El Pan de la Palabra. Domingo II de Pascua

Mons. José María Yanguas           Cerramos la Octava de Pascua este domingo con la celebración del Domingo de la Misericordia. Nos reunimos en nuestros Cenáculos, en nuestras comunidades cristianas, allí donde cada domingo nos encontramos con otros hermanos nuestros y discípulos de Jesús para hacer experiencia de Nuestro Señor Resucitado.

El evangelio de Juan nos va a servir de ayuda. Vamos a sentirnos en la piel de aquellos primeros discípulos. Muchas veces nos encerramos en nuestras parroquias, en nuestras misas, para evadirnos del mundo adverso, como aquellos primeros discípulos que “estaban en una casa con las puertas cerradas, por miedo a los judíos”. Y allí, en medio, cada domingo Jesús se hace presente y nos regala siempre su paz. Normalmente el primer saludo del sacerdote, que es signo de la presencia de Jesús en medio de la comunidad, contiene “la paz”: “Paz a vosotros”. El Señor se presenta en medio para reconciliar, para devolvernos el don de su paz, y no para recriminar ni para echar en cara a Pedro su fanfarronería y sus negaciones, ni para recordar lo mal que ha actuado Judas, ni para reprochar a sus amigos que lo dejaran solo en el momento de la pasión y de la cruz. No, Jesús sigue narrando con sus palabras y sus gestos cómo es el amor de Dios, un Dios de misericordia infinita, como dice la oración colecta de este domingo. El Señor que se hace presente es el que ha vivido la pasión, el Crucificado, el que ha quedado marcado para siempre por las llagas de un amor vivido hasta el extremo. Unas marcas, las del Crucificado, que nos dejan ver hasta donde ha llegado el amor misericordioso de Dios por nosotros. Esta experiencia del don de la paz por parte del Señor que nos enseña las marcas de su pasión, a pesar de nuestras infidelidades, nos llena de alegría, de una alegría que brota de lo más hondo de nuestro corazón.

Por eso el Señor, por si nos había quedado alguna duda, nos repite el saludo: “Pas a vosotros”. Pero ahora, rehabilitados y llenos de alegría, recibimos un encargo: “Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”. Tenemos la tarea de continuar con la misión de Jesús. Él se ha presentado como el enviado de Dios para hacer visible su amor y su misericordia, y ahora a sus discípulos, a ti y a mí, a todos nosotros, nos encarga que continuemos esa tarea siguiendo su ejemplo: “Como el Padre me ha enviado, así os envío yo”. Es muy importante que no olvidemos ese “como”: solo podemos ser anunciadores del amor de Dios si vivimos desde el mismo estilo de Jesús. Los modos son muy importantes: nuestro anuncio es anuncio alegre, buena noticia, ofrecimiento de perdón y de reconciliación, es decir, anuncio de Dios-Amor. Jesús nunca reprocha, nunca condena, nunca juzga… Jesús simplemente narra a Dios, nos lo ha explicado, con sus palabras y con sus gestos, con su estilo de vida entregada por todos.

Ciertamente, esta tarea no es fácil, es una tarea que conlleva muchas veces estar dispuestos a recibir las marcas de Jesús, las marcas de la pasión. Por eso, nos insufla su aliento el primer día de la semana. Este dato nos hace recordar el primer día de todos los tiempos, en los que Dios con su Palabra creadora y su Espíritu, comienza la creación. Jesús, el primer día de la Semana, con su Palabra (“Paz a vosotros… Como el Padre me ha enviado, así os envío yo”) y con su Espíritu nos convierte en hombres y mujeres nuevos, nos recrea cada domingo para que seamos capaces de continuar su tarea, su encargo, apoyados no en nuestras pobres y propias fuerzas, sino en la fuerza de Dios. Dice Enzo Bianchi que “recibir el Espíritu santo es recibir tal perdón, es decir, vivir la acción del Señor que no solo perdona, sino que olvida nuestros pecados, haciendo de nosotros criaturas nuevas. ¡Ésta es la epifanía de la misericordia de Dios, del amor de Dios profundo e infinito que, cuando nos alcanza, nos libra de las culpas y nos re-crea en una novedad que nosotros no podemos darnos!”. Tara que consiste en luchar contra el pecado como Jesús lo ha hecho: Jesús ha luchado contra el mal sin violencia, con la fuerza del amor, del perdón, del servicio, de la entrega, y todo esto vivido hasta el final, para llevar a los hombres y mujeres de nuestro tiempo hasta el misterio del Dios-Amor, para reconciliar a los hombres con este Dios que viene a darnos vida plena.

