“Estuve muerto, pero ya ves: vivo por los siglos de los siglos”

Mons. Bernardo Álvarez              
«Él puso su mano derecha sobre mí, diciéndome:
No temas; yo soy el Primero y el Último, el Viviente;
estuve muerto, pero ya ves: vivo por los siglos de los siglos…
Hecho está. Yo soy el Alfa y la Omega,
el principio y el fin. Al que tenga sed yo le
daré de la fuente del agua de la vida gratuitamente».
[Apoc. 1,17-18 . 21,6]

Hermanos todos:

¡Feliz Pascua de Resurrección! La certeza que Cristo, resucitado de entre los muertos, vive y camina con nosotros, nos llena de paz y alegría. Es verdad, ha resucitado el Señor y nos dice personalmente a cada uno: «No temas; yo soy el Primero y el Último, el Viviente; estuve muerto, pero ya ves: vivo por los siglos de los siglos…».

Después de la preparación cuaresmal y por la celebración de la Semana Santa, tal como se lo hemos pedido, Dios nos ha dado un corazón nuevo y ha infundido en nosotros un espíritu nuevo. En la conciencia de nuestra debilidad le hemos pedido que nos restaurara y Él, por medio de su Hijo muerto y resucitado, ha hecho brillar su rostro sobre nosotros y nos ha salvado. Quienes estábamos muertos por nuestros pecados y por la dureza de nuestro corazón, hemos buscado al Señor y Él nos ha hecho revivir. Como proclama la liturgia de la Iglesia, “en su resurrección hemos resucitado todos”.

Así pues, renovados y rejuvenecidos en el espíritu, queremos seguir adelante; y lo hacemos confiados en el poder de la resurrección que nos capacita para llevar a feliz término nuestra vocación cristiana, nuestra vocación de discípulos misioneros de Jesucristo.

Como nos dijo el Papa Francisco, el año pasado: “El Señor está vivo y quiere que lo busquemos entre los vivos. Después de haberlo encontrado, invita a cada uno a llevar el anuncio de Pascua, a suscitar y resucitar la esperanza en los corazones abrumados por la tristeza, en quienes no consiguen encontrar la luz de la vida. Hay tanta necesidad de ella hoy. Olvidándonos de nosotros mismos, como siervos alegres de la esperanza, estamos llamados a anunciar al Resucitado con la vida y mediante el amor”.

Sin duda, el retorno anual de las Fiestas de Pascua es un regalo de la paciencia de Dios. Pese a nuestras infidelidades, Él continúa fiándose de nosotros y sigue ofreciéndonos la oportunidad de avanzar con nuevo entusiasmo hacia una vida plenamente cristiana. Por tanto, como San Pablo, olvidando lo que queda atrás, lancémonos hacia lo que está por delante y corramos hacia la meta a la que Dios nos llama en Cristo Jesús.

Es el mismo Pablo quien nos dice que «quien está en Cristo es una criatura nueva. Lo viejo ha pasado, ha comenzado lo nuevo. Todo procede de Dios, que nos reconcilió consigo por medio de Cristo» (2Cor. 5,17). Aquí está expresado el efecto saludable de la resurrección en cada uno de nosotros. Pero, para obtener sus beneficios es necesario “estar en Cristo”.

No se trata sólo de creer que Cristo ha resucitado, que vive para siempre y camina con nosotros. “Estar en Cristo” es, sobre todo, participar en su vida hasta el punto que Él vive en mí y que yo vivo en Él. Vivir en él, es realmente posible, porque «el que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él» (Jn. 6,56). Lógicamente, este “estar en Cristo”, se manifiesta en una vida que es testimonio y transparencia de Cristo.

“Estar en Cristo” es estar en la verdad por él anunciada y vivir en el amor; es dejarse guiar por su Espíritu, pensar como Él, tener sus mismos sentimientos, responder a su llamada; es vivir el espíritu de hijo de Dios, orar como él lo hizo, sentir la fraternidad y vivir la comunión con todos. Estar en Cristo es amar, es escuchar, es trabajar, es morir y vivir en él; es ser como él. “Quien dice que permanece en él debe caminar como él caminó” (1Jn. 2,6).

Cristo resucitado ha penetrado en la historia. Quien cree en Él pasa de la muerte a la vida, porque Él es la energía definitiva que hace brotar una vida nueva, una sociedad nueva, un mundo nuevo. Así como en primavera los rayos del sol hacen brotar y abrir las yemas en las ramas de los árboles, así también la irradiación que surge de la resurrección de Cristo da fuerza y significado a toda esperanza humana, a toda expectativa, deseo, proyecto…

«Hecho está. Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin. Al que tenga sed yo le daré de la fuente del agua de la vida gratuitamente» (Apoc. 21,6). “Hecho está”. Dios ya ha puesto su parte y no se vuelve atrás. La fuerza salvadora de la resurrección de Cristo es para todos. Nadie está excluido. Él quiere que todos se salven. Como dice Isaías: «¡Atención, sedientos!, acudid por agua, también los que no tenéis dinero: venid, comprad trigo, comed sin pagar, vino y leche de balde» (Is 55,1). Es decir, “gustad y ved qué bueno es el Señor”.

Dios siempre nos busca, nos llama a cada uno por nuestro nombre y nos invita a ser sus hijos y por tanto hermanos unos de otros. Nos busca a todos, también a quienes no tienen con qué pagar: aquellos que no tienen méritos, los que se sienten indignos y pecadores, quienes ya no tienen ni fuerzas para rezar, los que no encuentran sentido a la vida, también aquellos otros que no creen en Él pero tienen su corazón insatisfecho y anhelan “no saben qué”.

