Escuchar siete palabras (VI). “Todo está cumplido”

Mons. Agustí Cortés          Ya hemos de estar acostumbrados a entender el lenguaje del Evangelio de San Juan. El significado de sus palabras siempre van más allá de lo que a primera vista parece. Situados al pie de la Cruz, escuchamos que Jesús dice: “Todo está cumplido” (Jn 19,29). Esta es una de las ocasiones en las que resulta más necesaria esta capacidad de comprensión. Si nos faltara, seríamos semejantes a los que careciendo de sensibilidad, pasasen delante de un cuadro de Velázquez y no se emocionaran, u oyesen una cantata de J. S. Bach y quedaran indiferentes, o accedieran a un bellísimo paisaje y no se detuvieran a contemplar…

En efecto, usamos normalmente la palabra “cumplir” y nos suena a la realización concreta de lo que manda una ley o una autoridad. En democracia todos, o al menos la mayoría, entendemos que se han de cumplir las leyes o las órdenes de los jueces que las interpretan, en la medida en que son leyes que todos nos hemos dado.

Cuando Jesús a punto de morir en el Cruz dice “todo está cumplido”, en cierto modo también está dando a entender que todo lo mandado en una ley se ha cumplido. Sólo que no es una ley emanada de un parlamento o de una autoridad política. Es una ley del todo especial: la Ley del Antiguo Testamento, entregada por Dios a su pueblo para que viva. Esta Ley, dice el mismo Evangelio de San Juan, “fue dada por (mediante) Moisés, pero la gracia y la verdad han venido por Jesucristo” (Jn 1,17). La Ley Antigua solo mandaba. ¿Qué mandaba? Mandaba amar a Dios absolutamente y al hermano como a sí mismo. El cumplimiento nos ha venido por Jesucristo, cuando Él obró y vivió perfectamente la gracia y la verdad. Nadie hasta Él lo había hecho, pues, como dice la misma Carta Primera de San Juan, “no habíamos conocido el amor, hasta que hemos visto que Él daba su vida por nosotros” (1Jn 3,16).

Entonces, el “todo se ha cumplido” de Jesús en la Cruz quiere decir: “se ha realizado todo el amor, se ha llevado a su perfección concreta el amor”, que para San Juan significa, “se ha verificado, aquí en la tierra, en la carne, en lo humano, todo lo que es Dios mismo…”.

Si siguiéramos en compañía de San Juan, aún nos descubriría más secretos de estas palabras de Jesús en la Cruz. Porque nos explicaría que allí mismo no solo se cumplía todo lo que es Dios–amor y no solo lo que Dios nos mandaba en la Ley, sino también se cumplía todo lo que es el ser humano. En aquel momento, se realizaba la plenitud humana, la perfección de la persona humana, llamada a amar y ser amada plenamente. Aquí, en Jesús crucificado vienen a realizarse todas las aspiraciones humanas, las aspiraciones que responden al anhelo de amar, aunque paradójicamente estos anhelos de amor busquen solo gozar y consideren que la cruz es para ellos un enemigo…

Escuchando estas palabras, llegamos a creer de verdad en Jesucristo, el Dios realmente cristiano, que muchos no conocen y no entienden. Cuando nos pregunten quién es y dónde está Dios, hemos de responder: “aquí en Jesús, cumpliendo en sí mismo el más perfecto amor, hallarás la plenitud de la humanidad y la plenitud de Dios en la tierra”.

 

Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.