Nuestro camino de Emaús

Mons. Eusebio Hernández            Nuevamente, en este tercer domingo de Pascua, hemos escuchado en la Misa unas lecturas que son típicas de este tiempo. Especialmente el Evangelio (Lucas 24, 13-35) que nos presenta un pasaje característico del tiempo pascual y que, a su vez, es una catequesis de la importancia que tiene la celebración eucarística en el domingo.

De nuevo vemos hoy en el texto evangélico el encuentro de unos discípulos con Jesús resucitado. Dos discípulos, decepcionados por los acontecimientos que habían vivido en Jerusalén -la pasión y muerte de Jesús-, deciden volver a su casa en un pueblo llamado Emaús. Estos dos discípulos han emprendido, este camino de retorno a su pueblo, tristes y apesadumbrados. Habían conocido a Jesús, lo habían escuchado, se habían ilusionado con todo lo que habían experimentado, pero también habían sido testigos de su fracaso; la frase que el evangelista pone en sus bocas es bien clara al respecto: Nosotros esperábamos que él fuera el futuro liberador de Israel. Una frase que expresa los sentimientos de tristeza que llenaban sus pensamientos. Tal es su desilusión que sus ojos no son capaces de poder reconocer a Jesús que ha salido a su encuentro en el camino de Emaús.

También nosotros podemos tener muchas veces estos sentimientos de vernos defraudados por los fracasos y dificultades de la vida. Podemos incluso pensar que Dios ha desaparecido de nuestras vidas o que nada tiene que decirnos. Pero, como vemos hoy en el Evangelio, Jesús siempre sale a nuestro encuentro, aunque como a los discípulos de Emaús nos cueste reconocerlo.

Un encuentro que podemos tener con él se realiza cada domingo en la celebración de la Eucaristía. En cada una de nuestras celebraciones el mismo Jesús sale a nuestro encuentro; algunas veces estamos bien dispuestos para acogerlo, otras vamos con nuestras decepciones y preocupaciones, pero como a los de Emaús, a poco que abramos nuestro espíritu y seamos receptivos, en este camino que hacemos con él nos va abriendo el corazón.

El Evangelio nos describe cómo es este proceso:

•  Jesús que sale a nuestro encuentro, nunca se cansa de buscarnos.

•  Jesús que establece un diálogo con nosotros, a él le podemos exponer nuestras dificultades, como hacen los de Emaús.

•  Jesús nos explica con paciencia: comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura.

•  Jesús, de esta forma, hace que nazca en nosotros el deseo de que siga con nosotros: Quédate con nosotros porque atardece y el día va de caída.

•  Jesús quiere ser reconocido al partir el pan , es decir en la celebración de la Eucaristía, que abre nuestros ojos para poderlo reconocer.

El final de este proceso de encuentro con Jesús termina con el cambio total de los dos discípulos que exclamaran: ¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?

Corazón que ha sido transformado por la acción de Cristo Resucitado y que transforma la decepción en un nuevo impulso misionero: Y levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los once con sus compañeros, que estaban diciendo: Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón. Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

En cada una de las celebraciones de la Misa dominical se vuelve a realizar este encuentro. Para los sacerdotes y para toda la comunidad debe ser un momento en el que seamos conscientes de ello. Preparemos cada celebración con la certeza de saber que Jesús resucitado sigue viniendo a nuestro encuentro, que él nos transforma, hace arder nuestro corazón y nos envía para anunciar el Evangelio.

Con todo afecto os saludo y bendigo.

+Eusebio Hernández Sola, OAR

Obispo de Tarazona

Mons. Eusebio Hernández Sola
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Nació en Cárcar (Navarra) el 29 de julio de 1944. Sus padres, Ignacio (+ 1973) y Áurea. Es el mayor de cuatro hermanos. Ingresó en el seminario menor de la Orden de los Padres Agustinos Recoletos, en Lodosa, el 12 de septiembre de 1955. En 1958 pasó al colegio de Fuenterrabía donde completó los cursos de humanidades y los estudios filosóficos. A continuación (1963-1964) ingresó en el noviciado del convento de la orden en Monteagudo (Navarra), donde hizo la primera profesión el 30 de agosto de 1964, pasando posteriormente a Marcilla donde cursó los estudios teológicos (1964-68). Aquí hizo la profesión solemne (1967); fue ordenado diácono (1967) y presbítero el 7 de julio de 1968. Su primer oficio pastoral fue el de asistente en la Parroquia de "Santa Rita" de Madrid, comenzando al mismo tiempo sus estudios de Derecho Canónico en la Universidad de "Comillas", de la Compañía de Jesús. Al curso siguiente (1969) fue traslado a la residencia universitaria "Augustinus", que la orden tiene en aquella ciudad. Se le confió la misión de director espiritual de sus 160 universitarios, continuó sus estudios de derecho canónico, que concluyó con el doctorado en 1971, e inició los de Derecho en la universidad complutense de Madrid (1969-1974). Durante el curso 1974-75 hizo prácticas jurídicas en la universidad y en los tribunales de Madrid. El 3 de noviembre de 1975 inició su trabajo en la Congregación para los Institutos de vida consagrada y Sociedades de vida apostólica. Desde 1976 fue el director del departamento de la formación y animación de la vida religiosa, siendo el responsable de la elaboración y publicación de los documentos de la Congregación; además dirige una escuela bienal de teología y derecho de la vida consagrada. Desde 1995 es "capo ufficio" del mismo Dicasterio. Por razones de trabajo los Superiores de la Congregación le han confiado multitud de misiones en numerosos países del mundo. Ha participado en variados congresos de vida consagrada, de obispos y de pastoral vocacional. Durante este tiempo ha ejercido de asistente en el servicio pastoral de la orden en Roma. El día 29 de enero de 2011 fue publicado su nombramiento como Obispo de Tarazona y fue ordenado el 19 de marzo, fiesta de San José, en la Iglesia de Ntra. Sra. de Veruela.