Nueva fraternidad (I)

Mons. Agustí Cortés         Uno de los primeros y principales efectos de la Resurrección de Cristo en el mundo, fue la creación de una nueva fraternidad. Formaba parte del mundo nuevo, de la nueva humanidad, que nacía, tras haber muerto en Jesucristo el hombre viejo, y con Él haber vuelto a la nueva vida.

Seguimos sintiéndonos comprometidos con el objetivo de trabajar por la comunión fraterna dentro y fuera de la Iglesia. Compartimos la preocupación de mucha gente que desearía una humanidad más fraterna. En nuestro caso, esta preocupación no sólo sería consecuencia de una ilusión o de una ideología, sino que tendría toda la carga de la fidelidad a Jesucristo resucitado.

¿A qué fraternidad se refería Jesús cuando nos mandaba “amaos unos a otros”?

No estoy seguro del resultado, hoy, de una posible encuesta en la que se preguntara a la gente: “¿cree usted que todos somos o hemos de ser hermanos?” Bien es verdad que, fuera de los ámbitos creyentes, no se oye hablar mucho hoy de la fraternidad universal. Eso sí, hay un sentimiento, muy extendido, de que todos somos iguales, en el sentido de que todos tenemos los mismos derechos. Una idea que se proclama sobre todo cuando se trata de defender los propios derechos.

No siempre ha sido tan evidente este principio. Cuando en el siglo XVI la Iglesia en España afrontó el problema del trato que se debía dar a los indígenas que habitaban en América recientemente descubierta, se planteó la gran cuestión de si estos indígenas eran seres humanos como nosotros, si se podían considerar hermanos con una dignidad igual a la nuestra. Los teólogos de la Escuela de Salamanca afirmaron que sí, elaborando el llamado “Derecho de gentes”. La razón fundamental era que ellos tenían la misma naturaleza que nosotros.

En el siglo XVIII la Ilustración y la Revolución Francesa levantaron la bandera de “libertad, la igualdad y la fraternidad” para todos: la razón universal tenía que regir el mundo. Posteriormente el marxismo ofreció una fraternidad universal como utopía que había que realizar mediante la lucha de clases, la colectivización de bienes y el pensamiento único. La conciencia de igualdad ha quedado integrada en la cultura occidental y ha constituido uno de los factores esenciales de la Declaración Universal de los Derechos humanos.

La fraternidad que nace del Resucitado es realmente nueva. Aunque algunos, subrayando los elementos comunes, quieran identificarla simplemente con los programas políticos o los proyectos solidarios, es algo muy diferente.

La nueva fraternidad tiene tras sí una larga historia, tan larga como la historia de la humanidad.

El hombre y la mujer fueron creados en fraternidad, admirándose mútuamente y disfrutando de su presencia. Dios se paseaba por el jardín, a la fresca, como un amigo. Pero esta armonía, fue rota por el pecado: una de sus primeras consecuencias fue un crimen fratricida.

Desde entonces Dios no ha dejado de soñar y trabajar, para que en el mundo se recuperara la fraternidad. Vale la pena rastrear sus trabajos, aunque muy brevemente, para conocer sus caminos, darle gracias y alabarle por el inmenso regalo de los hermanos.

 

 

† Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.