Sólo pide una cosa a cambio: tener sed. Nos pide dejar la autosuficiencia y reconocer la propia necesidad. Él nos hace sentir su mano cariñosa sobre nosotros y nos dice: «No temas; yo soy Primero y el Último, el Viviente» (Apoc. 1,17) y, también, «el que tenga sed, que venga a mí y beba el que cree en mí; como dice la Escritura: de sus entrañas manarán ríos de agua viva» (Jn. 7,37-38). Sí. ¡Es verdad! ¡Cristo ha resucitado!

A nosotros nos toca dejarle actuar en nuestra vida con esa energía que Él tiene para sometérselo todo. Sabemos que la acción de Dios en nosotros no funciona de forma automática o por imposición, sino que es una oferta de gracia a nuestra libertad. Sólo nuestro libre y coherente “estar en Cristo” puede hacer operativos y fecundos en nuestra vida los efectos salvadores de la muerte y resurrección de Jesucristo. Con fe, acudamos a Él, pongámonos en camino. Una vida buena, plena y feliz es posible. Andemos desde ahora en una vida nueva. Que el recuerdo de sus obras y de sus palabras sea la luz resplandeciente que orienta nuestros pasos hacia la construcción de la civilización del amor, de la libertad, de la justicia y de la paz.

En nuestro mundo –decía el Papa Benedicto XVI- la alegría de la pascua contrasta todavía con los lamentos y el clamor que provienen de tantas situaciones dolorosas: miseria, hambre, enfermedades, guerras, violencias. Y, sin embargo, Cristo ha muerto y resucitado precisamente por esto. Ha muerto a causa de nuestros pecados de hoy, y ha resucitado también para redimir nuestra historia de hoy.

«La paz con vosotros», eran palabras de Jesús resucitado en sus apariciones a los discípulos, y ellos se llenaron de alegría al ver al Señor. Este saludo de paz, también resuena hoy para nosotros. Cristo ha resucitado, está vivo y camina con nosotros. Si lo escuchamos y acogemos con fe, “revivirá nuestro corazón” y nos llenaremos de alegría. Es lo que deseo para todos. ¡Feliz Pascua!

 

† Bernardo Álvarez Afonso

Obispo Nivariense

Mons. Bernardo Álvarez
Acerca de Mons. Bernardo Álvarez 64 Articles
Nació el 29 de julio de 1949 en Breña Alta (Isla de La Palma). Fue ordenado Sacerdote el 16 de julio de 1976. El 29 de junio de 2005 el Papa Benedicto XVI le nombra Obispo de Tenerife. Recibe la ordenación Episcopal el 4 de septiembre de 2005 en la Catedral de La laguna (Templo de Nuestra Señora de la Concepción) de manos del Nuncio de S. Santidad Mons. Manuel Monteiro de Castro y los Obispos Eméritos de Tenerife Mons. Damián Iguacen Borau y Mons. Felipe Fernández García, así como otros Obispos asistentes. En esta misma fecha toma posesión canónica de la Diócesis Nivariense. ESTUDIOS REALIZADOS: Realizó el Bachiller Elemental y Superior, con sus respectivas Reválidas, en Santa Cruz de La Palma, finalizando en el año 1967. Inició los estudios de Arquitecto Técnico (Aparejador) en 1967 en La Laguna, que abandonó para ingresar en el Seminario Diocesano de Tenerife en octubre de 1969. Realizó los Estudios Eclesiásticos en el Seminario Diocesano de Tenerife, que concluyó en junio de 1976, año en el que también recibió la ordenación sacerdotal de manos del Obispo D. Luis Franco Cascón. En junio 1987, tras el correspondiente examen, recibió el título de Bachiller en Teología por la Facultad de Teología del Norte de España – Sede de Burgos. Posteriormente, estudió de teología en la Universidad Gregoriana de Roma, desde 1992 a 1994, adquiriendo el título de Licenciado en Teología Dogmática. RESPONSABILIDADES: Ha sido párroco en cuatro destinos diferentes durante 11 años (desde octubre de 1976, a octubre de 1987). - Parroquias de Agulo y Hermigua (La Gomera): 1976-1980 - Parroquias de San Isidro y San Pío X (Los Llanos de Aridane-La Palma): 1980-1982 - Parroquias de San Miguel y Ntra. Sra. del Carmen (Tazacorte – La Palma): 1982-1986. - Parroquias de San Fernando Rey y San Martín de Porres (S/C de Tenerife) 1986-1987. - Arcipreste de Ofra: 1986-1987. Director Espiritual en el Seminario Diocesano de Tenerife, desde octubre de 1987 a julio de 1992. Secretario de la Asamblea Diocesana de octubre 1988 a junio 1989. Secretario de la Vicaría de Pastoral de la Diócesis de Tenerife, desde octubre de 1987 a julio de 1992, y desde septiembre de 1994 a mayo de 1999. Delegado Diocesano de Liturgia desde octubre de 1989 a julio de 1992. Desde 1994 a 1999 fue responsable del Departamento de Catequesis de Adultos de la Delegación Diocesana de Catequesis. Durante 10 años dirigió el Boletín Oficial del Obispado: de octubre de 1994 a octubre de 2004. Secretario General del Primer Sínodo Diocesano, desde septiembre de 1995 a mayo de 1999. Vicario General de la Diócesis, desde mayo de 1999. MOns. Bernardo Álvarez Alfonso, Obispo de San Cristóbal de La Laguna fue consagrado en Tenerife, en la Catedral, el 4 de septiembre de 2005 por Mons. Manuel Monteiro de Castro, Arzobispo titular de Beneventum y Nuncio Apostólico en España, asistido por Mons. Felipe Fernández García, Obispo emérito y Administrator Apostólico de San Cristóbal de La Laguna, y por Mons. Damián Iguacen Borau, Obispo emérito de San Cristóbal de La Laguna.