El Pan de la Palabra. Domingo III de Pascua

Mons. José María Yanguas           En pleno tiempo de Pascua, la liturgia nos invita a contemplar la experiencia de las primeras comunidades cristianas que se transparentan en las lecturas que la Palabra de Dios nos ofrece. El domingo pasado el evangelista Juan nos llevaba a la experiencia de los dos primeros domingos de su comunidad y nos ayudaba a comprender varias vivencias:

El Resucitado, que se hace presente en el día primero, es decir, cada domingo, nos ofrece el gran don de la Paz: nos reconcilia con Dios y con los hermanos, nos hace gustar el regalo de ser hijos de Dios y nos invita a construir con todos los demás un mundo de hermanos.

+ El Resucitado nos da su Espíritu, el que nos hace descubrir que somos hijos de Dios, el que nos permite saborear en lo más profundo de nosotros mismos la experiencia única de sabernos hijos amados y reconciliados de Dios, el que nos impulsa a ser constructores de la paz que el Resucitado nos da, que no es como la que da el mundo: es una paz que se construye sin armas ni violencia, con entrega y amor, con sacrificio y perdón…

+ La experiencia de Tomás, el Mellizo, el que es como nosotros, nos ayuda a darnos cuenta que sin la comunidad, que fuera de la Eucaristía dominical, difícilmente podremos experimentar la presencia viva de Jesús Resucitado en medio de nuestra realidad, un Resucitado que sigue llevando en su cuerpo las marcas del que ha amado hasta el final y hasta el extremo.

Este domingo es el evangelista Lucas el que nos introduce en cómo los cristianos de sus comunidades vivían la Eucaristía y cómo fueron capaces de sentir la nueva presencia de Jesús en sus vidas. El domingo pasado éramos el mellizo de Tomás, hoy somos el compañero de Cleofás, el otro discípulo de Emaús del que no sabemos el nombre. Ambos se alejan de la comunidad reunida en Jerusalén, de lo que ha acontecido en esa ciudad, del final trágico de su Maestro. Se van llenos de tristeza, conversando y discutiendo sobre todo lo que les ha sucedido, sobre su mala suerte, su decepción,… Entre tanto se acerca Jesús de un modo nuevo y se une a la conversación sobre los últimos días del Maestro, ante todo de su muerte en cruz, de su final tan escandaloso. Los discípulos de Emaús recuerdan todo lo que ha acontecido a Jesús, “un profeta poderoso en obras y palabras” al que crucificaron. Hablan en pasado: “nosotros esperábamos”… No creen el mensaje de las mujeres sobre el sepulcro vacío y la resurrección. Ciertamente es un anuncio inesperado, insospechado y, en boca de las mujeres, testigos sin valor en la antigüedad, se trata de un anuncio más que increíble. El desconocido recorre las Escrituras mostrando como en el plan de Dios entraba la muerte cruel del Siervo de Yahvé.

La escucha atenta de la Palabra de Dios es fundamental, como lo fue para los primeros seguidores de Jesús, para descubrir la lógica de Dios, sus caminos muchas veces inesperados e inauditos. La Palabra de Dios ilumina, enciende y abrasa los corazones de aquellos que la escuchan, la acogen, la guardan y se dejan iluminar por ella. Pedro en el relato del libro de los Hechos de este domingo también encuentra en las Escrituras luz para comprender lo que ha sucedido en la vida, muerte y resurrección de Jesús.

Pero va a ser en el momento en que acogen a este desconocido en casa, cuando lo vean sentado a la mesa, tomando el pan, bendiciéndolo, partiéndolo y repartiéndolo, se les abrirán los ojos y el desconocido desaparecerá. El recuerdo de la última cena, clave de interpretación de la vida y de la muerte de Jesús, les va a permitir descubrir su nueva presencia. Repetir los gestos que el Maestro hizo en la última cena les va a ayudar, junto a la escucha de la Palabra, a descubrir que Él no está muerto, que su lógica de amar hasta el extremo es la única que vale la pena seguir, que el amor es más fuerte que la muerte, que el sufrimiento y la entrega por amor tienen un sentido, que Dios es Amor y Vida.

