¡Desbordantes de dicha!

Mons. Antonio Cañizares             Queridos hermanos:

¡Avivad vuestra esperanza! No todo acaba con la losa del sepulcro. Ni siquiera lo último es la maravilla de amor, tan grande, humilde e insuperable de la pasión y muerte de Jesús. Otra realidad lo llena todo y lo inunda, a su vez, de luz: es, nada menos, la resurrección de Jesús, que, desbordante de dicha, la Iglesia celebra como la mayor de sus solemnidades. Este es el mayor acontecimiento de la historia de la salvación, e incluso de la historia de la humanidad, puesto que da sentido definitivo al mundo.

“Este es el día en que actuó el Señor: Sea nuestra alegría y nuestro gozo”: Verdadera y realmente ha resucitado Jesucristo. Ha resucitado personal e históricamente el mismísimo Jesús del Evangelio, crucificado en Jerusalén bajo Poncio Pilato, procurador de Judea en tiempos de Tiberio, emperador romano, al tercer día de su muerte. Ha resucitado el mismísimo Jesús de Nazaret en una condición de vida radicalmente nueva, que conserva y al mismo tiempo sobrepasa el estado presente de la existencia humana, por la plenitud, la gloria, el poder y la espiritualidad con la que ha sido enriquecida y sublimada (Cf. 1 Co 15, 42). Su resurrección ha abierto a la vida un nuevo e ilimitado horizonte; el mismo Jesús testifica de sí: “No tengáis ningún miedo. Soy el principio y el fin. Estaba muerto, pero ahora vivo para siempre, y tengo el poder sobre la muerte y sobre los infiernos” (Ap 1, 17-18). Un nuevo mundo ha sido fundado; un nuevo modo de existir ha sido inaugurado. ¡Cristo ha resucitado, Cristo vive! ¡Esta es nuestra esperanza, la que abre al mundo a horizontes hasta ahora insospechados. La resurrección de Cristo, desde aquel momento, es la piedra angular de nuestra fe y de nuestra historia. Y aunque la experiencia sensible del Resucitado haya sido reservada a algunos, y el misterio circunde este hecho capital de la religión católica, nada quita que esta verdad sea para siempre la base fundamental de nuestra fe, nuestra gran certeza y el áncora segura de nuestra esperanza.

Hoy parece que el mensaje pascual ha languidecido un poco en la conciencia común. Pero así también ha languidecido el impulso vital, que en el pasado ha hecho superar a nuestro pueblo momentos bien difíciles, o la confianza en los hombres y en las instituciones. Parece, a veces o en algunos sectores y personas –con frecuencia jóvenes–, que se haya debilitado el mismo gusto de vivir, en el ánimo de quien no está sostenido por las antiguas convicciones de la fe y de la herencia moral de los padres. Por eso es urgente hoy que los cristianos volvamos a partir de la realidad transformante de la Pascua, para infundir en sí mismos y en los otros la energía vital y la determinación capaz de vencer todo desaliento y cansancio.

Cristo, verdadera, real y corporalmente vivo ha entrado en la gloria invisible del Padre, pero no está lejos de nosotros: está con nosotros todos los días hasta el fin del mundo (Mt 28,20).
Todos tenemos una necesidad dramática de Cristo y de la fuerza de su resurrección, porque nuestra civilización, que lo ha querido olvidar, está desmoronándose en todas las partes. Nosotros, discípulos del Señor, debemos retomar conciencia de que a partir de aquí, del acontecimiento pascual, de la resurrección de Cristo, comienza nuestra tarea de testigos. Debemos repetir el mensaje pascual al oído y al corazón de cada hermano. Debemos volver a decir a todos el secreto que se ha consumado en aquella tumba de donde el Crucificado ha salido y donde la muerte yace para siempre impotente y finita. La Pascua se revela así como un don y como un compromiso. Un don porque el hombre de hoy espera a pesar de su ceguera; un compromiso que debemos asumir y llevar a cabo con seriedad, si queremos ser dignos de llamarnos cristianos.

Que el esplendor de la Pascua, esplendor pleno de la verdad, merecido por la sangre del Hijo de Dios, nos ilumine y nos evite el espíritu de Pilato. Nos libere de toda propensión al escepticismo y al relativismo, de la duda cultivada y exaltada como si fuese un valor y una riqueza, de la superficialidad con la que acabamos pensando que todas las visiones de las cosas son aceptables, que todas las religiones son iguales, que todas las diversas maneras de vivir y de actuar merecen la misma consideración, dan lo mismo. Que este esplendor de la verdad del resucitado nos haga, ante todo, llegar a ser buscadores y testigos apasionados de lo que es verdadero, de lo que es, de lo que salva. Es una búsqueda que debe comenzar y ser acompañada por una rectitud de intención y la irreprensibilidad de nuestro actuar, porque Jesús ha dicho: “Quien realiza la verdad, viene a la luz” (Jn 3, 21), la luz de la resurrección, desde donde todo queda iluminado y abierto a la luz y la verdad de la esperanza.

Por nuestra fe cierta en la resurrección de Jesucristo, los cristianos estamos en condiciones de entregar al mundo un mensaje de esperanza: porque en la victoria de Cristo sobre la muerte, Dios ha puesto ya fin al mundo viejo que pasa y ha iniciado los cielos nuevos y la tierra nueva donde habite la justicia. Ni el egoísmo, ni la prepotencia, ni la indigencia, ni la licencia de costumbres, ni la ignorancia, ni tantas deficiencias que aún caracterizan y afligen la sociedad contemporánea, impedirán instaurar un nuevo orden humano, un bien común, una civilización nueva del amor y de la vida. La esperanza no se apagará.

