Prensa popular católica: El inmenso valor de lo menudo

Merece la pena que nos asomemos a esta parcela de nuestra prensa, la que surge de los creyentes y se expande entre individuos y comunidades que se sitúan en el interior o en las cercanías de la Iglesia católica. ¿Valoramos lo que tenemos, apreciamos el esfuerzo de quienes lo realizan?

Qué notoriedad tienen entre los católicos las hojas volanderas, las que apenas merecen atención por parte de quienes entran en los templos o las reciben en sus casas? ¿Quién se siente orgulloso de contar en su comunidad con unos papeles de esa aparente inconsistencia? En el campo de la prensa, como en otros relacionados con la comunicación, buscamos las cabeceras acreditadas, las que nos aseguren sólidos contenidos y firmas prestigiosas. Es normal ese acercamiento a los medios de los que podemos extraer las mayores aportaciones, lo que de entrada entendemos que será lo mejor. Pero no son despreciables otros que, envueltos en su modestia y contemplados con frecuencia de soslayo, representan una ayuda inestimable para quienes se acercan a ellos.

Merece la pena que nos asomemos a esta parcela de nuestra prensa, la que surge de los creyentes y se expande entre individuos y comunidades que se sitúan en el interior o en las cercanías de la Iglesia católica. También entre nosotros es habitual esa selección y la búsqueda de lo mejor (aunque no lo hagamos con la asiduidad y el interés que deberíamos), pero quisiera poner de relieve la importancia que tienen publicaciones modestas que se constituyen en hilo de conexión entre parroquianos y pastores, generalmente de arriba abajo, pero en ocasiones también entre iguales o incluso de abajo arriba. Publicaciones locales o diocesanas llevan el pálpito de los misterios de la fe, el impulso de la solidaridad, la presentación de actividades o la información de algunos acontecimientos de los que nos interesa embebernos o nos importa seguir de cerca. ¿Valoramos lo que tenemos, atendemos a lo que nos dicen, apreciamos el esfuerzo de quienes lo realizan, nos sentimos orgullosos alguna vez de esa realidad que nos sirve de instrumento de relación, sin el cual nos sentiríamos en gran medida solos y desatendidos? ¿Por qué pensar que lo menudo no es digno de aprecio, cuando de ciertas realizaciones minúsculas podemos extraer indudables beneficios?

Merece la pena que nos asomemos a esta parcela de nuestra prensa, la que surge de los creyentes y se expande entre individuos y comunidades que se sitúan en el interior o en las cercanías de la Iglesia católica. También entre nosotros es habitual esa selección y la búsqueda de lo mejor (aunque no lo hagamos con la asiduidad y el interés que deberíamos), pero quisiera poner de relieve la importancia que tienen publicaciones modestas que se constituyen en hilo de conexión entre parroquianos y pastores, generalmente de arriba abajo, pero en ocasiones también entre iguales o incluso de abajo arriba. Publicaciones locales o diocesanas llevan el pálpito de los misterios de la fe, el impulso de la solidaridad, la presentación de actividades o la información de algunos acontecimientos de los que nos interesa embebernos o nos importa seguir de cerca. ¿Valoramos lo que tenemos, atendemos a lo que nos dicen, apreciamos el esfuerzo de quienes lo realizan, nos sentimos orgullosos alguna vez de esa realidad que nos sirve de instrumento de relación, sin el cual nos sentiríamos en gran medida solos y desatendidos? ¿Por qué pensar que lo menudo no es digno de aprecio, cuando de ciertas realizaciones minúsculas podemos extraer indudables beneficios?

Merece la pena que nos asomemos a esta parcela de nuestra prensa, la que surge de los creyentes y se expande entre individuos y comunidades que se sitúan en el interior o en las cercanías de la Iglesia católica. También entre nosotros es habitual esa selección y la búsqueda de lo mejor (aunque no lo hagamos con la asiduidad y el interés que deberíamos), pero quisiera poner de relieve la importancia que tienen publicaciones modestas que se constituyen en hilo de conexión entre parroquianos y pastores, generalmente de arriba abajo, pero en ocasiones también entre iguales o incluso de abajo arriba. Publicaciones locales o diocesanas llevan el pálpito de los misterios de la fe, el impulso de la solidaridad, la presentación de actividades o la información de algunos acontecimientos de los que nos interesa embebernos o nos importa seguir de cerca. ¿Valoramos lo que tenemos, atendemos a lo que nos dicen, apreciamos el esfuerzo de quienes lo realizan, nos sentimos orgullosos alguna vez de esa realidad que nos sirve de instrumento de relación, sin el cual nos sentiríamos en gran medida solos y desatendidos? ¿Por qué pensar que lo menudo no es digno de aprecio, cuando de ciertas realizaciones minúsculas podemos extraer indudables beneficios?

No son cualquier cosa. Hace tiempo que los investigadores comenzaron a fijarse en ellas. Habrá más estudios, pero ya conozco dos tesis doctorales que se han detenido ante el provecho y la utilidad de sendas publicaciones de este tipo y les han dedicado una atención profunda y pormenorizada de sus intenciones y contenidos. Lo hizo Gemma Morató, religiosa dominica, respecto a la Hoja Dominical de Barcelona, fundada por el sacerdote José Ildefonso Gatell en 1892. Desde entonces se ha hecho presente entre los cristianos de la diócesis, haciendo frente a todas las dificultades que comportan estas salidas perseverantes, la adaptación a los cambios que el tiempo provoca y la búsqueda de un lenguaje homogéneo para una población tan diversa. A estas alturas es la más antigua de España.

No anclarse en tiempos idos

Hace pocos días José Miguel Arregui defendía en la Universidad Cardenal Herrera su indagación sobre la Hoja Parroquial de la diócesis de Segorbe-Castellón, donde también se ponía de manifiesto de qué manera se ha hecho frente a unas necesidades y contratiempos semejantes. Comenzó su andadura en 1962 y durante décadas fue impulsada por el sacerdote Joaquín Amorós. Eran apenas cuatro u ocho hojas, pero consiguió una penetración en pueblos y ciudades como pocos medios tienen la dicha de alcanzar, con todos los malentendidos que a veces se originan en las comunidades pequeñas al pensar que ciertos comentarios, tal vez escritos a cientos de kilómetros, tienen unos destinatarios concretos en su seno. Es solo por apuntar a contrariedades impensadas, pero reales. Lo importante en todo caso es de qué manera conseguían transmitir sanas doctrinas y directrices convenientes en orden a consolidar la fe y ofrecer una perspectiva sensata sobre la Iglesia y la sociedad.

Naturalmente no podemos quedarnos en lo que han sido tradicionalmente estas publicaciones, en las humildes y elementales formas que les han acompañado en las trayectorias largas, voluntariosas y de sencilla proximidad que han tenido. En un tiempo en el que hasta empresas de tamaño medio disponen de medios de información y de propaganda para sus productos o servicios, no tiene sentido que nos anclemos en tiempos idos e inversiones prácticamente a ras del suelo. La comunicación no es ni un lujo ni un capricho, sino la manifestación de una necesidad, una herramienta imprescindible para el trabajo pastoral. A estas alturas no puede ocupar el último escalón entre las preocupaciones de sacerdotes y laicos comprometidos y eso, por desgracia, está sucediendo en algunos lugares.

Juan Cantavella
Ha coordinado, junto con José Francisco Serrano Oceja, Iglesia y comunicación en España. Apuntes para un tiempo de cambio (CEU Ediciones)

(Alfayomega.es. Foto: María Pozo Carretero)

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