La dinámica que viven los discípulos de Emaús es la que nosotros actualizamos cada domingo en la Eucaristía: mientras caminamos en compañía por la vida, muchas veces sin encontrar sentido a tantas cosas que acaecen a nuestro alrededor, en nuestra vida, a veces desilusionados y tristes por lo acaecido, es una suerte poder encontrar cada domingo un lugar donde el Señor nos hospeda, nos invita a detenernos y a descansar, nos regala su Palabra cargada de vida y luz que nos permite descubrir su presencia cotidiana, real y viva en nuestro existir, nos parte y reparte el pan bendecido, el pan que es su Cuerpo, su Vida entregada por amor, el pan que nos invita a construir fraternidad, a compartir… a crear comunidad.

Que la Eucaristía de cada domingo se convierta para nosotros en un momento y lugar donde hacer experiencia de Jesús Resucitado en medio de nosotros que con su Palabra y su Pan partido y repartido nos ilumina, ahuyenta nuestros miedos, temores y tristezas y nos impulsa a salir y vivir desde la certeza que solo el Amor es digno de esperanza, solo el Amor lleva en sí Vida eterna, solo Dios nos puede mostrar, como dice el salmista, el sendero de la vida.

+ José María Yanguas

Obispo de Cuenca

Mons. José María Yanguas
Acerca de Mons. José María Yanguas 169 Articles
Mons. José María Yanguas Sanz nació el 26 de octubre de 1947 en Alberite de Iregua (La Rioja), diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño. Siguió los estudios eclesiásticos en el Seminario diocesano y el 19 de junio de 1972 fue ordenado sacerdote en Logroño al servicio de la misma diócesis. En 1971 inició en Pamplona los esutdios de Filosofía y en el 1974 los de Teología en la respectiva Facultad de la Universidad de Navarra, obteniendo en el 1978 el doctorado en Teología y en el 1991 el de Filosofía en la misma universidad. Ha trabajado como Capellán y Profesor de Teología de los esudiantes de diversas Facultades Civiles de la Universidad de Navarra (1972-1978; 1980-1986), Secretario del Departamento de Teología para Universitarios (1976-1978), Capellán militar (1978-1980), Profesor de Teología Dogmática (1976-1981), Profesor de Ética y de Teología Moral (1981-1989), Miembro del Comité de Dirección de la revista Scripta Theologica (1982-1986), Director de Investigación de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra y Profesor Asociado de Ética de la Facultad Eclesiástica de Filosofía (1988-1989), Oficial de la Congregación para los Obispos (1989-2005) y Profesor Visitante de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz (1990-2005). En Roma ha sido Capellán de las Hermanas de la Sagrada Familia de Spoleto y ha colaborado pastoralmente en la Parroquia de Santa María de la Divina Providencia (1990-2005). El 20 de abril de 2001 fue nombrado Prelado de Honor de Su Santidad. Ha publicado numerosos artículos en las revistas Scripta Teologica y Annales Teologici; en las “Actas de Congresos y Simposios de Teología”, Pamplona, 1985, y Roma, Cittá Nuova Editrice, 1986, 1988. Es autor de los siguientes libros: - Pneumatología de San Basilio. La divinidad del Espíritu Santo y su consustancialidad con el Padre y el Hijo, Eunsa, Pamplona, 1983; - Constitutionis Pastoralis Gaudium et Spes sinopsis histórica: De Ecclesia et vocatione hominis, Pamplona, 1985; - La intención fundamental. El pensamiento de Dietrich von Hildebrand: contribución al estudio de un concepto moral clave, Barcelona, 1994. Además de español habla francés, inglés, italiano y alemán. Nombrado Obispo de Cuenca el 23 de diciembre de 2005, recibió la Ordenación Episcopal y tomó posesión de la Sede de Cuenca, en la Catedral, el 25 de febrero de 2006, de manos del Excmo. y Rvmo. Mons. Antonio Cañizares Llovera, Arzobispo de Toledo. Es miembro de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe y de la Comisión Episcopal de Seminarios y Universidades de la CEE (Conferencia Episcopal Española).