El Sacramento de la Penitencia: resucitar espiritualemente

Mons. Eusebio Hernández           Queridos hermanos y amigos:

Continuando con la reflexión que el domingo pasado hacíamos de los textos bíblicos que este año nos presenta el leccionario de la Cuaresma, llegamos hoy al quinto domingo. Las lecturas nos hablan de la resurrección, la primera lectura (Ezequiel 37, 12-14) y también el Evangelio (Juan 11, 1-45), ambos textos nos presentan el deseo de Dios de sacar a sus fieles del dominio de la muerte.

En la noche de la Pascua proclamamos solemnemente la Resurrección de Cristo que ha vencido la muerte y el pecado y nos invita a que, renovando las promesas del Bautismo, nos unamos a esta victoria de Cristo en nuestra propia vida.

Este misterio de la Resurrección se cumplirá en nosotros plenamente cuando al final de los tiempos todos resucitemos, como proclamamos en el credo: creo en la resurrección de la carne y en la vida eterna ; pero mientras vivimos en este mundo también participamos en la Resurrección de Cristo, cuando nos unimos a él y vivimos según él nos ha enseñado en el Evangelio.

Sin embargo, muchas veces vivimos lejos de él y nuestra vida no se conduce según lo que él nos ha dicho; es el pecado que nos separa de Dios y de los hermanos. Podemos decir que es como una “muerte espiritual” porque nos falta la gracia del Señor y vivimos según la carne (Romanos 8, 8) como hemos escuchado en la segunda lectura.

Pero, Dios no se cansa nunca de esperarnos, y nos espera de un modo especial en el sacramento de la Penitencia , como nos explica el Catecismo (1439): El proceso de la conversión y de la penitencia fue descrito maravillosamente por Jesús en la parábola llamada «del hijo pródigo», cuyo centro es «el padre misericordioso» (Lc 15,11-24)

Por ello en esta carta os quiero invitar a todos a que, para prepararnos a la celebración de la Pascua y alcanzar la nueva vida que Cristo nos quiere regalar, nos acerquemos, en estos últimos días de Cuaresma, a través de la confesión, a su amor. El Catecismo (1455) nos presenta este sacramento desde un punto de vista positivo y benéfico para nuestras vidas: La confesión de los pecados (acusación), incluso desde un punto de vista simplemente humano, nos libera y facilita nuestra reconciliación con los demás. Por la confesión, el hombre se enfrenta a los pecados de que se siente culpable; asume su responsabilidad y, por ello, se abre de nuevo a Dios y a la comunión de la Iglesia con el fin de hacer posible un nuevo futuro.

El mismo Catecismo (1468) nos hace una bella síntesis de lo que vivimos en este sacramento de la Penitencia: «Toda la fuerza de la Penitencia consiste en que nos restituye a la gracia de Dios y nos une con Él con profunda amistad» (Catecismo Romano, 2, 5, 18). El fin y el efecto de este sacramento son, pues, la reconciliación con Dios. En los que reciben el sacramento de la Penitencia con un corazón contrito y con una disposición religiosa, «tiene como resultado la paz y la tranquilidad de la conciencia, a las que acompaña un profundo consuelo espiritual» (Concilio de Trento: DS 1674). En efecto, el sacramento de la reconciliación con Dios produce una verdadera «resurrección espiritual», una restitución de la dignidad y de los bienes de la vida de los hijos de Dios, el más precioso de los cuales es la amistad de Dios (Lc 15,32).

Celebremos en estos días este sacramento para que podamos “resucitar espiritualmente” y renovar nuestra vida. Y no olvidemos que Dios es nuestro padre misericordioso, dispuesto siempre a perdonarnos. Acudamos a Él, nos espera con sus brazos abiertos y acogedores.

Con todo afecto os saludo y bendigo.

+ Eusebio Hernández Sola, OAR

Obispo de Tarazona

Mons. Eusebio Hernández Sola
Acerca de Mons. Eusebio Hernández Sola 233 Articles
Nació en Cárcar (Navarra) el 29 de julio de 1944. Sus padres, Ignacio (+ 1973) y Áurea. Es el mayor de cuatro hermanos. Ingresó en el seminario menor de la Orden de los Padres Agustinos Recoletos, en Lodosa, el 12 de septiembre de 1955. En 1958 pasó al colegio de Fuenterrabía donde completó los cursos de humanidades y los estudios filosóficos. A continuación (1963-1964) ingresó en el noviciado del convento de la orden en Monteagudo (Navarra), donde hizo la primera profesión el 30 de agosto de 1964, pasando posteriormente a Marcilla donde cursó los estudios teológicos (1964-68). Aquí hizo la profesión solemne (1967); fue ordenado diácono (1967) y presbítero el 7 de julio de 1968. Su primer oficio pastoral fue el de asistente en la Parroquia de "Santa Rita" de Madrid, comenzando al mismo tiempo sus estudios de Derecho Canónico en la Universidad de "Comillas", de la Compañía de Jesús. Al curso siguiente (1969) fue traslado a la residencia universitaria "Augustinus", que la orden tiene en aquella ciudad. Se le confió la misión de director espiritual de sus 160 universitarios, continuó sus estudios de derecho canónico, que concluyó con el doctorado en 1971, e inició los de Derecho en la universidad complutense de Madrid (1969-1974). Durante el curso 1974-75 hizo prácticas jurídicas en la universidad y en los tribunales de Madrid. El 3 de noviembre de 1975 inició su trabajo en la Congregación para los Institutos de vida consagrada y Sociedades de vida apostólica. Desde 1976 fue el director del departamento de la formación y animación de la vida religiosa, siendo el responsable de la elaboración y publicación de los documentos de la Congregación; además dirige una escuela bienal de teología y derecho de la vida consagrada. Desde 1995 es "capo ufficio" del mismo Dicasterio. Por razones de trabajo los Superiores de la Congregación le han confiado multitud de misiones en numerosos países del mundo. Ha participado en variados congresos de vida consagrada, de obispos y de pastoral vocacional. Durante este tiempo ha ejercido de asistente en el servicio pastoral de la orden en Roma. El día 29 de enero de 2011 fue publicado su nombramiento como Obispo de Tarazona y fue ordenado el 19 de marzo, fiesta de San José, en la Iglesia de Ntra. Sra. de Veruela.