El problema es que este anuncio del Resucitado es difícilmente creíble. Como Tomás, estamos muchos. Ciertamente muchos hermanos nuestros que, como Tomás, no participan en la Eucaristía dominical, no pueden hacer experiencia del Resucitado en medio de nosotros, dependen de nuestro anuncio, pero sobre todo de que en ellos se dé una vuelta a la comunidad y una experiencia personal del Resucitado. Y a los ocho días, tal día como este domingo de la Divina Misericordia, ya con Tomás, Jesús se vuelve a presentar y a saludar con el saludo de la paz. Y ahí es cuando Tomás podrá ver y tocar, como él deseaba, para poder creer y hacer la más hermosa confesión de fe en su Maestro: “¡Señor mío y Dios mío!”

Que la celebración de la Eucaristía de este domingo nos haga sentir la paz de Jesús que contiene todos los dones ofrecidos por Dios en él; que la alegría de la Pascua inunde nuestros corazones y destierre todos los miedos y tristezas que puedan nublar nuestras vidas, y que el perdón experimentado de manos del Resucitado nos impulse a ser cada día hombres y mujeres de reconciliación, anunciadores del perdón de Dios.

+ José María Yanguas

Obispo de Cuenca

Mons. José María Yanguas
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Mons. José María Yanguas Sanz nació el 26 de octubre de 1947 en Alberite de Iregua (La Rioja), diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño. Siguió los estudios eclesiásticos en el Seminario diocesano y el 19 de junio de 1972 fue ordenado sacerdote en Logroño al servicio de la misma diócesis. En 1971 inició en Pamplona los esutdios de Filosofía y en el 1974 los de Teología en la respectiva Facultad de la Universidad de Navarra, obteniendo en el 1978 el doctorado en Teología y en el 1991 el de Filosofía en la misma universidad. Ha trabajado como Capellán y Profesor de Teología de los esudiantes de diversas Facultades Civiles de la Universidad de Navarra (1972-1978; 1980-1986), Secretario del Departamento de Teología para Universitarios (1976-1978), Capellán militar (1978-1980), Profesor de Teología Dogmática (1976-1981), Profesor de Ética y de Teología Moral (1981-1989), Miembro del Comité de Dirección de la revista Scripta Theologica (1982-1986), Director de Investigación de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra y Profesor Asociado de Ética de la Facultad Eclesiástica de Filosofía (1988-1989), Oficial de la Congregación para los Obispos (1989-2005) y Profesor Visitante de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz (1990-2005). En Roma ha sido Capellán de las Hermanas de la Sagrada Familia de Spoleto y ha colaborado pastoralmente en la Parroquia de Santa María de la Divina Providencia (1990-2005). El 20 de abril de 2001 fue nombrado Prelado de Honor de Su Santidad. Ha publicado numerosos artículos en las revistas Scripta Teologica y Annales Teologici; en las “Actas de Congresos y Simposios de Teología”, Pamplona, 1985, y Roma, Cittá Nuova Editrice, 1986, 1988. Es autor de los siguientes libros: - Pneumatología de San Basilio. La divinidad del Espíritu Santo y su consustancialidad con el Padre y el Hijo, Eunsa, Pamplona, 1983; - Constitutionis Pastoralis Gaudium et Spes sinopsis histórica: De Ecclesia et vocatione hominis, Pamplona, 1985; - La intención fundamental. El pensamiento de Dietrich von Hildebrand: contribución al estudio de un concepto moral clave, Barcelona, 1994. Además de español habla francés, inglés, italiano y alemán. Nombrado Obispo de Cuenca el 23 de diciembre de 2005, recibió la Ordenación Episcopal y tomó posesión de la Sede de Cuenca, en la Catedral, el 25 de febrero de 2006, de manos del Excmo. y Rvmo. Mons. Antonio Cañizares Llovera, Arzobispo de Toledo. Es miembro de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe y de la Comisión Episcopal de Seminarios y Universidades de la CEE (Conferencia Episcopal Española).