fija en los sentidos del cuerpo humano. Para que se activen es necesario un estímulo exterior: el hombre tiene ojos, oídos, olfato, etc… Estos sentidos son capacidades que hay en el cuerpo, pero sin luz el ojo no puede ver; sin sonido el oído no puede ejercer su función propia; sin olor el olfato no huele. Del mismo modo, el hombre tiene una capacidad innata de entender a Dios, pero “si no recibe por la fe el Don que es el Espíritu, le faltará luz para llegar a ese conocimiento”. Sin el Espíritu no podemos llegar a las realidades divinas, porque Él es la luz que nos abre al conocimiento de Dios.

San Cirilo de Jerusalén afirma que el Señor se sirvió del término agua para designar la gracia del Espíritu, porque el agua lo sostiene todo, es imprescindible para la hierba y los animales, porque desciende del cielo y, siendo la misma agua, produce efectos diferentes: unos en las palmeras, otros en las vides, etc… Al igual que sin agua no sería posible la vida en nuestro mundo, sin el Espíritu la vida cristiana desaparecería. Y del mismo modo que el agua que cae del cielo es la misma para todas las plantas y hace que cada una de ellas produzca su propio fruto, todos los creyentes recibimos el mismo Espíritu para vivir la vocación a la santidad. Pero para llegar a esa meta, el Espíritu produce efectos distintos en cada uno de nosotros: a unos les da la sabiduría; a otros la fortaleza para el martirio; a otros el don de la misericordia, etc…

Que en esta solemnidad de Pentecostés nuestros corazones se abran al Espíritu de Dios para que la Iglesia se renueve cada día en santidad. Este ha de ser el fruto de las celebraciones pascuales.

+ Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa

Mons. Enrique Benavent Vidal
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Nació el 25 de abril de 1959 en Quatretonda (Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Diocesano de Moncada (Valencia), asistiendo a las clases de la Facultad de Teología “San Vicente Ferrer” donde consiguió la Licenciatura en Teología (1986). Es Doctor en Teología (1993) por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Recibió la ordenación sacerdotal en Valencia de manos de Juan Pablo II el 8 de noviembre de 1982, durante su primera Visita Apostólica a España. CARGOS PASTORALES En su ministerio sacerdotal ha desempeñado los cargos de: coadjutor de la Parroquia de San Roque y San Sebastián de Alcoy (provincia de Alicante y archidiócesis de Valencia) y profesor de Religión en el Instituto, de 1982 a 1985; formador en el Seminario Mayor de Moncada (Valencia) y profesor de Síntesis Teológica para los Diáconos, de 1985 a 1990; y Delegado Episcopal de Pastoral Vocacional, de 1993 a 1997. Durante tres años, de 1990 a 1993, se trasladó a Roma para cursar los estudios de doctorado en la Pontificia Universidad Gregoriana. Es profesor de Teología Dogmática en la Facultad de Teología “San Vicente Ferrer” de Valencia”, desde 1993; profesor en la Sección de Valencia del Pontifico Instituto “Juan Pablo II” para Estudios sobre Matrimonio y Familia, desde 1994; Director del Colegio Mayor “S. Juan de Ribera” de Burjassot-Valencia, desde 1999; Decano-Presidente de la Facultad de Teología “San Vicente Ferrer” de Valencia, desde 2004, y Director de la Sección Diócesis de la misma Facultad, desde 2001; además, desde 2003, es miembro del Consejo Presbiteral. Fue nombrado Obispo Auxiliar de Valencia el 8 de noviembre de 2004. El 17 de mayo de 2013 el Papa Francisco le nombró Obispo de Tortosa. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE, desde 2008 es miembro de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la fe y desde 2005 de la de Seminarios y Universidades.