Este es el secreto y el mensaje de la Pascua. Toda esperanza se funda en una certeza, sobre una verdad, que en el drama humano no puede ser solo experimental y científica. La verdadera esperanza que debe sostener el intrépido camino del hombre se funda en la fe, fundamento de las cosas esperadas (Cf. Heb 11,1), y en la realidad histórica y el acontecimiento, es el mismo, que celebramos hoy: ¡Jesucristo resucitado! No es un sueño, no es una utopía, no es un mito, ni una ilusión; es realismo evangélico. Y sobre este realismo los creyentes fundamos nuestra concepción de la vida, de la historia, de la civilización misma terrena, que nuestra esperanza trasciende, pero que al mismo tiempo alienta y empuja a sus ardientes y confiadas conquistas.

Por eso, anunciar y testificar la resurrección de Cristo, que es nuestra identidad y la razón de ser de nuestra existencia cristiana, significa en concreto también reafirmar la preciosidad del hombre ante Dios y su dignidad: Lo cual requiere coraje y tenacidad en mundo como el nuestro. No es fácil hacer resonar eficazmente la Pascua en una sociedad donde las agresiones, los homicidios, la violencia son cada vez más frecuentes y numerosos; donde seres humanos, llamados a la vida son agredidos atroz y legalmente porque no atraviesan el umbral; donde la desnutrición y el hambre destruyen a millones de niños; donde la marginación del enfermo y del anciano es a veces agravada por cálculos y egoísmos sin piedad. Pero celebrar la Pascua quiere decir también reavivar la esperanza. Precisamente porque Jesús de Nazaret ha resucitado y, al resucitar, ha sido constituido Señor del universo, sabemos que la humanidad no puede andar perdida. Una gran fuerza de novedad y de rescate está invadiendo ya la tierra desde aquella mañana de primavera, en que primero María Magdalena y después Pedro y Juan encontraron el sepulcro vacío. ¡Feliz y santa Pascua de Resurrección!

+ Antonio Cañizares Llovera
Cardenal Arzobispo de Valencia

Card. Antonio Canizares
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Emmo. y Rvmo. Sr. Antonio CAÑIZARES LLOVERA El Cardenal Antonio Cañizares, nombrado el 28 de agosto de 2014 por el papa Francisco arzobispo de Valencia, nació en la localidad valenciana de Utiel el 15 de octubre de 1945. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario diocesano de Valencia y en la Universidad Pontificia de Salamanca, en la que obtuvo el doctorado en Teología, con especialidad en Catequética. Fue ordenado sacerdote el 21 de junio de 1970. Los primeros años de su ministerio sacerdotal los desarrolló en Valencia. Después se trasladó a Madrid donde se dedicó especialmente a la docencia. Fue profesor de Teología de la Palabra en la Universidad Pontificia de Salamanca, entre 1972 y 1992; profesor de Teología Fundamental en el Seminario Conciliar de Madrid, entre 1974 y 1992; y profesor, desde 1975, del Instituto Superior de Ciencias Religiosas y Catequesis, del que también fue director, entre 1978 y 1986. Ese año, el Instituto pasó a denominarse «San Dámaso» y el Cardenal Cañizares continuó siendo su máximo responsable, hasta 1992. Además, fue coadjutor de la parroquia de "San Gerardo", de Madrid, entre 1973 y 1992. Entre 1985 y 1992 fue director del Secretariado de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal Española. Creado Cardenal en marzo de 2006 El papa Juan Pablo II le nombró Obispo de Ávila el 6 de marzo de 1992. Recibió la ordenación episcopal el 25 de abril de ese mismo año. El 1 de febrero de 1997 tomó posesión de la diócesis de Granada. Entre enero y octubre de 1998 fue Administrador Apostólico de la diócesis de Cartagena. El 24 de octubre de 2002 fue nombrado Arzobispo de Toledo, sede de la que tomó posesión el 15 de diciembre de ese mismo año. Fue creado Cardenal por el Papa Benedicto XVI en el Consistorio Ordinario Público, el primero de su Pontificado, el 24 de marzo de 2006. Cargos desempeñados en la CEE y en la Santa Sede En la Conferencia Episcopal Española ha sido vicepresidente (2005-2008), miembro del Comité Ejecutivo (2005-2008), miembro de la Comisión Permanente (1999-2008), presidente de la Subcomisión Episcopal de Universidades (1996-1999) y de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis (1999-2005). El Papa Juan Pablo II lo nombró miembro de la Congregación para la Doctrina de la Fe el 10 de noviembre de 1995. El 6 de mayo de 2006, el Papa Benedicto XVI le asignó esta misma Congregación, ya como Cardenal. También como Cardenal, el Papa le nombró, el 8 de abril de 2006, miembro de la Comisión Pontificia “Ecclesia Dei”. El Cardenal Cañizares ha sido fundador y primer Presidente de la Asociación Española de Catequetas, miembro del Equipo Europeo de Catequesis y director de la revista Teología y Catequesis. Es miembro de la Real Academia de la Historia desde el 24 de febrero de 2008. Igualmente, el Papa nombró al Cardenal Cañizares Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos en diciembre de 2008. De otro lado, el cardenal fue nombrado en 2010 “Doctor Honoris Causa” por la Universidad Católica de Valencia “San Vicente Mártir” (UCV) Nombrado Arzobispo de Valencia el 28 de agosto de 2014. Tomó posesión de la Archidiócesis el 4 de octubre de 2014